Hay canciones que tienen que ser lloradas. Ellas mismas lo piden. Y cuando aparece una canción así sabes de algún modo mágico, extraño y primordial que sí, que esa es visceral, que los primeros contactos con ella no serán agradables y que te dejará marca.
Es posible que no llores la primera vez que la escuchas, ni la segunda; a veces ni siquiera la tercera. Pero en algún momento la oirás de nuevo y se te caerán las lágrimas aunque no quieras, aunque te dé vergüenza incluso sentirlas rodar por la cara y te las limpies frenética.
En la fase que sigue a los primeros llantos procurarás no volver a toparte con la dichosa canción, harás lo imposible para sacártela de la cabeza... y no lo conseguirás. Te ha tocado tanto -y es probable que no te hayas dado ni cuenta- que ya es parte de ti. Así que al final, ¡qué remedio!, acabas volviendo a ella.
Te asaltará en cualquier sitio, a cualquier hora y en compañía de cualquier persona aunque a ti no te venga bien en ese lugar, en ese momento y con esa persona. Vuelve a bombardearte, a recordarte lo pequeña que te hacen sentir la melodía y los versos. Y al igual que las mil veces anteriores, acabas rompiéndote de nuevo (sin embargo y según el caso consigues reprimir las lágrimas, lo cual es una suerte).
Eso sucederá en unas cuantas ocasiones más hasta que un buen día descubres, para tu sorpresa, que ya no lloras sin consuelo alguno cuando la oyes. No te causa indiferencia, porque este tipo de canciones tienen esa misteriosa cualidad; pero tampoco te afecta tanto como esos momentos en los que con sólo oír las primeras notas empezabas a sentirte sobrecogida.
Es entonces cuando te das cuenta de que esa canción ahora pide ser disfrutada sin prisas, tranquilamente; se ha adaptado a ti y tú te has adaptado a ella. Ha ganado en matices, afectos y percepciones, adquiriendo una nueva luz. Y tú has conseguido fortaleza, introspección y la humildad que deriva de esa mirada a tu interior tan necesaria
Ya no sois extrañas. De hecho la canción se ha vuelto especial para ti por lo que representa e implica.
Cabe dentro de lo posible que vuelvas a llorarla alguna vez más, pero sin duda no será como las primeras escuchas. Cuando lo hagas será porque realmente lo necesitas, no por la propia canción.

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Con algunas canciones lloradas tampoco sabes muy bien por qué te encuentras así. Puede ser por la melodía o por el texto; por lo que se cuenta o cómo se cuenta; puede ser por lo que te transmite la persona que la interpreta (cuando sucede por esto te preguntas si el cantante y/o músico en cuestión pudo grabarla de un tirón en el estudio y no te explicas cómo en directo la canta/toca sin llorar), o por tus circunstancias en ese preciso lugar y momento. Quizás sea por todo a la vez. Pero el caso es que llega a lo más profundo de tu ser y actúa igual que la abreacción; es la llama que prende la mecha. 

En algunas ocasiones esa canción que debe llorarse es la excusa perfecta para dar rienda suelta a lo que piensas o a lo que te pesa y no sabes cómo exteriorizar ni a quién contárselo. No era ése el objetivo principal; es más, ni siquiera era algo que contemplaras la primera vez que la oíste y te sentiste así. Simplemente percibiste que la canción te invitaba a que la escucharas con atención aunque te doliera un poco; nada más. La purga viene después sorpresivamente: estás sola, centrada en la canción y en lo que te hace sentir ella y sólo ella... cuando de pronto un pensamiento, una emoción o ciertas inseguridades que estaban agazapadas en la penumbra hacen acto de presencia, entremezclándose con la melodía de una forma muy singular, sin estridencias. Y la verdad es que te hace un gran favor; la canción pasa a ser una acompañante tranquila que se dedica únicamente a mantener abierta la puerta tras la que se esconde todo lo que te pasa, para que salga y te limpies. No se precisa nada más, estáis las tres en perfecta comunión: la soledad, la canción y tú. Y eso está bien.

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En mi vida ha habido -y habrá siempre, de eso estoy cien por cien segura- muchas canciones lloradas. Muchas que, como dije en otro post hace unos meses, llegaron de casualidad a mi vida y me destrozaron sin piedad. Pero también me han hecho crecer, aprender y me han servido de guía muchas veces. Porque sí, las lágrimas no sólo desahogan, sino que a veces también limpian y clarifican.
Así que por mucho que me duelan algunas canciones al principio, siguen resultándome muy necesarias para seguir funcionando. Al tiempo, cuando estoy "inmunizada" y vuelvo a oírlas las encuentro preciosas, recuerdo lo bien que me vinieron y no puedo evitar acordarme de lo vital que es para mí la válvula de escape que supone una canción así.

La única duda que tengo es cuál será la siguiente canción...

Wake me up

So wake me up when i'ts all over.
When I'm wiser and I'm older.
All this time I was finding myself.
And I didn't know I was lost.

Perdida.



Esta noche toca utilizar las sábanas y las mantas para esconderte debajo y desaparecer. Hacerte una bolita diminuta y que nadie te vea, nadie te encuentre. Porque cuando te metes ahí dentro tras un día horrible sientes que es lo único que te mereces.
Te pones música y te aíslas, vas a otro mundo. Desconectas de este, que bastantes quebraderos de cabeza te ha dado hoy ya.
Las sábanas son tu refugio desde que te guardas para ti algunas inquietudes que has ido acumulando con el pasar de la mañana y la tarde.
Sólo quieres necesitas que se acabe la jornada y confías en que mañana será mejor. Pero la verdad es que no lo sabes. Nadie lo sabe. A lo mejor es un día genial, a lo mejor es igual que hoy, o es peor... o quizás no llegues a mañana porque te da un infarto mientras duermes.
Pero sea como sea, tu cuerpo te pide a gritos evadirte y olvidar que -aunque a veces te creas perfecta y en posesión de la verdad absoluta-, no eres infalible. Tienes tus errores y tus defectos, como todos. Sin embargo bajo las sábanas y con la seguridad que te dan esos acordes que nunca te cansas de escuchar, tienes derecho a sentirte bien. Y empieza a obrarse el cambio, a difuminarse tu percepción de la situación; ya no se parece tanto a ese sentimiento de infravaloración que tenías al meterte en la cama y arroparte.
Mañana será otro día, y dejarás el refugio una vez más aunque con la certeza de que cuando vuelvas por la noche funcionará como un oasis. Igual que hoy y que todas las noches precedentes.