Simulación (I)

Estaba allí callada, temblorosa y asustada. Pero no acobardada. Eso nunca. No bajó la mirada, no dio un paso atrás.
Después de todo lo que había pasado, no se lo podía permitir. 
Se juró a sí misma que aquel desgraciado no le iba a hacer daño a nadie más. No mientras ella estuviera allí para impedirlo. Por encima de su cadáver.
Llegó a sus oídos una risa desagradable, que no la amedrentó.
"Se acabó."
Estaba preparada para responder. De hecho llevaba esperando ese momento toda su vida. Y cuando atacó y dio en el blanco, sintió una alegría irracional que le dio miedo; que la hizo aullar de euforia como un animal salvaje. Lo único que lamentó fue no haber sido tan certera como hubiera deseado. 
Ese ataque fue la señal para que se desatara el pandemónium, tanto en su gente como en la contraria. Pero enseguida acudieron en su ayuda. Entre ellos, quien menos esperaba.

Fue una agradable y reconfortante sorpresa que por un momento la paralizó. Con ese asombro se salvaron los mil abismos que se habían abierto entre los dos a lo largo de los años. No todo estaba perdido entonces. Aún había retazos de esperanza. Escondidos, pero los había. Lo supo sólo con mirarlo a los ojos: en tiempos habían proyectado delirios de grandeza, pero ahora destilaban humildad y súplica. Él tenía miedo porque lo había vivido en su propia piel. Igual que ella. Pero podía más la desesperación.
Así que al fin y al cabo a eso se reducía todo: a la desesperación. No tenían nada que perder porque ya lo habían perdido todo. Sólo les quedaba luchar para ganar.
Y qué mejor manera de hacerlo que juntos, rodeados de gente que los había visto y ayudado a crecer. Que habían compartido junto a ellos el sufrimiento y el dolor.
"Si no por ti, hazlo por él... y por ellos".
Se sobrepuso y volvió a mirarle con determinación. Estaba enfadada consigo misma por no haberlo siquiera sospechado. Él le devolvió la mirada y aquello le dio alas, redoblando sus esfuerzos. Ella iba a hacer justo lo que él esperaba, porque siempre había sido así.

Lo iban a conseguir, vaya que sí. Habían superado cosas casi peores que aquella, juntos durante un tiempo y luego por separado. Eran valientes, muy valientes, aunque cada uno lo mostraba de manera diferente: él prefería pensar más que actuar; ella era al contrario.
Pero sin atisbo de dudas, la mayor virtud de ambos consistía en que ninguno sabía ni sospechaba lo valientes que eran. Habían ido adquiriendo coraje con los años, al mismo tiempo que crecían. Se habían observado y visto sus respectivos progresos desde la distancia, mezclando triunfos y fracasos; pequeños pasitos con enormes retrocesos y viceversa. En los días más luminosos y en las noches más oscuras. Nunca habían dejado vigilarse... o de quererse. A veces se entremezclaban los dos términos, sin saberse cuándo acababa uno y empezaba otro.
Habían elegido caminos que creían opuestos, para encontrarse después al doblar un recodo.

Y allí, en medio de tanto dolor y tanta miseria, de tanto rencor, ira y odio acumulados, resurgió en los dos un sentimiento olvidado. Algo que los hizo sentir invencibles y eternos tiempo atrás y que de pronto una noche de invierno se marchó. Se fue sin avisar, sin despedirse siquiera, y dejándolos destrozados.
Pero ahí estaba de nuevo y era algo que no podían controlar. Había aparecido en el peor momento... o en el mejor, según se mirase. Llegó para culminar lo que habían empezado hacía muchos años; era el broche perfecto, el empujón que necesitaban en esos instantes, el ápice de fuerza oculta que no se dignaba a aparecer y que les era tan necesario para terminar de pelear.
Se sorprendieron a la par de no haber caído en la cuenta a la primera: luchaban sólo por poder ver en esos conocidos ojos una mirada nueva todos los días. Una mirada por la que mereciese la pena vivir.

Ni él ni ella sospecharon nunca que unos ojos engancharan hasta el punto de convertirse en una necesidad. En una adicción.
Quizás en la única adicción confesable y que los mantenía con vida.
Me di cuenta a tiempo.

Fui consciente de que si seguía así podría desencadenarse una hecatombe. De que todas las noches serían oscuras. De que el panorama no era nada bueno ni para mí ni para nadie.
Puse las medidas adecuadas para evitarlo. Para extinguir toda posibilidad de debacle y descompensación. Y el resultado ha sido tremendamente positivo. La tormenta se alejó convertida en una nube negra que tronaba y relampagueaba, pero en la lejanía. Ya no me afectaba.
Me reafirmé en mi fortaleza. Fue muy fácil, aunque lo supe luego

Soy de esas personas que aprenden y conocen a destiempo, pero lo que aprendo lo hago bien. Y no se me olvida.
En cuanto capeé el temporal aparecieron de nuevo la luna y las estrellas. Con un brillo nuevo, me atrevería a decir. Y recuerdo que pensé algo así como: "No volveré a dejar de verlas nunca más".
Ahora lo analizo con la templanza y la tranquilidad que da el tiempo, y creo que estaba escrito que ocurriera algo así. Tenía que haber una temporada de total oscuridad, en la que no valían ni faroles ni candelas. Una parte de mi vida en la que caminaría dando palos de ciego.



Pero igual que ahora veo eso con una claridad meridiana, también veo que esa época no iba a ser eterna. Como todo en esta vida, vino, estuvo un rato (como quien dice), y se fue dejándome una sensación de fuerza y experiencia inmensa.
Tuve mis dudas, como cualquier persona. "¿Podré con esto o será al revés?" "¿Cuánto durará?". En ambos casos las respuestas fueron justo las que confiaba que fuesen. Hice lo que yo misma esperaba de mí. Podría decirse que no me defraudé. De hecho me alegré de vislumbrar el primer rayo de luna porque no vino a mí, sino que lo busqué yo.
Con el paso de los meses las nubes se han marchado, despejando el horizonte y dejándome ver el cielo nocturno en su totalidad, con estrellas por doquier que acompañen a una preciosa y radiante luna llena.

Y si por casualidades de la vida de nuevo se cruza en mi camino la misma vieja y conocida tormenta, volveré a capearla. Por principios.
Aunque también es cierto que si me topo con ella, no será por mí. No voy a hacer ningún esfuerzo por encontrármela. Que sea al revés en todo caso, ¿no?