Hoy no.

Es como un déjà vu. Extraña y al mismo tiempo conocida.
Pero no la voy a dejar pasar. Lo siento. 
Me he hecho fuerte y no pienso consentir que me empequeñezca. Puedo con esto y con más. 

"Sólo hay una cosa que decirle a la Muerte: Hoy no."

Meta...

Mi  trabajo me ha enseñado a ver más allá. A intentar rascar la superficie y llegar al fondo del mensaje.
No siempre es fácil, pero he aprendido a descubrir significados ocultos y cosas que se gritan sin usar la voz. Detrás de cada persona, de cada diagnóstico, muchas veces hay situaciones que no son agradables. No importan ni la edad ni el sexo, sólo importa lo que se sufre y se padece. Casi siempre se nota en la mirada. Esos ojos que miran hacia ninguna parte, o que se clavan en los tuyos preguntándote qué han hecho para merecer eso, para ser ignorados e incluso temidos.
Las apariencias engañan, aquí más que en ninguna parte. Afectan no sólo a quien necesita ayuda, sino también a quienes la proporcionamos. Nos hacen ser más humildes y humanos.
Quedan muchos muros que derribar, muchas vendas que quitar de los ojos. Y muchas lágrimas que secar. Es trabajo nuestro, pero también necesitamos que el resto de gente se lo tome en serio, nos escuchen y nos crean.

Con hacer un pequeño esfuerzo y tratar de ponerse en el lugar del otro es suficiente. Para el común de los mortales no es agradable pensar en que le dan de lado o le desprecian.

Se trata de desechar lo que se presupone. Si uno no se molesta en intentar investigar, comprender... no llegará a nada, quedándose en el mero estereotipo.
Vamos a dar(nos) una oportunidad.

Niebla

Es como una niebla que lo invade todo y no me deja ver. Voy caminando a ciegas, sin saber lo que tengo delante.
Avanzo despacio, muy despacio, mientras dentro de mí crece al mismo tiempo una tormenta. Al principio no me doy cuenta de que está agazapada en mi interior. Pero se aprovecha de mi debilidad para dar rienda suelta a su furia. Y entonces aparece, vaya si aparece. Golpea insistentemente cada fibra de mi ser, cada célula de mi cuerpo sin darme un respiro. Para recordarme que está ahí siempre. Al acecho, como el monstruo enorme y silencioso que habita debajo de la cama.

Y mientras tanto la niebla continúa. Densa, espesa, oscura e impenetrable, como un muro recio. Por si no me bastaba sólo con la tormenta. Hay que salir; tengo que salir. Como sea.
¿Sigo adelante? ¿Giro a un lado? ¿Vuelvo sobre mis pasos? ¿Qué es lo mejor?
Quizás seguir adelante. No tiene sentido volver atrás y enfrentarse de nuevo a todos esos problemas. Olvidar la tormenta, olvidar que las cosas no siempre van como una quiere.

Voy a ser fuerte, voy a cruzar la neblina y voy a ver de nuevo la luz. Durante el trayecto me asaltará la debilidad, y seguro que el miedo, las dudas y viejos demonios también. Pero si ya pude superarlo todo antes, ¿por qué ahora iba a ser menos? Por peores cosas he pasado, ésta no es nada en comparación.

Vamos, sigamos, olvidemos que está la niebla, que ruge la tormenta. Obviemos que el peor enemigo es uno mismo.
Ahora que agosto ha llegado a su fin y ya ha terminado el verano una vez más, aquí estamos. Pensando, recopilando y recordando. Haciendo balance.
Por eso este post va de nostalgia.

Nostalgia de ese verano tan especial en el que me sentí infinita como nunca antes. Ese agosto en el que cada día descubría una sensación nueva y en el que por las noches las estrellas brillaban tanto, tantísimo. Instantes fugaces y muy significativos para mí se convirtieron mágicamente en eternos, imperecederos de alguna forma. Pasaron automáticamente a formar parte de mí. El mar estuvo tranquilo y en calma; igual que mi mente, a la que por fin di descanso tras unos años consumida por cavilaciones variadas.
Di rienda suelta a mi imaginación. Me dediqué a escribir, oír música, leer, a cantar, hablar por Whatsapp hasta que se me dormían los dedos, reír, bailar y soñar. A soñar más que a ninguna otra cosa, la verdad. Siempre me ha gustado soñar.
Me sorprendí a mí misma pensando en imposibles, en cosas que ni loca se me hubieran pasado por la cabeza. En lo que me quedaba por sentir y conocer. En todo aquello que nunca dije porque no me atreví y cuando lo proclamé me hizo sentir aliviada. Podría decirse que me volví a dar una oportunidad. Empujada y animada por otros (los que hicieron en parte posible mi cambio), algo por lo que les estaré agradecida siempre, quieran o no; les guste o no.
Fue un verano que supo a libertad, aunque no hubo diferencias sustanciales con el resto. Bueno, sí. Sólo una, pero me vino como anillo al dedo. Me hizo crecer, me hizo reflexionar. Nunca me había sentido mejor, tan completa, tan llena de vida.

Ha habido unos cuantos veranos más. Pero como ése ninguno. Sé que vendrán más, mejores y peores -espero que más de los primeros-, y que todos me dejarán marca, una impronta en la memoria y quizás en la piel. No lo sé. El verano del que estoy hablando dejó en mí muchas cosas sin pedirme nada a cambio: experiencias, sentimientos, sensaciones, aprendizajes, fortalezas y confianza en mí. Y por supuesto, muy buenos ratos.
Cuando me encuentro mal de ánimo, cuando estoy triste o veo que me fallan las fuerzas vuelvo a él sin dudar, y pienso que puedo volver a sentirme exactamente igual otra vez si realmente quiero. Surte efecto, me carga las pilas enseguida. No he tenido que echar mucha mano de él para eso, pero sí que de vez en cuando me sorprende y me inunda de imprevisto otra vez. Como si hubiera terminado hace unas semanas y todavía el recuerdo fuera tan vivo que se confunde con la vivencia recién experimentada.
Estoy segura de que lo atesoraré en la memoria toda la vida. Es para mí en su totalidad, y aunque le intente explicar a otros lo bien que me sentí, no tendrá punto de comparación.
Y sin embargo, de ese verano apenas queda nada. No hay nexos ni lazos que me unan a él. Ya no hay nadie con quien pueda empezar a comentarlo con un "¿te acuerdas del verano en el que...?". Es algo triste, según cómo se mire. Pero ha sido así y su razón de ser tendrá.

Espero que cada uno haya vivido o viva en algún momento de su vida un verano tan espectacular como éste que estoy contando. Tiene que experimentarse al menos una vez en la vida. De verdad. Y cuando llegue, lo sabréis. Creedme.

Tír na nÓg

Vente conmigo muy lejos, donde no nos encuentren. Donde no haya estado nadie antes y las preocupaciones no existan. Todo lo mundano allí es ajeno, está por encima del bien y del mal. No hay sufrimiento, angustia, preocupaciones ni dolor, los días son siempre claros y las noches estrelladas.

En ese lugar no tienen cabida las dudas, los miedos o las lágrimas. Ni tampoco la ira o el odio. Sólo existe el impulso maquinal de hacer las cosas lo mejor posible sin repercutir en nadie más.

Supongo que cualquier parte del mundo puede servir si al final desisten en la búsqueda. Lo importante es que no voy sola. Voy contigo.


1) No se trata de que alguien no me deje caer, sino de que pueda levantarme yo sola.
2) Los milagros no existen; sólo la fuerza de voluntad, con la que se puede conseguir lo imposible. 
3) Lo peor no es el odio, es la indiferencia; no provocar sentimientos en otra persona, buenos o malos, es triste.
4) La música ayuda siempre, en todo momento y lugar.
5) Mejor sola que mal acompañada. Y si amenizamos la soledad con un libro, mejor que mejor.
6) La vida son instantes. Pequeñitos y fugaces, pero que recuerdas durante años.
7) Cualquier cosa puede inspirar. Lo que sea. Una canción, un lugar, una persona, una frase u oración.
8) No hace falta detenerme ni insistir con gente a la que no le intereso.
9) No hay nada de malo en soñar despierto.
10) Dale explicaciones a quien las merezca, no a quien te las exija.
Durante esta carrera de fondo que alcanzó su etapa álgida hace 3 años por estas fechas he dejado ciertas cosas por el camino. Desprenderme de la mayoría no fue fácil. 
También he tomado muchas decisiones importantes y acatado ciertos aspectos que nunca creí. Y he pasado por vivencias que han marcado un antes y un después en mi trayectoria.
No he tenido muchos ratos amargos o tristes, por suerte. Alguno ha habido, claro que sí. Y uno especialmente con el que no contaba y que ha supuesto una experiencia horrible que no quiero vivir nunca más. Y que no le deseo a nadie.

Todo eso va a mi mochila particular, a mi bagaje. Va incluso lo que he tenido que sacrificar. ¿Para qué? Para tener siempre presente que hay que elegir; y que, aunque al principio pueda doler, abandonar algunas cosas puede ser incluso algo que cambiará tu vida a mejor. Nunca se sabe.
Al empezar a estudiar echaba la vista atrás y me dolía. Pero con estos dos años de práctica y dedicación al trabajo he aprendido rápido a mirar sin sufrir. Y la verdad, ya no me cuesta. Puedo verlo con objetividad. Me resultó difícil en su momento y dudé de si estaba haciendo lo correcto: era tan difícil... Ahora veo que sí. Que está bien. Que si no lo hubiera hecho así, no llegaría tan lejos como lo he hecho ahora.
Haber sacrificado horas de ocio, de sueño, de salir por la noche, de leer y escribir, de conocer gente, es ahora un peldaño más de esa escalera que empecé a subir en abril de 2013 sin mucha convicción y con mucha dificultad. Finalmente he llegado al primer rellano con un título de enfermera especialista debajo del brazo.
Queda aún mucho por hacer, muchos descansillos en los que pararme y muchas puertas a las que llamar. Pero si me caracterizo por algo es por mi constancia. Puede llevarme algo más de tiempo, pero al final llego donde me propongo.

Soy consciente de alguien podría llamarme egoísta, pero no es mi problema. Es el suyo. Yo peleo por lo que quiero con uñas y dientes, aunque muchas veces proteste y todo sean pegas. No hay nada más gratificante ahora mismo que ver que, pese a las quejas y ese mal rollo, estoy donde estoy porque me lo he ganado yo. A pulso. Callándole la boca a la gente que me decía que despotricando no solucionaba nada.


He tenido mucho apoyo, y en concreto de tres personas fundamentales. Al principio no acababan de comprender del todo bien qué es esto, pero cuando lo han hecho me han ayudado muchísimo. He vivido momentos muy especiales, con cada una por separado primero, y últimamente juntas. Todos para recordar y sonreír. Así que desde aquí, GRACIAS. Por todos los ratos que nos quedan por vivir.

Para nosotros quedan las cenas y la copa los sábados, las tardes de verano en un banco, los baños en la piscina.
He conocido también a gente maravillosa mientras subía la escalera. Y toda esa gente me ha echado una mano desde el primer instante en que los conocí: enfermeros, psiquiatras, auxiliares, celadores, administrativos y -por supuesto-, otros residentes. Ha sido un verdadero e inmenso placer conocerlos a todos y trabajar codo con codo con ellos. Para el recuerdo quedan las risas en las guardias y en los ratos muertos de las consultas; las ocurrencias en las clases, la espontaneidad y la sinceridad, y los viajes en coche, siempre con música de fondo.

Tampoco nos vamos a engañar. Cuando me decidí por esta especialidad en abril de 2014 pensaba que era realmente eso: yo la elegí a ella. Pero no, ha sido justo al revés: ella me ha elegido a mí. Y no podría estar más contenta por ello.

Fue toda una sorpresa (y actualmente también es un orgullo), trabajar en lo que estoy trabajando. No sabía si me iba a gustar o no... ya tengo la duda resuelta. Me encanta.

Así que por el momento no me puedo quejar, me ha ido saliendo todo más o menos bien y me he enriquecido personal y profesionalmente. Me siento un poquito más independiente, y eso me gusta.

Ahora vamos a ir a por el siguiente tramo de escaleras. Con apoyos y decisión.
Ella no quería casarse con él, pero su decisión poco importaba. La habían obligado y ahí estaba, de camino a su destino.
El vestido era una delicia. Blanco y vaporoso, como el de una princesa. Pero hubiera dado su vida por no llevarlo en esas circunstancias ni para esa persona a la que ya no reconocía como tal. Lo consideraba un monstruo, un animal. Algo inferior en todo caso.

Le habían dicho que la boda era la solución. "Es la única manera de que todo esté bien", "sabemos que no es tu culpa, pero así todos nos libramos del escándalo", "es por el bien de todos", "tú estarás bien, segura y protegida". Qué le importaba eso, si no era lo que deseaba y el peligro no estaba fuera de su cuarto, sino dentro. Si por ella fuera, hubiera huido al saberlo pese a no poder ingeniárselas para ello. Había mil ojos puestos en todos y cada uno de sus movimientos.
¿Pero qué sabía de cómo iba a acabar todo aquello?

Nunca se le ocurrió pensar que él podría fijarse en ella. Fijarse como si fuera posible algo más. Nunca, en la vida. Había fantaseado con la idea cuando era niña, claro que sí. Como muchas otras antes. Como todas quizá. Pero sabía de sobra que estaba vetado. No era suyo y nunca lo sería.
Los dos eran de mundos diferentes pese a vivir en el mismo lugar. Cada universo tenía sus reglas, sus costumbres y su forma de hacer las cosas. El de él mandaba, el de ella obedecía. Y no había más. Era una ecuación muy sencilla.
Eso no le gustaba porque no le permitía relacionarse con él de manera directa. No podía hablarle libremente, no podía sonreírle cuando le viniese en gana.

Luego su visión cambió. A posteriori y en vista de los acontecimientos, se arrepentía cada segundo de haber propiciado esa situación: de haber paseado ante él sin tener previsto que eso podía suceder. De haberle aguantado la mirada, retadora y altiva. De haberse dirigido la palabra más de la cuenta. De haberle dejado entrar en su mente.
Aunque eso tenía explicación: estaba enamorada, pertenecía a un mundo inferior del cual soñaba con escapar... y él le había seguido el juego. Le hablaba, le sonreía, le rozaba la mano en las cenas e incluso le había prometido bailar. Ella soñó incluso con que era posible romper la barrera que los separaba.
Aquello sí era la felicidad, y no había nada que se le pareciera ni de lejos. Todo estaba bien... hasta que él traspasó los límites escudándose en su autoridad. Cualquier cosa le estaba permitida, fuera la que fuera.

Entró en su habitación por la noche porque no había nada ni nadie que se lo impidiera. Cerró la puerta con llave para que no se pudiese entrar ni salir. Por el mismo motivo la despertó, hizo todo lo que quiso con ella el tiempo que le vino en gana y no la dejó rechistar bajo amenaza de un daño mucho mayor. Sin duda el toque final fue cuando, antes de salir y cerrar la puerta tras él, la advirtió de que la mataría si contaba algo que no debía... y le dijo que repetiría cuando le apeteciera a él.
Creyó morirse. Morirse de dolor, de miedo, de vergüenza o de rabia.
Se sintió traicionada. Se suponía que él la quería, ¿o no? ¿Por qué había hecho eso? Estaban muy bien, o eso creía. Ocultos, pero bien. Sufría más por el daño psicológico que por el físico. Al fin y al cabo ese tipo de dolor, los hematomas y los arañazos se curarían. Pero la tristeza, el terror y el desamparo no. Eso no sanaría jamás.
Allí se quedó el resto de la noche, encogida en la cama, cubierta con la sábana y llorando como una niña pequeña. Hubiera permanecido así toda la vida, pero se hizo de día y tuvo que levantarse para desenvolverse por su mundo como si no hubiera sucedido nada. Si alguien se enteraba...
Aquello se repitió unas cuantas noches más, y unas semanas después ella tuvo la certeza de que había pasado lo que cabía esperar.
Era un verdadero problema por ese cúmulo de circunstancias: la posición social, la vergüenza, el pánico a las represalias y el deber de callar para no complicar la situación de él, ya de por sí muy crítica.
En cuanto en el universo contrario se enteraron actuaron en consecuencia. La llamaron, ella acudió y acto seguido la informaron. "Os vais a casar. Y cuanto antes mejor, no debe notarse".
A ella no le quedaba más remedio entonces que agachar la cabeza, asentir y resignarse. No tenía ningún poder ni capacidad de oponerse. Le daba miedo casarse porque para ella era una sentencia de muerte. No podría escapar ni de su prisión ni de su verdugo hasta el día que muriera. Ojalá hubiera sido la noche anterior, para no despertar.

Todo eso era lo que daba vueltas en su cabeza mientras avanzaba por el largo pasillo. A ambos lados del mismo había muchísima gente, hileras de personas una tras otra. Intentó distinguir los rostros amigos de los enemigos, pero todos le parecían iguales: había conmiseración, pena, en algunos incluso extrañeza, perplejidad y soberbia.

Y al fondo de ese larguísimo pasillo estaba él. Esperándola con una sonrisa malévola.
Cualquier persona que no lo conociese y supiera cómo era en realidad lo tomaría por un chico joven, noble e ilusionado, pero nada más lejos de la realidad.
No sabía si la sensación de náusea que la invadió en ese momento fue por verle allí, por ser consciente de que en unos minutos iba a ser eternamente su prisionera o por su estado; pero no importaba ya.

Sólo le restaba rezar para que, por algún milagro o intercesión divina no se oficiase la boda o uno de los dos muriera.
Aunque allí todo era posible...

Here

I ask myself what am I doing here.