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El rincón de la lluvia


Rendición

25/10/15
Me siento como si estuviera encerrada en una sala vacía. Si hablo sólo está mi eco. No hay nada más, ni nadie más. O sí, quizás mis pensamientos y mis recuerdos; no se ven pero se sienten y se oyen claramente.
Y me poseen, me rodean, me agobian.

Son muchas cosas al mismo tiempo, muchos fantasmas que regresan para atormentarme con hechos olvidados. Con todo lo que quise hacer y decir y no tuve ocasión de hacerlo. Todas las lágrimas que cayeron. Los sentimientos de culpa y dolor, todas las veces que por orgullo no pedí perdón. Toda la rabia que no dejé salir, todas esas dudas que los demás me notaron. Todas las situaciones que me hicieron sentir inútil. Y lo peor: todas las veces en las que me traicioné a mí misma.
Conforme me llenan me voy sintiendo pequeña. Y la sala parece cada vez más grande y más oscura. Cada vez veo menos, me siento más perdida entre esas cuatro paredes. Las puertas y las ventanas están cerradas a cal y canto. No hay llaves ni ganzúas para abrirlas. No hay por dónde salir.
Estoy sola. Completamente sola, no puedo recurrir a nadie. Y eso me duele todavía más que los recuerdos. Es como si fuera la última persona viva en la Tierra y nadie me pudiera escuchar, aliviar mi dolor y ayudarme a eliminar parte de esa carga emocional.
Entre todos esos recuerdos, esos demonios, esos pensamientos... me vienen a la cabeza de nuevo la desesperación, la inseguridad, la desprotección, la vulnerabilidad. Es horrible. Lo sé porque ya he pasado por eso. Me hubiera gustado no volver a hacerlo, pero ha sido inevitable.
Todo se oscurece, todo se agranda excepto yo. Me hace mal, mucho mal. Y yo lo sé, pero a veces me cuesta recordarlo y pierdo la perspectiva.
Muchas otras veces me he sentido peor. Pero esto es diferente. Es raro, como si algo dentro de mí se hubiese roto. Habrá que repararlo o eliminarlo, pero no sé por dónde empezar. ¿Qué es mejor?
Aunque como no me dé prisa va a ser tarde.

Los pensamientos y los recuerdos siguen retumbando en mi cabeza, por los rincones más oscuros, impregnando de angustia todo lo demás: "Tenías que haberlo hecho...", "tenías que haberlo dicho...", "podías haberte ahorrado esta contestación...", "debiste controlarte en ese momento...". Qué difícil me resulta eliminarlo, es casi imposible.
Y de pronto empiezo a oír un sonido. Un sonido familiar. Al principio me reconforta, pero luego hace que aumente mi sensación de desamparo, de pequeñez.
Lluvia.

Al principio sólo son gotas tímidas, pero poco a poco van aumentando en número e intensidad, como si quisieran romper el techo de la sala para anegarla y ahogarme.
Me gustaría poder decir que no me voy a dejar, que no voy a permitir que eso ocurra. Pero no nos vamos a engañar. No es la mejor situación, ni la que me infunde fuerzas. Intento sacarlas de donde no las tengo; de donde, como siempre digo, no creo que pueda tenerlas. Y por más que las busco, las llamo, grito y me desespero, no están. Ellas, que siempre han sido incondicionales, que me han hecho ver la luz mil veces y levantarme otras mil más. Han desaparecido. No sé si es por mi situación o porque la habitación las ha devorado. Puede ser por mil cosas, pero el hecho es que no están.
No sé qué hacer, y poco a poco los recuerdos van subiendo su volumen hasta convertirse en gritos que me asaltan y no me dejan pensar con claridad. Me impiden moverme, reaccionar, llorar, incluso sentir. Me están paralizando, anulando, y he llegado a mi fase final; todos mis cartuchos están quemados, he hecho todo lo posible.
¿Qué me queda entonces?
Algo a lo que siempre me he negado, algo con lo que nunca he estado de acuerdo. Y es rendirme. Dejar de pelear, de luchar, de soñar con imposibles. Dejar de hacer todo aquello que siempre me ha gustado y por lo cual me he sentido viva, feliz y completa.
Me duele, claro que me duele. Pero veo que es la única manera de romper con todo. Así que me limito a caminar hacia el centro de la sala, mientras que los recuerdos y los pensamientos se convierten en un ruido informe, entremezclados hasta el punto de no poder distinguir ninguno.
Una vez llego allí, me tumbo y me limito a esperar que venga lo que tiene que venir. Todo se ha fundido a negro: lo que veo, lo que oigo, lo que pienso, lo que siento y lo que quiero.

Sólo se escucha el sonido de la lluvia.




"La lluvia cae en su salón, nadie la puede oír.
La lluvia cae en su salón, ¡no queda un alma allí!"

"Las lluvias de Castamere" - "Tormenta de espadas"

Publicado por Ulalume en 23:38 0 comentarios
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Etiquetas: Frases célebres, Reflexiones, Simulación
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Venturas y desventuras de una enfermera que tiene mucho de lectora y un poquito de escritora. Melómana y risueña ante todo.
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