Por esos días en los que no me aguanto ni yo.
Por esos días en los que a pesar de no pedirlo, necesito que me cuiden aunque sólo sea un poquito. Porque sí, mi trabajo es cuidar de otros; pero yo también echo en falta a veces un abrazo o unas palabras de ánimo.
Por esos días en los que pasa al contrario: no quiero que alguien me abrace o me pregunte cómo estoy, porque si lo hace mi dique de contención se rompe y acabo soltando todo lo que me ahoga.
Por esos días en los que llego al límite pero milagrosamente me controlo.
Por esos días que no lo consigo y acabo estallando para después arrepentirme del arranque, pedir perdón y sentirme mal durante horas enteras.
Por esos días en los que al meterme en la cama me desbordo y sale en forma de lágrimas todo lo que me he ido callando y guardando.
Por esos días en los que en cuanto estoy sola lloro sin parar por cosas que me preocupan, me asustan o pueden conmigo. Únicamente lloro delante de otras personas cuando tengo miedo a equivocarme. Siempre intento hacerlo sola para no molestar a nadie.
Por esos días (mucho peores, con diferencia), en los que por desgracia me pillan llorando a lágrima viva cuando no quiero que nadie se entere... pero llego a un punto en que no puedo callar más y acabo así.
Por esos días en los que gritaría bien a gusto que me siento mal, que estoy triste y necesito ayuda... pero al final no lo hago y me vengo aquí a escribir y desahogarme en borradores -bendita escritura, es terapéutica-. Bastante tienen los demás como para aguantar mis estupideces.
Por esos días en los que intento que no se note que estoy hecha una mierda porque hay alguien que está mucho peor que yo y detecto que necesita consuelo o apoyo. Le hace falta alguien que lo escuche y anime, o simplemente que lo acompañe en silencio.
Por esos días en los que me agobio y aun así me niego a pedir ayuda, porque total... cada palo que aguante su vela.
Por esos días en los que me siento pequeña e imbécil y no sé qué hacer ni a quién recurrir. Nadie tiene por qué aguantar mi inseguridad.
Por todos esos días me odio. Me detesto hasta morir además. Y últimamente me sucede con más frecuencia de la que debería.
Tampoco soporto no tener la fuerza de voluntad suficiente para mantener lo que me propongo siempre: pensar un poquito más en mí. Porque si yo no estoy bien, ¿cómo voy a ayudar a los demás, a mi familia y mis amigos? Es imposible.
Soy de esas personas que sólo pide socorro cuando ve que va a explotar en breves. Así me va.
Quiero estar bien; es más, necesito estar bien. Y ya no sé cómo. Supongo que mientras no encuentre la solución tocará seguir odiándome.
Esto no es victimismo, sino desahogo. Desahogo puro y duro. Aquí no me lee nadie (muy poca gente sabe que este blog existe), y puedo decir lo que quiera, lo que me venga en gana, que no tendrá repercusión.
Esta lista seguirá creciendo, seguro. Es más, cada poco la actualizaré. De vez en cuando la releeré y veré si ha cambiado algo a mejor... o a peor.