Simulación (I)

Estaba allí callada, temblorosa y asustada. Pero no acobardada. Eso nunca. No bajó la mirada, no dio un paso atrás.
Después de todo lo que había pasado, no se lo podía permitir. 
Se juró a sí misma que aquel desgraciado no le iba a hacer daño a nadie más. No mientras ella estuviera allí para impedirlo. Por encima de su cadáver.
Llegó a sus oídos una risa desagradable, que no la amedrentó.
"Se acabó."
Estaba preparada para responder. De hecho llevaba esperando ese momento toda su vida. Y cuando atacó y dio en el blanco, sintió una alegría irracional que le dio miedo; que la hizo aullar de euforia como un animal salvaje. Lo único que lamentó fue no haber sido tan certera como hubiera deseado. 
Ese ataque fue la señal para que se desatara el pandemónium, tanto en su gente como en la contraria. Pero enseguida acudieron en su ayuda. Entre ellos, quien menos esperaba.

Fue una agradable y reconfortante sorpresa que por un momento la paralizó. Con ese asombro se salvaron los mil abismos que se habían abierto entre los dos a lo largo de los años. No todo estaba perdido entonces. Aún había retazos de esperanza. Escondidos, pero los había. Lo supo sólo con mirarlo a los ojos: en tiempos habían proyectado delirios de grandeza, pero ahora destilaban humildad y súplica. Él tenía miedo porque lo había vivido en su propia piel. Igual que ella. Pero podía más la desesperación.
Así que al fin y al cabo a eso se reducía todo: a la desesperación. No tenían nada que perder porque ya lo habían perdido todo. Sólo les quedaba luchar para ganar.
Y qué mejor manera de hacerlo que juntos, rodeados de gente que los había visto y ayudado a crecer. Que habían compartido junto a ellos el sufrimiento y el dolor.
"Si no por ti, hazlo por él... y por ellos".
Se sobrepuso y volvió a mirarle con determinación. Estaba enfadada consigo misma por no haberlo siquiera sospechado. Él le devolvió la mirada y aquello le dio alas, redoblando sus esfuerzos. Ella iba a hacer justo lo que él esperaba, porque siempre había sido así.

Lo iban a conseguir, vaya que sí. Habían superado cosas casi peores que aquella, juntos durante un tiempo y luego por separado. Eran valientes, muy valientes, aunque cada uno lo mostraba de manera diferente: él prefería pensar más que actuar; ella era al contrario.
Pero sin atisbo de dudas, la mayor virtud de ambos consistía en que ninguno sabía ni sospechaba lo valientes que eran. Habían ido adquiriendo coraje con los años, al mismo tiempo que crecían. Se habían observado y visto sus respectivos progresos desde la distancia, mezclando triunfos y fracasos; pequeños pasitos con enormes retrocesos y viceversa. En los días más luminosos y en las noches más oscuras. Nunca habían dejado vigilarse... o de quererse. A veces se entremezclaban los dos términos, sin saberse cuándo acababa uno y empezaba otro.
Habían elegido caminos que creían opuestos, para encontrarse después al doblar un recodo.

Y allí, en medio de tanto dolor y tanta miseria, de tanto rencor, ira y odio acumulados, resurgió en los dos un sentimiento olvidado. Algo que los hizo sentir invencibles y eternos tiempo atrás y que de pronto una noche de invierno se marchó. Se fue sin avisar, sin despedirse siquiera, y dejándolos destrozados.
Pero ahí estaba de nuevo y era algo que no podían controlar. Había aparecido en el peor momento... o en el mejor, según se mirase. Llegó para culminar lo que habían empezado hacía muchos años; era el broche perfecto, el empujón que necesitaban en esos instantes, el ápice de fuerza oculta que no se dignaba a aparecer y que les era tan necesario para terminar de pelear.
Se sorprendieron a la par de no haber caído en la cuenta a la primera: luchaban sólo por poder ver en esos conocidos ojos una mirada nueva todos los días. Una mirada por la que mereciese la pena vivir.

Ni él ni ella sospecharon nunca que unos ojos engancharan hasta el punto de convertirse en una necesidad. En una adicción.
Quizás en la única adicción confesable y que los mantenía con vida.
Me di cuenta a tiempo.

Fui consciente de que si seguía así podría desencadenarse una hecatombe. De que todas las noches serían oscuras. De que el panorama no era nada bueno ni para mí ni para nadie.
Puse las medidas adecuadas para evitarlo. Para extinguir toda posibilidad de debacle y descompensación. Y el resultado ha sido tremendamente positivo. La tormenta se alejó convertida en una nube negra que tronaba y relampagueaba, pero en la lejanía. Ya no me afectaba.
Me reafirmé en mi fortaleza. Fue muy fácil, aunque lo supe luego

Soy de esas personas que aprenden y conocen a destiempo, pero lo que aprendo lo hago bien. Y no se me olvida.
En cuanto capeé el temporal aparecieron de nuevo la luna y las estrellas. Con un brillo nuevo, me atrevería a decir. Y recuerdo que pensé algo así como: "No volveré a dejar de verlas nunca más".
Ahora lo analizo con la templanza y la tranquilidad que da el tiempo, y creo que estaba escrito que ocurriera algo así. Tenía que haber una temporada de total oscuridad, en la que no valían ni faroles ni candelas. Una parte de mi vida en la que caminaría dando palos de ciego.



Pero igual que ahora veo eso con una claridad meridiana, también veo que esa época no iba a ser eterna. Como todo en esta vida, vino, estuvo un rato (como quien dice), y se fue dejándome una sensación de fuerza y experiencia inmensa.
Tuve mis dudas, como cualquier persona. "¿Podré con esto o será al revés?" "¿Cuánto durará?". En ambos casos las respuestas fueron justo las que confiaba que fuesen. Hice lo que yo misma esperaba de mí. Podría decirse que no me defraudé. De hecho me alegré de vislumbrar el primer rayo de luna porque no vino a mí, sino que lo busqué yo.
Con el paso de los meses las nubes se han marchado, despejando el horizonte y dejándome ver el cielo nocturno en su totalidad, con estrellas por doquier que acompañen a una preciosa y radiante luna llena.

Y si por casualidades de la vida de nuevo se cruza en mi camino la misma vieja y conocida tormenta, volveré a capearla. Por principios.
Aunque también es cierto que si me topo con ella, no será por mí. No voy a hacer ningún esfuerzo por encontrármela. Que sea al revés en todo caso, ¿no?



Caen mil lágrimas al mar;
tú no me verás llorar.
[...]
Que una noche la tristeza
se irá sin avisar...




Porque la tristeza se alejó de mí hace mucho tiempo.
Y porque nunca está de más recordar que me ha acompañado alguna vez.

Relevo

Actitud general:
Constantes vitales estables. Consciente y orientada en tiempo, espacio y persona. Conductualmente adecuada; discurso espontáneo y coherente.
Colaboradora y abordable. Fácil manejo y buen contacto. 
Comparte espacios comunes y deambula, presentando una interacción adecuada con su entorno. Se considera funcional en su sitio de trabajo, definiéndose "curiosa por naturaleza".
Estado de ánimo: eutímico; se muestra sonriente y bromista, aunque con picos de euforia "que son normales en mí, nada de lo que preocuparse". No obstante sabe adaptarse a las situaciones que se le presentan y busca recursos para solucionarlas. Cierta verborrea e impulsividad en momentos puntuales, sin afectación o riesgos ni para ella ni para los demás. Tolerancia a la frustración. Normalmente acepta los límites que se le imponen, aunque reacciona contra algunos que a su juicio no son los correctos: "esto es algo que me perjudica o que obstaculiza mi meta de estar bien, así que me niego a aceptarlo...".
Buen patrón de sueño, refiere que duerme "con la conciencia tranquila". Ingestas adecuadas.


Esto es lo que pondría en un relevo genérico sobre mí. Es la manera técnica de describir cómo soy en mi día a día.
Pero la traducción de todo esto en un lenguaje llano es que normalmente soy una persona tranquila, aunque no pierdo oportunidad de hacer reír a la gente con cualquier cosa: una frase, un chiste, un gesto o una broma. A veces eso lleva a que no me tomen muy en serio. Pero también sé cuándo debo ponerme seria o cuándo estar callada.
Soy muy habladora, y en ocasiones abro la boca y suelto la sentencia lapidaria sin pensar. Creo que en ese sentido debo moderarme, pero ahí queda la cosa. Suelo pararme en el "madre mía, ¿qué burrada he dicho, por Dios?", sin pasar a los hechos. Algo es.
Si hay alguna cosa que no consiga, al principio me ocurre lo que a todo el mundo: que no me sienta bien, me frustro. Luego me repongo y empiezo desde cero, o lo intento otra vez desde donde me quedé. Y por supuesto, si algo no me gusta intento cambiarlo. Esta última actitud ha empezado a tener lugar desde hace pocos años, cuando fui consciente de que tenía voz y voto. La verdad, no está mal haberse dado cuenta ya entrada en la veintena. Lo he aprovechado mejor y con más cabeza que cuando era adolescente, y no tengo la sensación de haberme perdido nada por los límites que me impusieron.
Y por supuesto, duermo por las noches sin ningún problema porque no siento cargas de ningún tipo. No me arrepiento de ninguna decisión tomada, aunque sí de no haberla pensado o valorado mejor en ciertas situaciones que quizás lo hubiesen requerido (ay, mi impulsividad...).

Es mucho más concreto el relevo, ¿verdad? Podéis leer lo que queráis, aunque con el relevo siempre se pierden matices.

Mañana



"Voy a vivir como si no existiera el mañana"

Flashes

Sólo me ha hecho falta un viaje de treinta minutos en coche para volver a reflexionar sobre lo que se espera de mí.

No tengo por qué dejarme llevar por los convencionalismos, en absoluto. No tengo por qué negar lo que soy, ni lo que quiero ser. Pero, ahora que lo pienso, tampoco tengo necesidad de ocultarlo. Por más que lo intentase, se seguiría notando qué tipo de hobbies tengo, qué clase de música oigo, mi manera de pensar y lo que siento al ejercer mi profesión. Nada más verme se distingue perfectamente lo que hay bajo mi apariencia.
Este tipo de cosas son características menores, pero no menos importantes. Forman parte de mí, y ahí se van a quedar hasta que lo decida yo.
Mis gustos, mi carácter, mis ideas. Son míos y me diferencian del resto, para bien o para mal. Al que no le guste, ¡qué le voy a hacer yo!

Todo esto ha sido un flash y me ha resultado muy útil el hecho de que haya venido a mi mente. Todo eso estaba enterrado y medio olvidado, y ha resurgido. En un muy buen momento, me atrevería a decir.

Sólo me queda seguir recordándolo: estaría muy bien seguir siendo yo.




Fuerza

Soy fuerte.
Bastante fuerte.
No hay problemas para controlarme y seguir tal cual. Y he pasado ya alguna que otra prueba en la que me he demostrado a mí misma que sí. Qué puedo y que sé.


Estos meses (me han) he cambiado. Para bien o para mal, no lo sé. Eso es algo que yo no puedo juzgar. De todos modos noto el cambio, me veo diferente. Los dolores y las incertidumbres pasadas de cualquier clase se han olvidado, están arrinconadas en mi memoria.
Y lo mejor de todo esto es que no duele. Ni mis fracasos ni el desgaste de camino a grandes triunfos.

Me he sorprendido a mí misma muchas veces pensando en determinados momentos: qué pasaría, cómo reaccionaría, lo que sentiría. Y, cosa curiosa, pensaba que sería peor. El asunto se solventa y a otra cosa, mariposa.


En ese aspecto también tengo apoyos importantes. Soy fuerte porque tengo un soporte considerable detrás. Las cosas también han cambiado mucho en mis relaciones sociales, pero no siempre ha sido por voluntad propia. A lo largo de este año han empezado nuevas etapas para todo mi entorno: unos vienen, otros se van, los de más allá conocen, los de más acá se separan... pero creo que todos seguimos unidos por una especie de hilo invisible, que a veces se ha tensado mucho pero nunca ha llegado a romperse del todo.
Hemos evolucionado, conocido a otras personas, pero los mismos de siempre seguimos aquí, al pie del cañón. Puede que nos separen dos horas de avión, media de autobús o cuatro de coche, pero es como si viviéramos puerta con puerta.

Considero que todos emanamos fuerza en este momento y nos retroalimentamos mutuamente. Espero no equivocarme si digo que estamos muy bien tal cual. El que no tiene trabajo está estudiando para lograr ser lo que ambiciona, y viceversa... o a veces incluso ambas cosas. Y ahí estamos el resto, totalmente de acuerdo con las decisiones que tome y apoyándole. Porque al fin y al cabo, yo siempre he creído que parte de la fuerza que posee una persona se debe al apoyo de otras.
Sé que si no hubiera recibido tanto apoyo desde hace cinco años para acá, no sería ni la cuarta parte de lo que soy ahora. Rodearme de gente que me incitaba a estar más contenta que de costumbre, me animaba o me regañaba si me veía triste ha sido toda una experiencia. Una experiencia en la que sólo me acompañan los verdaderamente buenos (aunque con alguna persona a veces haya parecido que no y haya habido una diferencia de opinión importante sé que siguen ahí, en la sombra). Los que no han sabido apreciarme se han marchado. Y a pesar de eso, sigo haciendo mi vida normal.

Nos espera una etapa llena de desafíos a todos y cada uno de nosotros; y estoy segurísima de que si seguimos teniendo la misma fuerza, el mismo arrojo y el mismo deseo de apoyarnos unos a otros, todo irá bien.
Vamos a ser fuertes, por la cuenta que nos trae.


"Lo que no me mata me hace más fuerte"
Friedrich Nietzsche
Es un tema recurrente en este blog.

Ahora mismo la tengo. Aunque considero que nunca la he perdido. He pasado por mis problemas, como todo el mundo, mis preocupaciones, mis desvelos, mis disgustos y alguna que otra cosa más me ha tenido en vilo también estos meses. Por suerte ya ha pasado todo, de una manera o de otra, y he procurado que las cosas no me superasen.
Creo que lo he logrado.

A día de hoy, veintinueve de junio de dos mil catorce, me siento plena. Soy joven, tengo amigos y familia que me quieren, estoy sana, tengo trabajo "de lo mío", estabilidad a todos los niveles, libertad... y no necesito nada más ¡Ah!, y lo más importante: a nadie más. Al menos de momento.
A ver si esta situación dura mucho tiempo. Cruzaré los dedos y por supuesto también pelearé por mantenerla.

Como novedad -nueva etapa, nuevas confesiones-, voy a admitir que alguna que otra vez he tenido remordimientos con ciertas cosas. "Ay, si no hubiera hecho esto...", "ay, si hubiera dicho aquello...", "ay, si hubiera pensado antes en eso...". Pero de todo se aprende. Nunca me he arrepentido de nada -en este caso entiéndase "arrepentimiento" como un nivel más extremo de esto-, pero sí me ha remordido la conciencia muchas veces. 
He aprendido por ejemplo a no ser tan impulsiva, a no dejarme llevar por primeras impresiones (forma parte de mi trabajo el no hacerlo), a tener la cabeza fría, a no hablar antes de tiempo, a no fiarme de quien no debo, en qué situaciones debo moderarme. Sigo atesorando experiencias y me quedan bastantes más, espero.

Además estoy poniendo muy en práctica eso de no depender de nadie para nada. Ni económicamente, ni anímicamente. Vamos, que no tengo ganas de dejar mi felicidad en manos de alguien y pasarme la vida sufriendo; quiero seguir a gusto sola. No me apetece por ahora que la razón de mi existir sea una persona, que todo gire a su alrededor. No estoy por la labor, soy joven aún.
Quiero aprovechar estos años sola, sin ataduras sentimentales de ningún tipo. Las preocupaciones, los compromisos, los disgustos y las explicaciones, para quien las quiera. Yo desde luego no quiero saber nada de eso todavía. En unos años.
Ahora quiero estar bien y seguir esta tónica un tiempo.

Seguiremos informando de si la búsqueda ha finalizado o por el contrario se reanuda; no por haberla perdido, sino por querer mejorarla. Aunque creo que tocará seguir.
Siempre, por muy bien que vayan las cosas, pueden ir mejor.

Sustituciones

Me gusta eso de tener nuevos recuerdos con cosas ya conocidas. Cosas que antes tenían un significado y una evocación particulares ahora aparecen ante mí con una nueva luz.
Son recuerdos antiguos que tuvieron una época de esplendor y cayeron en decadencia. Tras un tiempo he vuelto a recuperarlos bajo otra óptica y con otras personas a las que aprecio hasta morir. Mis chicas, por ejemplo.
No sé si entendéis lo que quiero decir, pero poco me importa.

En fin, voy a dejarme de sutilezas y ser franca: estoy hablando de sustituir recuerdos.
Suena cruel si lo vemos desde el lado de la gente y los hechos con la que creé los recuerdos originales, ¿verdad? Pues estáis en lo cierto. No sólo suena, sino que es cruel. Sí.
Pero si todo hubiera sido mejor con esas personas/hechos o -como mínimo-, distinto, no tendría necesidad de sustituir recuerdos. Serían buenos y no querría despreciarlos.

Y a todo esto, ¿cómo se sustituye un recuerdo? Sencillo: dándole otro significado, el que tú quieras o te venga bien. Por ejemplo, una canción. Una canción que adoras, por una causa o por otra, y es un nexo común con un hecho especial, o una persona importante. Un buen día ese nexo se rompe de forma desagradable y esa canción es sólo un mal recuerdo. No pasa nada. Aparecerá otra gente u otro acontecimiento; y si se da el caso, habrás creado otro recuerdo con ellos partiendo de la misma canción. Aquí entran en juego muchas cosas que no voy a explicar; se alargaría mucho la entrada y además seguro que sabéis de qué estoy hablando.

Seguro que esto tiene mucho que ver con el condicionamiento, pero no es relevante. Sólo es lo que hay.

Alguien que lea este post saltará diciendo que "es imposible sustituir un recuerdo por otro". Tendréis razón, o quizás no, pero no me vais a hacer cambiar de opinión. Es como yo lo veo, y mi punto de vista no es ni mejor ni peor que el vuestro.

Así que aire. 


Tras soltar esta gran parida, dejo de escribir por ahora.

Armas

No te preocupes si crees que no tienes armas para enfrentarte al mundo. Sí que las tienes, pero o no eres consciente, o sí pero no sabes cómo usarlas. Y tranquilo, con el tiempo adquirirás otras.

Yo creía que no tenía ninguna, y resulta que es todo lo contrario. Estaban ahí, escondidas e inaccesibles, y  a lo largo de estos meses las he encontrado. Podría decir que son sobre todo el tesón, la constancia y (cada vez más), la indiferencia ante determinadas cosas. Saber que todo lo que se hace luego compensa o, como mínimo, sirve de algo, y no darle a algo más importancia de la que merece.
Me gustan las armas que poseo, pero no estoy contenta del todo porque me falta una: la paciencia. La he intentado conseguir por todos los medios, y no ha habido manera. Supongo que con el tiempo podré aproximarme a ella cada vez más.

De momento procuro perfeccionar las que tengo, mejorarlas cada día. Espero llegar algún día a "dominarlas" cien por cien, al igual que espero conseguir enseguida nuevos recursos.
Todos tenemos canciones que nos transportan a otros momentos y a otros lugares que ni siquiera conocemos.
A mí personalmente me gustan más las segundas que las primeras. Sí, la mayoría de la gente es al revés, pero qué le vamos a hacer. Prefiero viajar (con la mente o en realidad) a evocar recuerdos.
Hay canciones con las que he viajado a competiciones de baile en Estados Unidos, en avión a Sicilia, a festivales de música en Alemania, al bullicio de Tokio, a bailar tango en Buenos Aires... Sin moverme de mi casa y tan sólo con mis libros y mi música, he ido a miles de sitios.

Los que me conocéis sabéis que para escribir necesito música. Si no, no soy yo. Me hace sentir mejor.
Más libre, y sobre todo, más feliz. La música es algo que me completa, es como un pulmón o un corazón extra. Un plus.

Si unimos la música a este blog o a un documento de Word puedo estar entretenida bastante rato. Se puede hacer de noche, o amanecer, que yo no me doy cuenta.
Mi cabeza divaga por otros mundos, la música suena, yo escribo. Punto. Y así soy feliz.

Hoy toca ir a Escocia.


"No niego que seas feliz y que estés genial ahora mismo, porque es así: estás muy bien. Sólo te digo que si encuentras a alguien que te deje espacio y con quien puedas ser tú, sin fingir ni estar incómoda, y con el que no tengas que estar necesariamente las veinticuatro horas del día, estarías aún mejor de lo que estás ahora."

Eso me lo han dicho esta mañana y creo que estoy de acuerdo, aunque con excepciones. La primera sentencia es innegable. Estoy feliz así, sin aditivos. Ahora, la segunda... también hay cien por cien de razón, aunque -como también le he contestado a la persona que me ha dicho lo anterior-, eso ahora mismo, en este momento, me da pereza. Una pereza tremenda, además. Pensar en meterme en todo eso, en ligarme de una forma especial a otra persona... No, de momento no, gracias. Ya he pasado por eso y no me apetece volver por ahora.
Seguramente esté equivocada en este punto y me desdiga en un futuro, pero hoy por hoy no necesito a ese alguien. Me esperan unos meses de no parar, de conocer gente y situaciones distintas, y de trabajar mucho. Voy a estar más que entretenida y no me hace falta más.
Que no necesite a ese alguien no quiere decir bajo ningún concepto que no necesite a nadie y me las baste sola. No, no y no. Preciso a toda la gente que está conmigo, que de momento son mi familia y mis amigos. Y para de contar.

Sé que la persona que me lo ha dicho lo ha hecho para bien y totalmente en serio, no ha sido por fastidiar ni para picarme. Ha sido sólo una observación que me ha hecho y con la cual coincido porque (aunque lo conozco poco), hemos pasado por situaciones similares.
Y de verdad, se lo agradezco porque razón no le falta, en ninguna de las palabras que ha dicho.

Supongo que ese "alguien" del que me ha hablado sería la guinda a todo esto, pero si somos sinceros, en este preciso instante puedo obviarla. Espero que tenga el reloj estropeado y se retrase, porque quiero vivir ciertas cosas con mis amigas, tener todo el tiempo del mundo para ellas y para mí... y no depender de explicarle nada a nadie.
No quiero hastiarme, ni sentirme agobiada por otra persona, por mucho espacio que me deje. Tampoco me apetece ahora enamorarme perdidamente y sentir que dependo mucho de alguien.

Voy a descansar de todo eso, que por ahora supone para mí un engorro. Si me apetece meterme en camisa de once varas, desde luego no es ahora. No es el momento; yo lo siento así.
Aunque, como todo, no se puede planear. Cuando venga, ha venido y lo que sea, sonará.

Así que seguramente esto es hablar por hablar, pero mientras ese "alguien" que me han comentado esta mañana no aparezca, voy a exprimir mi vida hasta el último segundo.

Bancos

Igual que hay personas que te marcan, se puede decir lo mismo de ciertos lugares. Todos tenemos un sitio especial o que simboliza algo.
En mi caso hay varios ejemplos. Pero el más especial es un banco. 
Sí señor, algo tan simple como un banco de parque, normal y corriente, ya bastante estropeado por el tiempo. 

¿Por qué?

Pues porque en él aprendí que me voy a caer muchas veces, pero que me puedo levantar.
También me di cuenta de que lo que yo consideraba una de mis peores pesadillas a la postre fue una de las mejores cosas que pudo pasarme.
Fui del todo consciente de lo importante que es tener la cabeza fría y lo esencial de meditar antes de hablar. Y de que las excusas raras veces valen.
Me percaté de que dejar pasar el tiempo sin intervenir no soluciona nada... y de que hacer destacar los aspectos negativos de algo a la larga es perjudicial.
Otra enseñanza que saqué en claro fue que yo soy la primera que ha de quererse tal cual; al que no le guste mi forma de ser, es su problema.

En ese preciso instante y lugar comencé a ser un poquito más fuerte y más feliz. Empecé a estar más a gusto conmigo misma. Aunque yo ni lo sabía ni lo sospechaba en ese momento.

Por eso cada vez que paso por delante de ese banco -lo cual ocurre bastante a menudo- no puedo evitar sonreír. También me viene a la cabeza el levantarme de allí pequeña, sola y sin rumbo. Esa noche creía que lo había perdido todo, y resultó ser al revés. Fue un gran triunfo personal darme cuenta de eso.

Ese sitio simboliza una de mis mayores victorias. Representa que a todo se sobrevive y que al fin y al cabo, muchas de las cosas cotidianas son problemas sin importancia.

Espero que mucha gente tenga su banco de parque particular.

Estatismo (II)

Estoy bien así. No echo en falta nada.
Tengo todo lo que necesito: familia y amigos perfectos en todos los sentidos con los que comparto buenos momentos y varias alegrías

Éste es el único estatismo que me gusta, que respeto y que defiendo a capa y espada. Sólo acepto que cambie si es a mejor.
Por eso voy a cuidarlo y mimarlo todo lo que pueda.

J

"Créeme cuando te digo que es mejor así; que no hay cielo sin estrellas, ni principio sin fin. Que después del invierno, viene la primavera"


Estatismo

Estoy de acuerdo en que todo el mundo desea tener una vida tranquila. A todos nos gusta la triada "casa-coche-trabajo". Pero, queridos míos, no nos engañemos: dejando al margen que eso hoy día es un casi un lujo inalcanzable para muchos, pongámonos en el caso (o en tiempos mejores) de que tenemos los tres elementos.
¿Será nuestra vida tranquila? Pues no. Siempre, siempre habrá algo que desentone. Por ejemplo, la hipoteca, o las facturas desorbitadas. Una avería o imprevisto caro del coche. Burn-out o en el peor de los casos, problemas laborales de cualquier tipo; desde problemas con el jefe hasta la sombra del despido.
El caso es que algo trastocará los esquemas. 
La cosa empeora aún más si hay hijos de por medio. Es algo gratificante, bonito y todo eso... pero no se deben olvidar las noches sin dormir cuando son pequeños (y cuando crecen también; hay que esperar a que vuelvan de fiesta para descansar tranquilo), las preocupaciones que conllevan...

Lo que vengo a decir con esto es que el estatismo es imposible, se quiera o no. No nos podemos ceñir a un esquema inamovible, básicamente porque no es operativo. No sirve para nada. Bueno, sí: para crear frustración. Las cosas no salen como nos gustaría y es algo que no podemos soportar.
Está muy bien tener un pisito, un coche que nos lleve y nos traiga y un trabajo decente y estable, sí. Pues bien, ahora mismo no puede ser, y aunque así fuera, algo pasará.
La recomendación básica para todo esto es ser amplio de miras. Concederse un hueco para lo imprevisto, para improvisar. No hay que tener la mente cuadriculada; la vida no es así.

Y no sólo eso. También defiendo tener ambiciones en cierta medida. Siempre que no haya que pisar a nadie, la ambición en la vida está bien. Esto, siendo justos, no es ambición, sino más bien inquietudes, motivación y ganas de superación. Básicamente es perseguir tus sueños. Siempre sacar lo mejor de ti.
Si una persona está bien en su triada pero puede mejorar, ¿por qué no hacerlo? ¿Por qué conformarse con quedarse tal cual? Si no se le hace daño a nadie avanzando, lo mejor es actuar en consecuencia. No es recomendable estancarse. Avanza, vive y sueña.
Sólo el mero hecho de avanzar implica dinámica, dejando atrás la inmovilidad.

Todo el post se resume en estos puntos: El estatismo es inútil; hay que tener una personalidad abierta, y hay que superarse día a día.

Considero que la persona que no arriesga es por miedo. Y ya se sabe lo que pasa: que el que no arriesga, no gana. Que no se diga que no se ha intentado.

Vivir, soñar y luchar por ser feliz. Ésa es la máxima. Algún día llegará la recompensa, porque lo que es difícil de lograr suele merecer la pena. Y si nos caemos, hay que levantarse. Nada de recrearse en el sufrimiento. Levanta y sigue. Si una persona se queda parada, no conseguirá nunca lo que desea.

Quizá esto es idílico, utópico. Pero las cosas cambian y lo que hoy es inalcanzable en un tiempo puede ser asequible.
Por eso hay que luchar. Cuando lo tengamos, no nos arrepentiremos de todo lo que hemos peleado y vivido para ello.

Città Eterna

Hace poco más de cinco años me fui de viaje de estudios con el instituto.
Aunque al principio no tenía muy claro si ir o no, mis padres me dieron el empujón definitivo cuando los profesores explicaron los lugares que íbamos a visitar.
"Ni se te ocurra quedarte aquí", me dijeron. "Ya verás cómo te quedas con ganas de volver y el viaje se te hace corto".



El destino elegido fue Italia, de norte a sur, una semana. Las ciudades que visitamos fueron Padua, Venecia, Florencia, San Giminiano (un pueblecito medieval), Siena... y Roma.
Si cada ciudad me gustaba más que la anterior, Roma superó todas mis expectativas, que no eran pocas. Me habían hablado muy bien de ella, mis padres los primeros, dado que estuvieron varios días visitándola hace años. Y no sólo ellos, también amigos y familiares que habían estado hacía más o menos tiempo.
Piazza di Trevi, una de las más engañosas de Roma. Parece enorme, pero es muy pequeña
No seré la primera ni la última persona del mundo que ADMIRA con mayúsculas esta ciudad; ni siquiera la primera o la última que lo escribe en un blog. Pero no por ello voy a privarme de hacerlo. De hecho recuerdo el viaje como si lo hubiera hecho ayer.


De vuelta a España me prometí a mí misma regresar a Italia. Me he marcado como objetivo principal visitar Sicilia y volver a Roma... quién sabe si durante un tiempo y no sólo estar de paso. Es más, medio en broma medio en serio he barajado la idea de vivir frente al Vaticano.

Plaza de San Pedro (Ciudad del Vaticano). En una palabra: sobrecogedora
El primer paso ya lo he dado: he empezado a ahorrar para costearme el viaje. El segundo paso, también: voy a hacer mis primeros pinitos aprendiendo italiano el mes que viene.

Italia, tarde o temprano volveré. Roma, tarde o temprano me quedaré contigo.


Ego

Una vez me dijeron que era muy difícil escribir estando bien de ánimo. Yo creo que no.
Considero que escribir siempre es un desahogo, te vaya bien o no. Seguramente pasando una mala racha uno se libera más, pero siempre es efectivo. Y si no, reiterativo. En mi caso no se trata de que las cosas vayan bien o mal. Van, que no es poco. Tampoco me puedo quejar. 


Ahora mis ratos libres son para mí. Antes eran para cosas que creía vitales, o como mínimo, que pensaba que me llenaban. Pero no. Ahora entro, salgo, veo a mis amigos todo lo que puedo, sí. Pero también a veces me encierro a pensar, a reflexionar y a centrarme en mí y sólo en mí, siendo importante y dándome (casi) todo igual... con cierta mesura, sin dañar a nadie. Si se hunde el mundo, no es mi problema. Esto -que puede malinterpretarse y tomarse por egolatría-, para mí tiene cierto sentido. Un doble fondo, por decirlo así, y es muy sencillo. Si yo no estoy bien conmigo misma, ¿cómo van a estarlo los demás conmigo? Es de todo punto casi imposible. Mi bienestar se traduce en cada uno de mis actos. Tengo que estar  gusto con lo que hago, con lo de que pienso, con lo que digo, con cómo me comporto.
Con cómo soy.
En resumen y simplificando muchísimo: soy egoísta para poder ser mejor con el resto de la gente.

Esto se aplica a todo: relaciones sociales, personales, laborales... Intento dar siempre lo mejor de mí, pero para eso antes de salir de casa procuro dejar atrás mis miedos. Esté bien o mal, intento tener buena cara. La gente a la que quiero se lo merece.
Muchas veces pienso que hay cosas que no hago bien aun con toda mi buena intención. Como todo el mundo, supongo, y siempre siento cargo de conciencia. Pero entonces intento aclarar las ideas, reconducir y sopesar. Si lo he hecho, ha sido porque creía que era lo correcto, o lo que más le convenía a todo el mundo. Se toma nota y para la próxima se procura hacerlo mejor. También esto es dedicarme a mí para poder luego ofrecerles mi mejor cara a los demás.

Una buena amiga me dijo hace unos meses que "a veces hay que ser un poquito egoísta". Y yo completo la frase: "... para poder dar lo mejor de ti al mundo".
Es una gran verdad que, como tantas otras que aprendo de mis amigos, trato de poner en práctica siempre, aunque sea difícil.

Sed un poco egoístas, es un consejo. A veces no es malo, y si es por una buena causa, mejor todavía.


"Siempre se repite la misma historia: cada individuo no piensa más que en sí mismo."
Sófocles

I

Ya va quedando menos para poco a poco ir siendo la dueña de mi propia vida. Y parece que es un poco tarde, pero mi personalidad es menos difusa.  Cada vez voy consolidándome un poquito, adquiriendo mis señas de identidad.
No me refiero sólo a lo externo: mis infinitos lazos, flores y pañuelos a lo rockabilly en el pelo; mis sempiternas Converse rojas y mis auriculares blancos; mis libros de terror; mis películas de mafiosos y series-emblema, entre tantas otras cosas.
También hablo de lo que a simple vista no se ve.
Me he dado cuenta de que soy más determinada y tengo la cabeza más asentada -aunque en ocasiones parezca justo lo contrario-. Estoy aprendiendo a valorar con calma los pros y los contras de cada cosa. Y a pesar de que sigo teniendo mis arrebatos y mis prontos, duran menos y se trivializan más.
Es algo que nunca creí que pasaría. Pero el hecho es que estos meses, por unas cosas o por otras, me han servido para rebuscar en lo quiero y en lo que soy, tratando de buscar concordancias. He visto lo que se puede llegar a decir, pensar, hacer e incluso soportar. También lo que se puede llegar a luchar o cómo cambian las preferencias. Cómo todo puede dar la vuelta en un segundo y hay que reestructurar.
Y lo más importante: aunque todavía no lo he logrado del todo, estoy encontrándome en el proceso de estar contenta conmigo misma. A apreciar el esfuerzo que he hecho y hago, porque de todo se saca algo bueno.
Vamos a seguir mejorando, vaya que sí.

Elu

Casi la una de la mañana y aquí estoy, escribiendo y con Eluveitie a todo trapo.

Mente en blanco.
Dedos sobre las teclas.
No pensar, no sentir.
Sólo escuchar y escribir.

Es como un déjà (vu) vécu, porque esto ya lo hacía antes. Lo dejé aparcado por diversas circunstancias unos meses, pero he vuelto a hacerlo otra vez. Lo echaba en falta, porque una de las cosas básicas en mi vida es ésta: escribir con música de fondo.
Dejo volar mi imaginación y mis dedos deslizarse sobre el teclado. Todo vale.
Todo está en su sitio, vuelvo a otros tiempos.

Escribir me desahoga, aunque sean estupideces como éstas.

Buenas noches, mundo.


Esta noche os propongo un viaje a la infancia. A nuestros miedos. 
Quiero hablar de fantasmas.

Sí, de fantasmas. Pero no de los fantasmas que nos asolan en forma de ideas o pensamientos; ésos que he citado aquí alguna vez, de los que me libré hace mucho tiempo y que mucha gente tiene o tenía.
Los fantasmas de los que trata este post son los tradicionales: los que nos asustaban con sábanas y cadenas cuando éramos niños y al crecer se sofisticaron, pasando a ser monjes o chicas jóvenes vestidas de blanco que lloran un amor perdido o una deshonra.

 

Desde siempre me han gustado las historias de terror en general y las de fantasmas en particular; más que ningún otro género. Porque (no nos engañemos), me encanta pasar miedo con los fantasmas, con todas las leyendas que flotan alrededor y demás parafernalia. Mientras mis amigas soñaban con príncipes que iban a buscarlas en un caballo precioso tras derrotar a un dragón, mi mente vagaba por castillos oscuros en los que los espectros campaban a sus anchas, o cementerios llenos de niebla. Y los sábados por la mañana era INEXCUSABLE ver la serie de "Pesadillas" (basada en los libros de R.L. Stine), y luego ir a la Biblioteca Regional a arramblar con todos los libros que pudiera de este autor. Sólo dejaban cinco libros por persona y yo cargaba con  ocho por lo menos: cinco con mi carnet, uno o dos que le suplicaba a mi padre que sacara con el suyo y otro tanto a mi hermana.
¿Que si no me daba miedo todo eso? ¡Claro que sí, como a todos los niños! Pero había algo que me impulsaba a no dejar de imaginar todas estas historias. Algo que aún no sé explicar, ni siquiera nombrar. Casas encantadas, apariciones, puertas que se abren y se cierran solas, luces que se encienden y apagan, sonidos extraños, lamentos y aullidos, cosas que cambian de sitio y viejecitas muertas de miedo mientras se santiguan y rezan el rosario la noche de las ánimas.
Suena cuanto menos atrayente, ¿no?


Recuerdo que de pequeña me daban terror los crujidos de los muebles en plena noche, los ruidos de los pisos vecinos -suspiros, pasos, o el ascensor en marcha-, y el hecho de cruzar yo sola el pasillo a oscuras. Apenas cinco o seis metros que se me hacían eternos, llenos de sombras y presencias que se abalanzarían encima de mí en cuanto me despistase.
Por supuesto eso era lo que yo sabía ciertamente que me iba a ocurrir. Aunque necesitase levantarme de la cama para ir al baño o beber agua, aguantaba como una campeona. ¡Todo fuera por no toparme con ningún fantasma en el pasillo! ¡A saber lo que me harían! Y ya no hablemos de despertar a mis padres...
Visto en perspectiva, me dan más miedo mis padres que los fantasmas, para qué voy a mentir.

Ahora veo todas esas cosas con un punto de nostalgia al recordarme tapada hasta la coronilla, poco menos que asfixiada, temblando, con las lágrimas medio asomando de puro terror y confiando en que mi sábana me protegería de todos los entes fantasmales del mundo. 
Ése es otro clásico de la infancia: ¡nuestra super sábana! Era capaz de resistir no sólo los ataques de los espectros; también los de los marcianos, el coco, el hombre del saco e incluso (aunque no tuviésemos ni idea de lo que era), de la bomba atómica.
Lo cual me lleva a preguntarme cómo una sábana podía proteger contra otra sábana, por mucho que ésta última fuera un fantasma.



Una imagen recurrente en mi cabeza cuando era niña podría considerarse ya un icono del pánico, o de los terrores nocturnos: ver una sombra o figura al lado de la cama, o mucho peor... a los pies. 
Podía pasarme noches entera bocarriba, totalmente quieta, en tensión y con un sueño intranquilo, vigilando los pies y muy atenta a no sacar ni los brazos ni las piernas fuera del perímetro del colchón, ¡no fuera a ser que alguien los cogiera!

Pasó el tiempo y dejé atrás el mero gusto a los fantasmas. ¿Lo abandoné? ¡En absoluto, lo aumenté! Ese gusto dio paso a la fascinación.
Autores como Henry James, J. Sheridan Le Fanu, Edith Wharton, Margaret Oliphant, H. P. Lovecraft, Gustavo Adolfo Bécquer y cómo no, mi autor favorito por antonomasia, sin discusión: Edgar Allan Poe. He crecido con todos ellos, y ninguno me desagrada.
Y eso por citar a unos cuantos solamente; son "mis autores de cabecera", por catalogarlos de alguna manera. En el tintero me he dejado muchísimos más.


Han pasado los años, he cambiado en bastantes cosas y vivido mil experiencias. Pero hay algo que permanece ahí, intacto: mi pasión por lo oscuro, lo inexplicable. 
Aunque con matices. 
Siguen gustándome los fantasmas clásicos, de sábana y cadenas con su sempiterna cantinela -"¡¡¡Uuuuuuuhhh!!"-, pero también han aparecido en escena las jóvenes torturadas, los monjes impíos, los nobles asesinados, las onryō, los fallecidos en hospitales, las apariciones en un edificio de pisos normal y corriente como el mío... o el tuyo.

Y parecerá raro, o quizás no, pero sigue recorriéndome la columna un agradable escalofrío cuando leo algún cuento o novela de fantasmas, veo algún programa en la televisión, voy al cine o me cuentan algo. Incluso cuando crujen los muebles o las tablas del suelo a las tres de la madrugada. Sé que tiene explicación, que es algo lógico, que alguna razón habrá... pero adoro morirme de miedo y fantasear con la idea de un espectro.
En el fondo creo que a todos nos gusta, en mayor o menor medida, pasar miedo con esta clase de cosas. Y quien más quien menos, cree en los fantasmas. Yo no me corto un pelo y digo que sí, que creo que existen. Hay muchas cosas que no pueden explicarse, o por lo menos no de momento.

Me despediré no sin antes desearos buenas noches a vosotros... y a la gente que se encuentra a vuestro lado mientras leéis esto. Seguramente ahora no se nota nada, pero por la noche, cuando crujan los muebles y paséis frío en la habitación, ya sabéis cuál es el motivo.

Que no los veáis no significa que no estén.