Después de años, esta situación ha cobrado para mí una nueva dimensión.
Cuando era una niña la veía como algo que me causaba mareo y lo asociaba al dolor, a las caídas, al sufrimiento, al olor del hierro.
Ahora también, pero al crecer he aprendido que, tarde o temprano y tras todas esas sensaciones negativas que te embargan en la infancia, la sangre deja de manar y la herida desaparece. Porque o bien se cierra sola o alguien dedica tiempo y esfuerzo en ayudarte a logar ese cometido. Alguien que abre el armarito de las medicinas y saca betadine, un algodón y su mejor arsenal de abrazos, besos y mimos.
Te duele, claro que te duele. Te quejas, lloras, te da miedo verla. Pero esa persona que te va a ayudar a curarla te lo explica: "Te va a molestar cuando te toque, pero ya verás como sólo es un momento". Y tú aprietas los dientes, cierras los ojos hasta hacerte daño en los párpados y tuerces la cabeza. Ese alguien empieza a limpiar la herida con agua, luego con el betadine y es consciente de que sufres. Lo sabe porque le pasó lo mismo que a ti y por eso procura hacerlo con todo el cariño del mundo.
Cuando ya ha acabado y te lo ha tapado con una gasa, lo ves todo diferente. Mejorará y eso es lo único que importa.
Igual que están esas heridas externas te que surcan el cuerpo y son el mapa de tu vida, están las heridas internas. Ésas que no curan a la primera ni con medios químicos. Por mucho que quieras. Inicialmente ves que no sangran demasiado y las ignoras. Pero poco a poco va brotando más sangre y eres consciente de que debes pararla porque puede pasar algo peor. Y no la puedes parar solo. Se te puede ir la vida y no puedes hacer nada por evitarlo.
Van en tu ayuda con medios más potentes que los desinfectantes. Se acercan dispuestos a dar cualquier cosa con tal de que no te desangres a través de esa herida que te ha(n)s hecho. Dispuestos hasta a morir por ti. Y cuando los ves tan sumamente decididos algo pasa por tu cabeza que te impulsa a detener el sangrado rápidamente. Y lo logras, vaya que sí.
Esa sangre que recorría no sólo tus venas y arterias sino tus pensamientos y tus recuerdos, alimentándolos y evitando que desapareciesen, detiene su manar por esa brecha abierta. La has parado con ayuda de alguien que odia ver cómo te desangras y sufres al ver que la sangre fluye sin cesar y no puedes hacer nada.
Sangrarás por diversas causas durante toda tu vida, físicas o psicológicas. Pero hay que tener por seguro que todo cierra y cicatriza.
A lo largo de estos veintiún años he tenido diversas lesiones internas; de algunas llegué incluso a pensar nada más abrirse que iban a ser letales. Ahora que ha pasado el tiempo rebusco en mi interior, localizo con mis evocaciones las cicatrices y no puedo más que sonreír. Sonreír y pensar cómo se me pudo siquiera ocurrir que iba a morir desangrada por ellas. Tuvieron su magnitud, sólo eso. Fueron más el susto y su ubicación que la gravedad real que tenían.
Y aquí estamos mi sangre, mis heridas cerradas y yo. Dispuestas las tres a no volvernos a abrir ni a fluir libremente como un manantial. Ahora, si hay que hacerse heridas, prefiero hacérmelas yo a que me las hagan.