Parole

Luna.
Aire.
Sangre.
Calor.
Risas.
Vida.

P

No suelo escribir sobre autores en este blog (de hecho es la primera vez que lo voy a hacer), pero este hombre se merece una entrada por todo lo que significó para mí en su momento... y actualmente, con más razón todavía.
Hablo de mi escritor favorito.

Lo descubrí a una edad poco usual; a los ocho años.
Una tarde de junio, aburrida en mi balcón, vino a buscarme mi padre con un librito viejo de páginas amarillentas y lomo negro, con un gato en la portada. Me llamó la atención y le pregunté por el título. Me contestó que era un conjunto de cuentos de terror cortos y que precisamente iba a dejármelo para que leyera el primero de ellos. El nombre del autor no lo había oído en mi vida; era un tal Edgar Allan Poe"Te va a gustar", me dijo. Le pregunté si me daría mucho miedo, a lo que me respondió que no lo sabía, pero que estaba seguro de que, me asustara o no, me iba a encantar.
Efectivamente, conforme ese libro cayó en mis manos empecé con el primer cuento. El título ya atrajo mi atención. Era "El gato negro". Lo leí de un tirón y recuerdo que busqué a mi padre (sin soltar el libro en ningún momento), para decirle que daba bastante miedo, pero que me había encantado; que si no le importaba que me leyera los otros también. Me dijo sonriendo que sin ningún problema, aunque si me daba miedo no pasaba nada si lo interrumpía.
Supongo que no se esperaba que una enana de ocho años y que apenas levantaba un metro del suelo por aquel entonces sintiera tantísima fascinación por un autor así.
Esa noche y las dos siguientes las pasé sin poder pegar ojo; pero no me acobardé y en ese tiempo terminé el libro. Tres meses después presidía orgullosamente -ajado y antiguo como estaba- mi mesita de noche, y lo había leído otras dos veces más. De hecho le pedí a mi padre que por muy deteriorado que estuviera no lo tirase. Me dijo que ya no era suyo: en vista de lo mucho que me había gustado me lo regalaba.
Ese libro sigue en mis estanterías y lo guardo como oro en paño.

Catorce años después de esa tarde mi fascinación por Edgar Allan Poe no se ha estancado, sino que ha ido a más. A muchísimo más.

A los quince años volvió a caer en mis manos otra edición, mandada como lectura obligatoria trimestral de Lengua. Si ya el viejo recopilatorio de mi padre cambió mi visión de la literatura, éste lo hizo aún más. ¿Por qué? Porque en este libro está el que yo personalmente considero el mejor relato de Poe. 
A día de hoy, con él me he convertido en otra persona.
En apenas diez páginas hay concentradas cientos de sensaciones; y por más que lo he leído miles y miles de veces, me sigue impresionando igual que la primera noche que lo leí, bien entrada la madrugada. Mis padres y mi hermana dormían, eran las dos de la mañana y yo no lograba conciliar el sueño. El libro estaba ahí, en mi mesita de noche, y el señalador estaba en la página 135, a punto para empezar un nuevo relato.
Poco sospechaba yo que en cuestión de minutos ese cuento corto me iba a marcar de por vida.
Lo leí sin apenas parpadear y conteniendo la respiración. Al terminarlo estuve unos instantes boquiabierta, pensando y reflexionando sobre cómo se podía llegar a alcanzar esos extremos.

Ahora bien, este relato no es mi favorito sólo por la temática y el estilo, sino por más cosas.
Es el que le ha dado un giro a mi vida, el que me ha permitido explorar y descubrir facetas ocultas de mi ser y al que además pretendo hacerle un homenaje futuro en su más amplia extensión. Será un homenaje físico, vaya que sí.

Edgar Allan Poe se merece por mi parte todo el respeto y la admiración existentes. Quizás esta entrada tenga cierto tono obsesivo, pero es mi autor favorito indiscutiblemente y le debo muchas cosas. Me ha marcado y delimitado en dos momentos clave: me ayudó a iniciarme en los clásicos de la literatura universal siendo una cría de ocho años, y ahora con veintidós me ha hecho abrir los ojos a una nueva realidad.
Así que, en vista de ello, sólo me queda dar las gracias por todo lo que me ha supuesto descubrirlo y todo lo que está por venir.


 "Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.” "