Ahora que agosto ha llegado a su fin y ya ha terminado el verano una vez más, aquí estamos. Pensando, recopilando y recordando. Haciendo balance.
Por eso este post va de nostalgia.
Por eso este post va de nostalgia.
Nostalgia de ese verano tan especial en el que me sentí infinita como nunca antes. Ese agosto en el que cada día descubría una sensación nueva y en el que por las noches las estrellas brillaban tanto, tantísimo. Instantes fugaces y muy significativos para mí se convirtieron mágicamente en eternos, imperecederos de alguna forma. Pasaron automáticamente a formar parte de mí. El mar estuvo tranquilo y en calma; igual que mi mente, a la que por fin di descanso tras unos años consumida por cavilaciones variadas.
Di rienda suelta a mi imaginación. Me dediqué a escribir, oír música, leer, a cantar, hablar por Whatsapp hasta que se me dormían los dedos, reír, bailar y soñar. A soñar más que a ninguna otra cosa, la verdad. Siempre me ha gustado soñar.
Me sorprendí a mí misma pensando en imposibles, en cosas que ni loca se me hubieran pasado por la cabeza. En lo que me quedaba por sentir y conocer. En todo aquello que nunca dije porque no me atreví y cuando lo proclamé me hizo sentir aliviada. Podría decirse que me volví a dar una oportunidad. Empujada y animada por otros (los que hicieron en parte posible mi cambio), algo por lo que les estaré agradecida siempre, quieran o no; les guste o no.
Fue un verano que supo a libertad, aunque no hubo diferencias sustanciales con el resto. Bueno, sí. Sólo una, pero me vino como anillo al dedo. Me hizo crecer, me hizo reflexionar. Nunca me había sentido mejor, tan completa, tan llena de vida.
Ha habido unos cuantos veranos más. Pero como ése ninguno. Sé que vendrán más, mejores y peores -espero que más de los primeros-, y que todos me dejarán marca, una impronta en la memoria y quizás en la piel. No lo sé. El verano del que estoy hablando dejó en mí muchas cosas sin pedirme nada a cambio: experiencias, sentimientos, sensaciones, aprendizajes, fortalezas y confianza en mí. Y por supuesto, muy buenos ratos.
Cuando me encuentro mal de ánimo, cuando estoy triste o veo que me fallan las fuerzas vuelvo a él sin dudar, y pienso que puedo volver a sentirme exactamente igual otra vez si realmente quiero. Surte efecto, me carga las pilas enseguida. No he tenido que echar mucha mano de él para eso, pero sí que de vez en cuando me sorprende y me inunda de imprevisto otra vez. Como si hubiera terminado hace unas semanas y todavía el recuerdo fuera tan vivo que se confunde con la vivencia recién experimentada.
Estoy segura de que lo atesoraré en la memoria toda la vida. Es para mí en su totalidad, y aunque le intente explicar a otros lo bien que me sentí, no tendrá punto de comparación.
Y sin embargo, de ese verano apenas queda nada. No hay nexos ni lazos que me unan a él. Ya no hay nadie con quien pueda empezar a comentarlo con un "¿te acuerdas del verano en el que...?". Es algo triste, según cómo se mire. Pero ha sido así y su razón de ser tendrá.
Espero que cada uno haya vivido o viva en algún momento de su vida un verano tan espectacular como éste que estoy contando. Tiene que experimentarse al menos una vez en la vida. De verdad. Y cuando llegue, lo sabréis. Creedme.
Estoy segura de que lo atesoraré en la memoria toda la vida. Es para mí en su totalidad, y aunque le intente explicar a otros lo bien que me sentí, no tendrá punto de comparación.
Y sin embargo, de ese verano apenas queda nada. No hay nexos ni lazos que me unan a él. Ya no hay nadie con quien pueda empezar a comentarlo con un "¿te acuerdas del verano en el que...?". Es algo triste, según cómo se mire. Pero ha sido así y su razón de ser tendrá.
Espero que cada uno haya vivido o viva en algún momento de su vida un verano tan espectacular como éste que estoy contando. Tiene que experimentarse al menos una vez en la vida. De verdad. Y cuando llegue, lo sabréis. Creedme.


0 comentarios: