No sé dónde estarás ahora, pero me apuesto lo que sea a que me leerás tarde o temprano, y de una manera u otra.

Me ha dolido mucho que te vayas. Más de lo que te puedas imaginar. 
¿Sabes por qué?
Porque (como todos), yo te tenía muchísimo cariño. Sí, las resis también nos encariñamos con la gente que es buena, paciente, que nos enseña, que hace que nos lo pasemos de miedo y que nos trata bien. Que nos trata como unas compañeras más y no como a alguien a quien sacarle el pringue.

Al principio, cuando aterrizaste en esa casa de locos en noviembre de 2014, parecías raro... esquizoide es la palabra  Me decían que no hablabas nada, absolutamente nada, que eras hasta desagradable. La primera tarde de guardia que hicimos juntos -me aconsejaron que no la hiciera contigo, porque "el nuevo es muy rarujo". Ya ves que pasé olímpicamente de esta recomendación-, no me mantenías la mirada, hacías las cosas casi sin contar conmigo pese a que llevábamos a medias a los pacientes, y yo creía que te caía mal. Pero cuando dije algo y vi que te reías (en vista de los acontecimientos estoy bastante orgullosa de eso), me quedó claro que el problema no eras tú. Supe en ese mismo instante que al ser "el nuevo" te estabas adaptando al servicio y estabas más estresado. 
Pero ahora sabemos que ese carácter se debía a algo diferente.

Con el paso de los meses y las guardias la cosa fue mejorando -y yo aprendiendo-, muchísimo. A pasos agigantados. Desde tu "nena, después de comer siempre hay que sentarse a leer las historias", y allá que nos poníamos los dos a ver los relevos, a poner dos Neurontines en vez de uno (yo, que siempre he sido muy chocho, como me decías), y pasarlo mejor marcando los Risperdales de las 23h que "en los carnavales de Tenerife", como me dijiste con mucha solemnidad. Sin olvidar, por supuesto, por El Ojo Que Todo Lo Ve, mis mil y un mini tuppers (que bien que te reías de mí y me picabas con lo de "pero si a mí me encantan tus tuppers"... y luego eras el primero en robarme las nueces), y tus contestaciones ácidas -pero sin maldad-, o increíbles literalmente. Últimamente incluso me dejabas ojiplática, siempre para bien.
Amén de mis rarezas, mis locuras, los ataques de histeria que me daban al explicarte por qué parte de "Juego de Tronos" iba -para enmarcar mi cara de sorpresa cuando me dijiste que tú también la veías y te encantaba, yo no tenía ni idea; ¡anda que no me has puesto los dientes largos mil veces por ir tú más adelantado que yo!-... y tus fases de euforia. Memorables el susto y el consecuente ángor que me provocaste al salir del aseo de una habitación a oscuras de la parte A chillando mi nombre y riéndote cual psicópata. Cómo me verías que me diste hasta un abrazo... cuando la risa ya hacía que te doliese el estómago y paraste porque si no te ahogabas.
Más tendrás que perdonarme tú a mí por aguantar todas mis frikadas y mi aceleración continuas, desde las tres de la tarde hasta el "¿me firmas la guardia?" de las nueve y media, y las "discusiones" por cuál de los dos tomaba la tensión o preparaba la medicación.
Porque ésa es otra. Tú mismo me decías: "Bueno, mira, si estoy yo te tiene que dar igual que sea viernes o no". Y yo te contestaba: "pero si sabes que siempre que estés de tarde me voy a poner donde te encuentres... ¡no te preocupes!". Además era algo por todos sabido: las R2 queríamos hacer un turno de noche con vuestra clave, porque sabemos que era la más cachonda... y en la que más se podía llegar a engordar.
El caso es que últimamente sí me daba igual que no fuera viernes, ¿sabes? Si hubieras seguido en el servicio, en diciembre hubiese sacrificado alguno sólo por hacer una guardia espectacular contigo. Yo ya sabía que, si estabas, era un no parar de reír desde que entraba hasta que me iba. Sé que fliparías al habértelo dicho yo, y me huelo (o espero) que quizás te sentirías muy halagado.

Pero ese día, yo que iba tan dispuesta a preguntarte por lo de la troleada a las estudiantes, a recomendarte una serie nueva y a indignarme contigo por la Boda Púrpura, me quedé con la palabra en la boca. Seguí adelante hasta las diez de la noche; me costó, me costó mucho. Horrores. Pero en el fondo sentía que te lo debía. Tú me enseñaste, y la verdad es que lo hiciste muy bien porque lo llevé todo sola sin problemas. Pero eso es lo de menos.
Aún hoy, casi un mes después, sigo como en una nebulosa a veces. Pasará, porque todo pasará. Pero no dudes ni por un momento que me he sentido tan mal como el resto de compañeros, y que esto es un proceso largo.
Me acuerdo de ti todos los días por cualquier cosa; más cuando voy a las guardias, claro. Aunque es normal porque es muy reciente. Espero seguir haciéndolo, pero cada vez con más normalidad.

Es un tocho muy largo y creo que te habrán quedado más que claras mi opinión y la influencia que has tenido en mí -seguro que esto último te ha sorprendido, ¿de verdad creías que precisamente tú ibas a dejarme indiferente cayéndome y tratándome tan bien, y teniéndome tan en cuenta como si ya fuera especialista a tu mismo nivel? ¡Ni hablar!-. Me quedo con la duda, eso sí, que nos ha quedado a todos. Quizá los derroteros habrían sido diferentes, o se hubiera postergado más la decisión. No lo sé.

Así que cuando nos volvamos a ver te pondré al día de todo (de lo importante y de las actualizaciones de series y chorradas varias también), aclararemos esa duda que tengo y te he explicado antes... y ya de paso te dejaré las cosas claritas, porque sigo muy cabreada contigo.

No te enfades por la última línea que te voy a escribir en el post. Y si te enfadas me da igual, mira tú por dónde. Aunque también puede ser que te sonrías, gustándote tanto la serie; no tengo ni idea, ¡si es que al final tenían razón y eres un rarujo!
Resume claramente la impresión con la que me quedo después de verme a mí y ver a los demás la última vez que coincidimos todos contigo. Parece que no estabas al tanto de lo que pasaría cuando, al acabar ese encuentro, cada uno se fuera a su casa.

Por eso me despido con un claro y rotundo: "No sabes nada, Jon Nieve".

Rendición

Me siento como si estuviera encerrada en una sala vacía. Si hablo sólo está mi eco. No hay nada más, ni nadie más. O sí, quizás mis pensamientos y mis recuerdos; no se ven pero se sienten y se oyen claramente.
Y me poseen, me rodean, me agobian.

Son muchas cosas al mismo tiempo, muchos fantasmas que regresan para atormentarme con hechos olvidados. Con todo lo que quise hacer y decir y no tuve ocasión de hacerlo. Todas las lágrimas que cayeron. Los sentimientos de culpa y dolor, todas las veces que por orgullo no pedí perdón. Toda la rabia que no dejé salir, todas esas dudas que los demás me notaron. Todas las situaciones que me hicieron sentir inútil. Y lo peor: todas las veces en las que me traicioné a mí misma.
Conforme me llenan me voy sintiendo pequeña. Y la sala parece cada vez más grande y más oscura. Cada vez veo menos, me siento más perdida entre esas cuatro paredes. Las puertas y las ventanas están cerradas a cal y canto. No hay llaves ni ganzúas para abrirlas. No hay por dónde salir.
Estoy sola. Completamente sola, no puedo recurrir a nadie. Y eso me duele todavía más que los recuerdos. Es como si fuera la última persona viva en la Tierra y nadie me pudiera escuchar, aliviar mi dolor y ayudarme a eliminar parte de esa carga emocional.
Entre todos esos recuerdos, esos demonios, esos pensamientos... me vienen a la cabeza de nuevo la desesperación, la inseguridad, la desprotección, la vulnerabilidad. Es horrible. Lo sé porque ya he pasado por eso. Me hubiera gustado no volver a hacerlo, pero ha sido inevitable.
Todo se oscurece, todo se agranda excepto yo. Me hace mal, mucho mal. Y yo lo sé, pero a veces me cuesta recordarlo y pierdo la perspectiva.
Muchas otras veces me he sentido peor. Pero esto es diferente. Es raro, como si algo dentro de mí se hubiese roto. Habrá que repararlo o eliminarlo, pero no sé por dónde empezar. ¿Qué es mejor?
Aunque como no me dé prisa va a ser tarde.

Los pensamientos y los recuerdos siguen retumbando en mi cabeza, por los rincones más oscuros, impregnando de angustia todo lo demás: "Tenías que haberlo hecho...", "tenías que haberlo dicho...", "podías haberte ahorrado esta contestación...", "debiste controlarte en ese momento...". Qué difícil me resulta eliminarlo, es casi imposible.
Y de pronto empiezo a oír un sonido. Un sonido familiar. Al principio me reconforta, pero luego hace que aumente mi sensación de desamparo, de pequeñez.
Lluvia.

Al principio sólo son gotas tímidas, pero poco a poco van aumentando en número e intensidad, como si quisieran romper el techo de la sala para anegarla y ahogarme.
Me gustaría poder decir que no me voy a dejar, que no voy a permitir que eso ocurra. Pero no nos vamos a engañar. No es la mejor situación, ni la que me infunde fuerzas. Intento sacarlas de donde no las tengo; de donde, como siempre digo, no creo que pueda tenerlas. Y por más que las busco, las llamo, grito y me desespero, no están. Ellas, que siempre han sido incondicionales, que me han hecho ver la luz mil veces y levantarme otras mil más. Han desaparecido. No sé si es por mi situación o porque la habitación las ha devorado. Puede ser por mil cosas, pero el hecho es que no están.
No sé qué hacer, y poco a poco los recuerdos van subiendo su volumen hasta convertirse en gritos que me asaltan y no me dejan pensar con claridad. Me impiden moverme, reaccionar, llorar, incluso sentir. Me están paralizando, anulando, y he llegado a mi fase final; todos mis cartuchos están quemados, he hecho todo lo posible.
¿Qué me queda entonces?
Algo a lo que siempre me he negado, algo con lo que nunca he estado de acuerdo. Y es rendirme. Dejar de pelear, de luchar, de soñar con imposibles. Dejar de hacer todo aquello que siempre me ha gustado y por lo cual me he sentido viva, feliz y completa.
Me duele, claro que me duele. Pero veo que es la única manera de romper con todo. Así que me limito a caminar hacia el centro de la sala, mientras que los recuerdos y los pensamientos se convierten en un ruido informe, entremezclados hasta el punto de no poder distinguir ninguno.
Una vez llego allí, me tumbo y me limito a esperar que venga lo que tiene que venir. Todo se ha fundido a negro: lo que veo, lo que oigo, lo que pienso, lo que siento y lo que quiero.

Sólo se escucha el sonido de la lluvia.




"La lluvia cae en su salón, nadie la puede oír.
La lluvia cae en su salón, ¡no queda un alma allí!"

"Las lluvias de Castamere" - "Tormenta de espadas"

"Cherry lipscrystal skies, I could show you incredible things."

Tiempo.

L.

"Me gusta la manera en la que me miras. Me haces sentir única e irrepetible. La mejor. Tú también lo eres, que lo sepas. Aunque no te lo demuestre a menudo. Creo que debería hacerlo a partir de ahora. Sí... lo haré. Tenlo por seguro
No soy perfecta, y eso es algo que tanto tú como yo sabemos. A pesar de eso, me aceptas tal cual.
No hay diferencias ni distancias. Todo está bien, constante e inmutable. Desaparece la preocupación, desaparece el miedo. Me das valor, me infundes fuerza. Me instas a defender lo que es mío con uñas y dientes, como una leona. No eres consciente del todo, pero me "obligas" a hacerlo, y es algo que te agradezco. Que te agradeceré de por vida, seguramente.
Tampoco sé qué pasará mañana, ni siquiera qué pasará al final del día de hoy. No tengo ni idea de dónde estaré, por quién estaré acompañada ni lo que haré. Pero tengo muy claro que seré más valiente, más decidida y más experimentada que el día anterior. Siempre se aprende algo, por pequeño e irrelevante que sea. Y todo eso te prepara para afrontar nuevos retos, te puede ayudar a cambiar tu vida. Sin embargo, algo me dice que me ayudará no sólo a mí, sino también a ti. Te favorecerá, porque te lo enseñaré. ¿Y sabes por qué? Porque quiero que mis experiencias te ayuden tanto como me han ayudado a mí. Si me ves tropezar una vez, a la próxima tú podrás esquivar la piedra. Y si no, siempre podrás decidir cómo hacer que el tropezón y la caída sean más llevaderos.
Si por cualquier motivo un día decidieras alejarte, o doy el paso yo, quiero que ocurra porque es lo mejor para los dos. Dolerá, claro que nos dolerá: tanto el que lo decide como el que lo recibe sufre, es ley de vida. Pero quizás, si sabemos que la decisión se ha tomado para no acabar mal, sea un poquito más fácil. Lo que quisiera es que, al echar la vista atrás, nos recordemos mutuamente con cariño, que nos saludemos al cruzarnos por la calle, cuando la cicatriz ya no sea tan visible. Cuando se hayan mitigado la tristeza, el dolor y todas esas cosas.
Eso sí: no me gustaría que saliera a colación la estúpida sentencia de turno que reza: "sólo somos dos extraños con recuerdos en común". Me niego en redondo. Siempre me ha parecido una chorrada, una suerte de anestesia que acaba provocándote el peor efecto secundario. Para que se suelte esa soberana tontería, mejor quedarse callado. Sé que estás de acuerdo conmigo, cosa que me alegra. Tú también odias las frasecitas ñoñas.
Espero que el momento de alejarse no llegue nunca. Y si algún día llega, que sea dentro de mucho, cuando seamos viejos, y por una causa lógica y natural, que todos conocemos y que nos tocará algún día. No me gustaría que el distanciamiento fuera con abogados y papeleo de por medio, ya me entiendes. Es una deshonra a todo lo que llevaríamos a nuestras espaldas a esas alturas. Quedaría muy feo reducir todo lo que hemos sido a un par de firmas.
Dicha toda esta palabrería insulsa, quiero que te quedes con el resumen, con la esencia, el mensaje de fondo: significas mucho. 
No olvides nunca que para el mundo eres alguien... pero para alguien eres el mundo."

Summer

Me encanta el verano.
No sólo por ser una estación llena de luz, de calor (mucho calor), de días interminables y noches junto al mar. Para mí es una época de amigos que acaban el curso y que vuelven a casa; de (re)encuentros, vaya. Una etapa del año en la que me siento capaz de cualquier cosa, me siento libre.
Planes, planes y más planes. Sola, acompañada, en grupo. En la ciudad, en la playa o en el pueblo, ¿qué más da? Lo importante es hacerlos.
Esos planes son para mí una manera de vivir, de recordarme que tengo toda la vida por delante. Cada año me pasa eso, y cada año me gusta más sentir de nuevo esa sensación. Me carga, me llena de alegría y de energía encontrarme así.

Y además me gusta porque usualmente no hago gran cosa y eso me da tiempo a pensar. Pero no a pensar en cosas negativas, no me pongo a hacer balance ni nada por el estilo. Esas cosas no suelen ir conmigo, no las hago ni en Año Nuevo.
Me pongo a pensar en lo que me gustaría lograr, en lo que quiero conseguir. Reflexiono sobre metas cotidianas, insulsas -¿Qué libros puedo leer este verano? ¿Qué me apetece más: piscina o cena y cerveza luego?-; y sobre objetivos más grandes (¿Cómo puedo mejorar en mi trabajo? ¿En qué cosas me gustaría profundizar? ¿Qué puedo cambiar para bien? ¿Estoy a gusto conmigo misma?).
Sí.
Me gusta lo que pienso, suponer que puedo superarme a mí misma y comprobar luego que no estaba equivocada. Adoro pensar en cómo estoy encarrilando mi vida, me encanta ver que lo que quiero concuerda con lo que hago. Y por supuesto, me supone una liberación el tener todo el tiempo del mundo para decidir cómo me apetece divertirme, en qué invertir mis horas muertas. Eso es un lujo que en invierno no puedo permitirme.

 Si bien este verano seguirá la misma línea que los anteriores -pocos planes impresionantes, pero aun así estupendos bajo mi punto de vista-, estoy encantada.
Es más, estoy deseando que llegue julio para poder ponerme manos a la obra y dedicar cien por cien todas las tardes a lo que quiero, a lo que más me gusta del mundo: libros, música, amigos y horas de reflexión. Muchas horas de meditación, tanto sobre mi situación actual como la futura.

Si todo sigue así de bien, de seguro que el treinta y uno de agosto seguiré a tope, y me durará esta alegría todo lo que queda de año.

"All was well."



Wings

Es hora de desplegar las alas.
De volar cada vez más y más alto, de gritarle al mundo que quiero, puedo y sé. Es el momento de cerrar definitivamente la puerta tras la cual está la oscuridad.
Vas descubriendo que si te caes, te puedes volver a levantar. Que hay trabas y personas que las ponen, pero que se pueden sortear.
Te das cuenta de que eres más feliz que antes cuando haces lo que crees correcto y no lo que quieren los demás. Que intentarán manejarte, llevarte a su terreno. Pero no te dejas. Claro que no te dejas. Porque si lo haces una vez, ya no podrás negarte; te lo impedirán, te anularán.
Por eso abro las alas. Para alejarme, para evadirme, para redondear mi estado actual. Para darme fuerzas, retroalimentarme a mí misma cuando creo que no voy a poder más.

Ya no tengo noches en vela. Pero cuando no consigo conciliar el sueño pronto, empiezo a darle vueltas a lo que quería hace unos años, lo que he conseguido y lo que quiero ahora. Y me doy cuenta de que lo que más aprecio es esa sensación de libertad tras conocer la otra cara de la moneda.
Esas noches en las que estoy entre la vigilia y el sueño me siento bien. Me evalúo y soy consciente de que mis sueños y mis actos se entrelazan como las piezas de un puzzle. No hay mejor sensación que esa, salvo quizás la de sentirte querida; ésta última por otro lado disfruto todos los días.

Sé que llegará un momento en que mis alas se abrirán en toda su extensión. Y pese a que espero ese momento con mucha ilusión, voy a ir disfrutando de su despliegue progresivo. Porque no me quiero perder nada. Porque quiero ir viendo cómo avanzo, cómo voy siendo cada vez más independiente. Porque de este tipo de procesos siempre se disfruta, aunque parezca a veces que no, que el camino es duro.

Es increíble ver cómo vas cogiendo altura y empezando a ser lo que realmente quieres, aquello por lo que has peleado, sufrido y llorado tanto. Sabes que eso es lento, pero a la misma vez imparable. Ya no hay quien pueda frenar eso.
Como tampoco puedo modular el torrente de palabras que van de mi mente a los dedos con la finalidad de contar todo esto. Si quieres algo es fácil explicarlo. Y cuando lo has conseguido, más sencillo es todavía describirlo.
Como digo muchas veces en mi trabajo: "Es una sensación muy difícil de explicar, pero muy fácil de vivir".

Mientras las alas se abren del todo y compruebo su envergadura, sólo me queda esperar. Esperar y experimentar. Acumular hechos y vivencias que me sirvan cuando definitivamente vuele.




Liberación

No creo que me canse de repetir lo bien que estoy sola por ahora. Y tampoco  me cansaré de decir hasta la saciedad que el estar acompañada me ha enseñado a valorar e incluso apreciar la soledad (bien entendida, por supuesto).
El pasar de un estado a otro y darte cuenta de la enorme diferencia que hay entre ambos es una liberación. Y si bien antes no lo hacía, ahora doy gracias por descubrirlo. Considero incluso que es una experiencia altamente recomendable. Te muestra el verdadero valor de las cosas... y de la gente. Te cambia la perspectiva.

No echo para nada de menos esa dependencia que a veces se crea, esa angustia en determinadas ocasiones. Esa inseguridad. Resulta impagable el tener tiempo sólo para mí y emplearlo en lo que yo decida. Me encanta poder hacer cosas sin darle explicaciones a nadie ni comerme la cabeza por estupideces. También me parece un lujo no estar preocupada por cosas que creía poder controlar... aunque no era posible.
Antes no me ocurría nada de eso.
Llegó un punto de mi vida en el que acabé un poco saturada de esta clase de situaciones... y de lo culpable que me encontraba a veces por creer que no repartía bien mi tiempo. Pero cuando llegó el momento, fui consciente de que no debía sentirme mal ni por nada ni por nadie. No soy perfecta, tengo mis errores. Y desde luego, he aprendido de ellos, con lo cual no me arrepiento de haberlos cometido.
Una de las cosas que he interiorizado es, para bien o para mal, mantenerme firme en mis convicciones, en lo que creo que es correcto. En no dar mi brazo a torcer cuando soy yo la que lleva la razón. Porque eso es, para mi gusto, incluso más importante que estar acompañada o no.

Así que aquí estoy, dedicándome plenamente a todo lo que me llena: mi trabajo, mis amigos y mis aficiones. Mis entradas y mis salidas. Mis risas y mis confesiones.
Todo eso es una chispa que se apagó y que ahora he vuelto a prender. De hecho, la estoy avivando todo lo que puedo, y no pienso permitir nunca jamás que se extinga.

"Éramos sólo dos niños, mas tan grande nuestro amor,
que los ángeles del cielo nos cogieron envidia. 
Pues no eran tan felices, ni siquiera la mitad,
como todo el mundo sabe, en aquel reino junto al mar."




Cuando se juntan escritura y música salen maravillas como ésta.

Brani

Canciones que inspiran libertad.
Que incitan a soñar despierto.
Que llevan a otros sitios.
Que lo mismo hacen reír a carcajadas o llorar a lágrima viva.

Nunca se sabe. Puede ser que en cuanto las oigas empieces a cantar, o a bailar incluso. Que te hagan abrir la ventana y asomarte a ella al despertar, como en las películas... o que te hagan quedarte en la cama y no salir en todo el día.
Las canciones tienen un poder, una magia especial con la que consiguen esta clase de cosas.

Hay canciones para todas las ocasiones: para cuando estás en lo más alto, o por el contrario, hundido en la mierda más absoluta. Para cuando estás cansado, o para compartir con alguien. Canciones que son un viaje a los recuerdos, a tu nostalgia particular.
Como pasa con la gente, algunas canciones aparecerán en tu vida y no las recordarás con el tiempo. Pero otras... ¡ay, otras! Te marcan de por vida, quieras o no.
Yo podría describir etapas enteras de mi vida con una canción o con un grupo. Como todos, supongo. Cada canción tenía -y tiene hoy día-, un significado especial para mí. Ésta, porque era la que sonaba en la época en la que comencé a salir con amigos. La de más allá, porque era la que escuchaba mientras pensaba en mi amor platónico. Ésta de aquí porque me dio fuerzas mientras estudiaba para un examen dificilísimo. Ésa porque fue la que me puso mi mejor amiga para descubrir un grupo espectacular... o que incluso dio pie a que nos conociésemos. Y cómo no, para momentos tristes: ésta era la que me dio por escuchar cuando un ser querido murió, o tuve problemas con alguien cercano a mí.
Y así mil ejemplos más.

La música supone una gran parte de mi vida. Me levanto y pongo  alguna canción que me guste o me motive; en el coche camino al trabajo, lo mismo. Cuando ya estoy lista para empezar la mañana en mi consulta, lo primero que hago es poner la radio a un volumen bajo, que permita tener hilo musical sin interferir en mi trabajo habitual. Al salir, igual: canciones sin parar hasta llegar de nuevo a casa. Y una vez he llegado a mi destino, me pongo los auriculares, o entro en Youtube. Y raro es que deje de usar cualquiera de las dos cosas. Incluso me vale para dormir.
La música me ha sido útil para cosas que jamás hubiera pensado. Me ha servido para desahogarme, para aprender, para ser la persona más feliz del mundo, para inspirarme cuando lo necesito (la combinación "música + escritura" es de las mejores cosas que he descubierto), para llegar lejos e incluso para mi trabajo. Esto último, algo impensable para mí.
Es una caja de sorpresas, desde luego. Y hago uso de la música y de todas las maravillas que tiene durante casi las veinticuatro horas del día.
Y a pesar de todo, no le dedico tanto tiempo como me gustaría.

Oigo Respiro música porque es algo que me ayuda mucho en cualquier momento. Es la guinda del pastel en los buenos momentos. Es también un soporte que me impulsa a salir de los malos, cuando pensaba que nada podría hacerlo.
Me hace sentir libre en cualquier circunstancia. Con ella canalizo energía, o muestro lo que se me pasa por la cabeza.
Y por más que intente explicarlo, creo que no logro hacerlo como quisiera. Es más, me parece que poca gente se hace una idea de lo importante que es para mí. Porque no tengo palabras suficientes para hacerlo.

Considero que sin ella mi vida hubiera sido radicalmente diferente; me habría tomado las cosas de manera muy distinta, y me hubiera perdido grandes experiencias, gente de la que he aprendido y aprendo constantemente...
Gran parte de lo que me caracteriza y me hace tener este carácter es la música. De hecho una de mis señas de identidad se la debo a ella. Y espero seguir debiéndole muchas cosas, todas buenas.

El otro día, en un mercadillo de antigüedades, segunda mano y derivados, encontré un anillo. Iba sin intención de comprar nada, sólo miraba. Pero de pronto mis ojos se tropezaron con él.
Se trata de un anillo normal, de plata y con marquesitas pequeñas. Le falta una, pero creo que eso denota que se le ha dado un uso previo. No destaca por ser llamativo, pero lo vi y me enamoré.


No es éste, pero no me importaría tenerlo también

¿Que a santo de qué escribo sobre un anillo viejo? Precisamente por eso: porque es un objeto de hace mucho tiempo, y no conozco su historia.
Me gusta conocer las historias de objetos más antiguos; sobre todo en el caso de las joyas y los libros. El problema con el que me topo yo si hablo de este anillo es ése: no sé cuál es su historia, ni de qué época es, ni quién fue su anterior dueña.

El otro día lo comenté, y me contestaron: "Si no tiene historia, la tendrá en caso de que tú le hagas una". Y eso es lo que pienso hacer. Una historia alternativa para este anillo.
Lo más probable es que haya estado acumulando polvo y mugre en algún almacén, o lo pusieran a la venta como liquidación en una joyería de mala muerte.

Pero como para las historias una parte de mí pertenece a una romántica empedernida, quiero pensar que se lo regalaron a una chica de mi edad que vivió a finales del XIX o principios del XX. O quizás lo heredó. Incluso podría haber sido su anillo de pedida, puestos a imaginar su historia. Quiero creer también que la chica en cuestión era lista, valiente, que tenía las cosas claras. Que llevó a cabo algo grande, algo que la hizo sentirse orgullosa de sí misma. Que se las bastaba sola y no necesitaba a nadie.
Todo eso sin perder de vista el marco histórico, claro.

También es posible que en los años 30 lo robara algún chico de una joyería para regalárselo a su novia, y que al descubrirlo lo condenasen. Aun así, la novia escondió el anillo porque nunca se atrevió a utilizarlo.

Otra posibilidad es que lo heredara una mujer mayor, con dinero, que fuera la antítesis de la muchacha de la que he hablado antes y al morir sus hijos decidieran deshacerse de él.

Pero nunca lo sabré.
O sí, si le adjudico a este anillo una historia. Será de quien yo quiera que sea, y en el dedo de su propietaria habrá visto mil cosas, las que yo decida.



Por otra parte, yo tengo otro anillo, que compré hace aproximadamente un año y por un motivo para mí muy especial. No sé qué será de él: si se perderá, si se lo regalaré a alguien, si querré que lo tengan mis hijas o nietas. Es de mis preferidos y me daría mucha pena perderlo. Pero en todo caso, y termine donde termine, sí que tendrá andadura.
"Perteneció a una enfermera del siglo XXI, idealista como ella sola y soñadora a más no poder."

Ése podría ser un buen comienzo, pero me faltan por escribir y protagonizar el nudo y el desenlace de su historia. Espero que sea larga, muy larga, y sin dificultades.
¿Y si realmente hay algo? Algo más, quiero decir.

A lo mejor hay rincones invisibles justo aquí, donde estamos. Mientras yo escribo y tú lees, quizás haya algo mirándonos o acompañándonos desde otro sitio. No sé. Nadie lo sabe, realmente.
Puede que esta absurda reflexión -sí, es estúpida, pero todo el mundo tiene derecho a hacer o decir cosas así de vez en cuando-, derive de que ahora mismo estoy leyendo por enésima vez a Lovecraft. Todo en sus novelas y cuentos destila miedo. Pero no un miedo a la antigua usanza, con fantasmas, maleficios y toda esa parafernalia que a mí tanto me gusta. Su miedo es tangible, visible de cierto modo. Juega con el tiempo y con el espacio -éste último en todas su acepciones-, con seres que van y vienen, que entran y salen de otros mundos a su antojo mediante portales y viajes en el tiempo. Y pese a que a mí su literatura en un principio no me atraía nada, ahora hace que me pregunte: "Oye, ¿por qué no? ¿Por qué no puede haber algo?"

Él hablaba de habitantes de otros sitios y dimensiones, de otros tiempos. Yo no hablo de los seres en sí, sino de los espacios. De que quizás en algún lugar haya algo o alguien vigilando. Y no sé si eso reconforta o asusta; según quién creas que está observando, supongo.
Eso sí, no sé exactamente el número total de dimensiones que hay. Ni lo sé ni me interesa.

Ahora que lo pienso, el tema de otros lugares me ha llamado la atención desde que era una cría; pero yo no terminaba de darme cuenta.
En la facultad bromeaba sobre los ascensores y las puertas de los departamentos; es un edificio muy viejo y oscuro, incitaba a hacerlo. Cada vez que mis amigas y yo cogíamos un ascensor por las tardes, les decía que quizás no terminásemos en la tercera planta (o en la que tocara), sino que al abrirse las puertas nos encontraríamos en un campo de girasoles, en lo alto de un acantilado o frente a un castillo en ruinas. Que con ese ascensor, todo era posible.
Miro atrás y es una broma como otra cualquiera, por supuesto. Pero si la haces habiendo leído a Lovecraft tiene un matiz diferente, como con conocimiento de causa. O por lo menos, eso es lo que a mí me pasa.

Sirva esta divagación para liberar un poco lo que yo pienso. Es una chorrada como cualquier otra, pero siendo sinceros, no me importa en absoluto.


"La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido."
H.P. Lovecraft.