Galaica

Después de tener un poco abandonada esta etiqueta del blog, vuelvo a la carga con ella.

El "regreso" que he preparado no es una lejana playa con palmeras y reggae de fondo, ni una ciudad cosmopolita o puntera en el mundo, ni un país oriental o nórdico. El propio título descarta cualquiera de estas opciones.

Desde pequeña he querido viajar a Galicia. Es quizás uno de los lugares más accesibles de todos los que he ido presentando (y presentaré) aquí, y nunca he hablado de él. Puedo llegar fácilmente porque está a relativamente poca distancia... "poca" si la comparamos con California o Japón, obviamente.
Me atrae tanto esta zona de mi país porque me fascina su legado a lo largo del tiempo. Y también me gusta mucho su paisaje, con bosques y con el color verde predominando. Pero sin duda lo que llama poderosamente mi atención son su música... y sus leyendas. ¿Quién no ha oído hablar alguna vez de la Santa Compaña, por ejemplo? Ésa y muchas otras son las que hacen aún más atractiva a mis ojos Galicia.

Espero que muy pronto salga un viaje hacia allá con gente especial, porque me apuntaré sin dudar. Cercano, paisajes preciosos, personas interesantes -vivido en propia piel-, leyendas increíbles...



A pesar de parecer una playa caribeña, pertenece a una de las islas que conforman el Parque Nacional de las Islas Atlánticas de Galicia


Pazo de Cascaxide



Zero

"Tienes algo.
Un nosémuybienqué, que hace que cada vez que me vienes a la cabeza me brillen los ojos y me encoja de miedo.
Cuando me miras me siento única y diminuta a la vez. Y cuando me hablas me tiemblan las piernas mientras la parte más insegura de mí me susurra: "Ten cuidado".
¿Cómo lo haces? ¿Cómo consigues hacerme sentir tan rara para bien y para mal?
A pesar de todo, es imposible odiarte. No puedo aunque quiera. Tampoco puedo quererte, por lo menos ahora; no me has dado opción a ello jamás. Lo que sí puedo hacer es que desaparezcas. Que salgas de mi vida, porque una cosa no quita la otra. Me tienes enganchada aunque me lo niegue a mí misma, pero ha llegado a un punto en que no podía más. Espero que me entiendas y lo aceptes. Y más ahora que no me puedes detener."

Cuando acabé de decirle todo aquello lo miré fijamente. Sabía que no iba a contestarme, por eso no me molesté en esperar respuesta. Simplemente necesitaba confesarle todo lo que se me había pasado por la cabeza a lo largo de esos ocho años que habíamos compartido. Podría haberle dicho cientos de cosas más, pero juzgué que con eso era suficiente. No iba a hacerle sufrir más de la cuenta; además, mi monólogo resumía muy bien todo lo acontecido durante tanto tiempo.
Me devolvió la mirada sin verme. Estaba absorto, estaba callado.Sólo me atravesaba con la vista sin parpadear. Como si no se lo creyese. Por una vez no me replicaba, bien fuera con un beso o con un comentario hiriente. 
Precisamente eran esos cambios, esos giros, lo que me había llevado a tomar la decisión. No sabía si podría soportar otro día más dando palos de ciego con respecto a su carácter. No acertaba a vislumbrar al despertarme por las mañanas si iba a ser un día perfecto o un infierno terrible. Y me negaba a no tener estabilidad en ese aspecto. 
Tampoco quería arriesgarme a marcharme y que él saliera en mi busca, me encontrara de nuevo y las represalias fueran considerablemente graves. 
Sólo me quedaba una opción, por tanto. O por lo menos, la única que veía factible.

Así que tras quedarme unos minutos observándolo sentado en el sofá me eché a reír. Me eché a reír a carcajadas porque supe que desde ese día era libre.
No me temblaron ni el pulso ni la voz cuando llegó el momento, ni tampoco vacilé mientras lo llevaba a cabo. Simplemente pensé en lo mejor para mí. Me daba igual lo que pasara luego; ya no estaba bajo su influjo. Que hicieran conmigo lo que quisieran, que nada era peor que todo ese calvario que había sufrido desde que le conocí.

Me iba a marchar a otro lugar a empezar de cero. A otro país, con otras personas. Nadie jamás sabría dónde iba a estar, porque ni siquiera yo en ese momento tenía claro dónde comenzar mi nueva libertad. Y no me iba por miedo a las consecuencias. Me iba porque quería olvidar todo lo que había pasado en esa ciudad triste, fría y gris, llena de gente lóbrega e inescrutable que desconocía mi sufrimiento.
Aunque claro, ellos no tenían por qué saberlo.


La verdad que verlo así era un espectáculo grotesco: tenía la cabeza torcida, con mechones de pelo cayéndole por la cara, los ojos vidriosos fijos en mí y la boca entreabierta con un hilillo de sangre resbalando por la comisura y goteando en su camiseta. Pero me sentía perversamente satisfecha. Tanto que no pude evitar gritarle que por fin había conseguido callarle y que la última palabra la tenía yo. Ni me preocupé luego en recolocarlo y limpiar la sangre. Sólo le di la espalda, abrí la puerta del que había sido nuestro piso en otros tiempos y me fui. Serena, relajada y con un peso quitado de encima.

¿Cómo no lo hice antes? ¿Cómo no se me ocurrió? Me hubiera ahorrado mucho tiempo y mucho dolor.
Lo importante sin embargo era que ya estaba hecho y no había, por suerte, vuelta atrás. Aunque quisiera. Tenía por seguro que no me iba arrepentir de nada. Nunca lo había hecho, por lo que ésta no iba a ser la primera vez.
Sobre todo eso reflexionaba al caminar y lo único que sabía certeramente era que no me iba a volver dejar avasallar nunca más. Me iba la vida en ello.

Suspiré y continué andando. Seguiría hasta donde me llevasen los pies o mi alma.

Enseñanza


"Tienes que hacer lo que quieras en cada momento, sin miedo a arrepentirte después y sin miedo a cambiar de idea. Porque cuando cambies de idea y hagas otra cosa, lo harás porque te has convencido de que es lo mejor para ti en un determinado momento. Y todo eso será lo que te construya, para bien o para mal, pero siempre tú misma. 

Con el tiempo te irá importando cada vez menos ser distinta. O a lo mejor decides ser como los demás, y estará bien, porque lo habrás elegido tú. Lo que importa es que, hagas lo que hagas, sea lo mejor para ti y no para otra persona. Con esto no te estoy diciendo que seas egoísta, sino que no te dejes condicionar. Aprenderás que cuando le haces un favor a alguien todos los días, el día que dejas de hacérselo la mala eres tú. Por eso, da de ti a los demás, quiérelos, ayúdalos, escúchalos y valora sus opiniones, pero nunca te olvides de ti misma, nunca. Jamás te respetarán si lo haces".

Ahí estamos ;)
Hazlo sólo cuando quieras tener una referencia sobre cómo actuar, pero no lo tomes como algo rutinario; lo que te sirvió una vez puede que en la próxima ya no sea útil. ¿Por qué? 
Porque todo cambia.
Lo que hoy es blanco, mañana puede ser negro; dentro de 2 años oscurecerse aún más; cuando pasen unas cuantas décadas, tornarse blanco otra vez y finalmente ser gris marengo.
Nada es estático, constante en el tiempo. Nada en absoluto.
Ni los lugares, ni las situaciones,  ni las personas en general. Igual que hoy puedo conocer a mi alma gemela nada más cruzar el portal de mi casa para salir a la calle, quizás dentro de cinco años a esa misma persona no la pueda ver. Y viceversa.
Parece increíble, porque hay momentos en los que dices: "No puede ser que cambie, es imposible. Estoy tan a gusto y me llevo tan bien con esta gente que nada ni nadie va a poder romper todo esto". Te equivocas. De pleno.
No puedes controlarlo todo, y no puedes conseguir que todo esté a tu gusto. No eres omnipotente, no eres Dios. Eres una persona y como tal debes aceptar que muy pocas cosas dependen de ti.

Mira al pasado para no equivocarte, como he dicho antes. Pero nunca con la intención de calcarlo y aplicarlo a tu presente. Todo eso pasó ya, es un capítulo acabado en la vida, y sólo te queda mirar hacia adelante. Únicamente debes girar la cabeza hacia atrás cuando sea estrictamente preciso y las soluciones actuales no resulten. No hagas retrospección nunca como primera opción. Y por supuesto, no te recrees en la archiconocida excusa de: "cualquier tiempo pasado fue mejor". No lo sabes; la vida no es una ciencia exacta o rotunda. Quizás el futuro sea más emocionante. O incluso el instante que aquí y ahora vives.

Sólo se trata de vivir el presente como quieras, donde quieras, con quien quieras y cuanto quieras. Vive a tu gusto, punto.

"Seize the day or die regretting the time you lost"

Legend

No aspiro a ser una leyenda ni para mi profesión ni para el resto del mundo. Aspiro a ser leyenda para la gente a la que le importo.
Para que ellos no me olviden nunca.
Con eso me basta.

"La muerte no llega con la vejez, sino con el olvido" 
Gabriel García Márquez

Heridas

Después de años, esta situación ha cobrado para mí una nueva dimensión.
Cuando era una niña la veía como algo que me causaba mareo y lo asociaba al dolor, a las caídas, al sufrimiento, al olor del hierro.
Ahora también, pero al crecer he aprendido que, tarde o temprano y tras todas esas sensaciones negativas que te embargan en la infancia, la sangre deja de manar y la herida desaparece. Porque o bien se cierra sola o alguien dedica tiempo y esfuerzo en ayudarte a logar ese cometido. Alguien que abre el armarito de las medicinas y saca betadine, un algodón y su mejor arsenal de abrazos, besos y mimos.
Te duele, claro que te duele. Te quejas, lloras, te da miedo verla. Pero esa persona que te va a ayudar a curarla te lo explica: "Te va a molestar cuando te toque, pero ya verás como sólo es un momento". Y tú aprietas los dientes, cierras los ojos hasta hacerte daño en los párpados y tuerces la cabeza. Ese alguien empieza a limpiar la herida con agua, luego con el betadine y es consciente de que sufres. Lo sabe porque le pasó lo mismo que a ti y por eso procura hacerlo con todo el cariño del mundo.
Cuando ya ha acabado y te lo ha tapado con una gasa, lo ves todo diferente. Mejorará y eso es lo único que  importa.



Igual que están esas heridas externas te que surcan el cuerpo y son el mapa de tu vida, están las heridas internas. Ésas que no curan a la primera ni con medios químicos. Por mucho que quieras. Inicialmente ves que no sangran demasiado y las ignoras. Pero poco a poco va brotando más sangre y eres consciente de que debes pararla porque puede pasar algo peor. Y no la puedes parar solo. Se te puede ir la vida y no puedes hacer nada por evitarlo. 
Van en tu ayuda con medios más potentes que los desinfectantes. Se acercan dispuestos a dar cualquier cosa con tal de que no te desangres a través de esa herida que te ha(n)s hecho. Dispuestos hasta a morir por ti. Y cuando los ves tan sumamente decididos algo pasa por tu cabeza que te impulsa a detener el sangrado rápidamente. Y lo logras, vaya que sí.

Esa sangre que recorría no sólo tus venas y arterias sino tus pensamientos y tus recuerdos, alimentándolos y evitando que desapareciesen, detiene su manar por esa brecha abierta. La has parado con ayuda de alguien que odia ver cómo te desangras y sufres al ver que la sangre fluye sin cesar y no puedes hacer nada.
Sangrarás por diversas causas durante toda tu vida, físicas o psicológicas. Pero hay que tener por seguro que todo cierra y cicatriza.

A lo largo de estos veintiún años he tenido diversas lesiones internas; de algunas llegué incluso a pensar nada más abrirse que iban a ser letales. Ahora que ha pasado el tiempo rebusco en mi interior, localizo con mis evocaciones las cicatrices y no puedo más que sonreír. Sonreír y pensar cómo se me pudo siquiera ocurrir que iba a morir desangrada por ellas. Tuvieron su magnitud, sólo eso. Fueron más el susto y su ubicación que la gravedad real que tenían.

Y aquí estamos mi sangre, mis heridas cerradas y yo. Dispuestas las tres a no volvernos a abrir ni a fluir libremente como un manantial. Ahora, si hay que hacerse heridas, prefiero hacérmelas yo a que me las hagan.

Exorcismo

Ya he expiado mis culpas, ya no pido perdón sin motivo. Ya no me paralizo ante un desastre.
Mis demonios han desaparecido, respiro tranquila. Fue duro, fue difícil, fue largo. Pero ha merecido la pena.

Voy a mi bola y el resto no me importa. Que mis planes quizás sean los más aburridos del mundo, pero a mí me entretienen y tampoco necesito grandes opulencias para ser feliz. Antes de este exorcismo era justo al revés: no sabía apreciar las pequeñas cosas y sufría mucho por lo que los demás dijeran o pensaran de mí.
Esta purga me ha dejado vacía en ese sentido. Me he desligado de toda la mierda que arrastraba, de todas las lágrimas, las frustraciones y los miedos que tenía con relación al resto de la gente. Me he vaciado de las apariencias, que eran mi más pesada carga. De ella derivaban todas las demás y no me dejaban ser yo misma.

"Tienes que ser así, asá, de esta manera y de esta otra. Debes hacer esto, aquello y lo de más allá porque es lo acordado según las normas sociales. Si no, no vas bien." 


No sé realmente cuándo empezó mi exorcismo particular, pero tampoco cuándo acepté (o me echaron a la espalda), llevar la cruz de la que me he deshecho. Lo que sí es cierto y verdad es que, a pesar de que me ha costado tiempo librarme de todo lo que me impedía crecer y avanzar, estoy mejor. Mucho mejor.
Los diablos me han estado azuzando meses y meses; durante años y años; lustros enteros. Pero saqué fuerzas de donde nunca creí que tuviera y a pleno pulmón les insté a marcharse. A la primera no se fueron, ni tampoco a la segunda. Hicieron falta unos cuantos intentos más, en los cuales pensé que no se iban a ir jamás. Y paulatinamente, poco a poco y en rigurosa fila india se fueron alejando de mi cuerpo y mi mente. Me llevó tiempo, mucho tiempo, y mucha inseguridad. Muchos ratos devanándome los sesos pensando si realmente eran demonios, la voz de mi conciencia o retales lóbregos de ambos.
Pero a pesar de que esas bestias me susurrasen al oído, se riesen de mí y me torturasen, me sintiera perdida, sola y pequeña, un día me encontré y (re)conocí gente que me hizo grande. Enorme. 
Entre ellos y yo he logrado por fin entonar a voz en grito el vade retro.

Se fueron, y ojalá que no vuelvan nunca más.
Y si vuelven, aquí los espero, con nuevas y mejores armas. Con todo un ejército que me ayudará a no dejarles traspasar las puertas de mis sentidos, mi cuerpo y mi razón.