Sí, a veces me rompo.
Suele pasarme cuando tengo la guardia baja. Sale todo lo que guardo para mí y que está acumulado durante meses, a veces incluso años. El dique de contención revienta aflorando así mis inseguridades y mi desesperación con toda la fuerza y la rabia que son capaces de acumular.
Pero cuando esa salida -que parece exactamente la de un volcán en erupción-, cesa, ya no vuelve a suceder hasta mucho tiempo después. Es como un oso hibernando o un león dormido. Están latiendo, al acecho bajo la superficie, pero no saldrán a la luz inminentemente.
Ese ejercicio es una purga, me limpia por fuera y por dentro y me hace sentir mejor.

