Instintos

- ¿Sabes? Lo mejor es dejarse llevar. Hacer lo que diga tu instinto.
- ¡Pero eso a veces es una locura!
- Tú mejor que nadie sabes que la vida es una locura constante.
-Sí, pero no sé si estoy dispuesta a fiarme de mi instinto siempre. Debo tratar de racionalizar esa parte de la vida en algunas ocasiones.
-No, no deberías hacerlo. Si haces lo que te dicte el instinto, puede que no sea lo adecuado para el resto del mundo, pero sí para ti. Y eso es lo único que importa. Que estés a gusto contigo misma.
-¿Y si le hago daño a alguien que me importa por mis impulsos, por mi egoísmo?
No tuve más remedio que callar y pararme a pensar en una respuesta que la convenciera.
-Bueno... quizá tendrías plantearte otra pregunta.
-¿Cuál?
-Esa persona me importa, pero... ¿le importo yo? Si le importo puede que le moleste mi decisión, pero la respetará y la comprenderá, y con el tiempo, la aceptará. Y si no le importo, ¿para qué molestarme en ser cuidadosa, si ella no lo es conmigo?
-Me va a resultar difícil.
-Nadie ha dicho lo contrario.
-¿Vas a estar ayudándome tú?
-Hasta el final.

Hay tres cosas que me han ayudado a ser lo que soy ahora mismo: la música, la escritura y mi gente. Todas han sido una terapia y un alivio para mí cuando más lo necesitaba. Y no sé vivir sin ellas.

No concibo la vida sin música. Siempre, siempre me ha gustado. Por lo que me contaban mis padres, me relajaba en cuanto oía la primera frase de cualquier nana que me cantasen. Después llegaron las canciones infantiles en el radiocassette de casa o en el equipo de música del salón. Conforme fui creciendo, descubrí lo gratificante que es podértela llevar a cualquier parte. Pasaban los años y eso iba evolucionando: discman -sí, aunque parezca increíble tuve uno-, mp3, iPod y móvil. Muchas noches me quedo dormida con los auriculares puestos y al despertarme al día siguiente la música suena aún. Y me sigue pareciendo un lujo increíble tener la oportunidad de conocer bandas nuevas.
La música me ha acompañado en momentos buenísimos, buenos, normales, regulares, malos y malísimos. Por suerte, ha habido más de los tres primeros que de los tres últimos y la mayoría de las canciones las recuerdo acompañadas de mi voz y de una sonrisa porque estaba feliz.


La escritura... tanto como la música. En cuanto aprendí a leer y escribir conocí un nuevo mundo que no tenía límites. Y un buen día se me ocurrió escribir lo que se me pasaba por la cabeza y todo lo que tenía imaginado desde hacía años. Hasta hoy no he parado de hacerlo. 
Todo el que me conoce sabe que escribir es una parte fundamental de mi vida, que no he abandonado la idea de ser escritora y que por mucho que pase el tiempo siempre que tenga algo que decir y me parezca mínimamente interesante, lo dejaré plasmado. Puede estar mejor escrito, o tener o no valor para alguien, pero con que lo tenga para mí, me es suficiente.
Escribiendo me he desahogado muchísimo de miles de sentimientos. Tanto de los que si no los expresas explotas de pura alegría, como de los que te atenazan la garganta y el alma y no te dejan vivir. Estos últimos en mi caso se han contado siempre por decenas, pero ahora han cambiado las tornas.
Tengo tantos escritos guardados, tanto en el ordenador como en los cajones, que seguramente he olvidado ya el número exacto de todo lo que he ido haciendo desde que me propuse escribir.


Mi gente. Lo último, pero sin duda no menos importante. Familiares, amigos y gente que he conocido (y re-conocido), a lo largo de mi vida. Nos hemos reído y hecho el payaso juntos, me han ayudado a levantarme, me han secado las lágrimas, me han dicho las cosas claras cuando ha sido preciso... a toda esa gente le debo mi manera de ser, le debo mi forma de desenvolverme en la vida.
Todos, a su manera y modo, me han mostrado diversos valores y me han enseñado a aprender sola, algo muy importante. Me han hecho sentirme pequeña cuando he tenido que reconocer que he hecho las cosas mal, y me han engrandecido en todos los triunfos y buenos momentos.
Algunas se han ido, otras se han quedado y aún tengo pendientes de conocer a otras muchas. Y todas me marcarán de algún modo.



Ésos son mis tres pilares básicos. A ellos les debo ser a día de hoy una chica con determinados sueños, manera de ser, sentimientos y capacidades. A ellos les debo ser la persona que soy y en lo que me he convertido.

Radiante

Ayer me comentaron que me ven como nunca antes. "Radiante" según palabras textuales.
No es la primera persona que me lo hace notar. Ya hay varias a lo largo de estos meses que me han dicho que me brillan los ojos de una manera distinta, que me ven de mejor humor, que me río más, me preocupo menos y no lloro absolutamente nada.

¿Tanto se nota el cambio? Rotundamente sí, porque lo he notado hasta yo. Ahora vivo con las preocupaciones normales de una chica de mi edad: ver a mis amigos todas la veces que pueda, hacer mil y un planes, conocer gente, descubrir cosas nuevas, acabar la carrera en verano del año que viene, qué haré a partir de entonces... Y vivo tranquila. Vivo en mi normalidad y estoy muy a gusto.

Agradezco muchísimo que la gente me vea bien, mucho más que cuando me lo dicen. Eso significa que he superado todas las cosas que me han ido pasando y que ya me dan igual. Seguramente he hallado mi particular fórmula de la felicidad, mi propia filosofía de vida.
No tengo por tanto ningún problema en afirmar que ahora estoy mejor que antes. Si fuese así, negaría la evidencia.

También me encuentro mejor porque he vuelto a mis raíces. En todos los sentidos. He cambiado en bastantes cosas, pero también permanece mi antigua yo en otras muchas que dejé aparcadas durante estos últimos cuatro años. No sé por qué las abandoné, pero ahora tiendo la vista atrás para recuperarlas porque las echaba de menos.


Vuelvo a ser la misma a la que miran con sorpresa y le confiesan "no te pega nada todo eso..." cuando dice abierta y orgullosamente que adora el death metal y las películas y series de terror al mismo tiempo que el jazz, el tango y el cine clásico.
Vuelvo a sentir cuando empiezo una entrada nueva en este blog cómo la sensación y el recuerdo de que de pequeña quería dedicarme a ser escritora me recorre las venas.
Vuelvo a ser aquella chiquilla que siempre ha soñado con ser enfermera también y que intenta mejorar cada vez que empieza un nuevo turno en el hospital.
Vuelvo otra vez a ser una chica que siempre que sale lleva la cámara de fotos en el bolso y acaba gastando la batería.
Vuelvo de nuevo a reírme por todo, hasta por mis errores, y a ser risueña las veinticuatro horas del día.
Vuelvo a ser aquella que se ilusiona y emociona cuando tienen algún detalle con ella, aunque sea un simple e inesperado "¿cómo te va?" tras mucho tiempo.
Vuelvo de nuevo a ponerme delante del espejo con un peine, gomas y horquillas, mi mejor pintalabios, mi sombra de ojos, mi eyeliner y mi rímel a experimentar con el peinado y el maquillaje durante horas.
Vuelvo a cantar a pleno pulmón mientras estoy sola en mi casa importándome una mierda si desafino o si llego a los tonos más agudos de la canción.
Vuelvo a ser esa chica despistada de más que perdería la cabeza si no fuera porque la lleva pegada al cuerpo.
Otra vez vuelve a apasionarme pasear sola por Murcia, tranquila y sin prisa, mientras oigo música.
De nuevo vuelvo a intentar hacer reír a la gente de mi alrededor con frases lapidarias y con actos que me darían vergüenza ajena si se los viera hacer a otra persona.

Vuelvo a ser yo tras varios años siendo otra distinta. 

Me gusto así y es por eso por lo que la gente me ve bien. Porque soy otra vez la de antes, sólo que con más experiencia en todos los ámbitos y con ciertos cambios en mi forma de ser, de sentir y de relacionarme con los demás. Pero no he perdido mi esencia.
Ahora sólo me queda mantenerme igual de bien o mejor cada día que pasa y procurar que la gente que me importa esté igual de contenta.

La felicidad está en las pequeñas cosas y por eso me dedico a ellas en cuerpo y alma. Me dedico a estar bien por mí y por los demás sin importarme lo que piense el resto.

Someone

Aun en las noches más oscuras, si está cerca hay un atisbo de luz. Sólo con su sonrisa ilumina toda la estancia en penumbra. Y yo automáticamente me siento bien; sé que está ahí, y que siempre va a estar.

No importan ni el momento ni el lugar, me reconforta que se encuentre cerca. Suele ser sobre todo por las noches, y no se relaja hasta que no me ve dormir. Lo sé porque a la mañana siguiente, cuando abro los ojos, lo primero que veo son sus labios curvados en una sonrisa y sus ojos clavados en mí, vigilándome cual guardián. 
Esa sonrisa permanente es algo que no cambio por nada del mundo. Me alegra el resto del día, y no tiene precio cuando hay un mal despertar.

"Ojalá no me abandone nunca" es un pensamiento que predomina sobre los demás con mucha frecuencia.  Confío en que sea eterno, en que nunca se marche, en que me ayude a levantarme cuando caigo. Rezo por que tenga esa fragilidad y a la vez fuerza que tienen las promesas, ésas que se hacen entre susurros cuando no hay nadie más presente. Esa esperanza es la que alimenta mis días y la que junto a su sonrisa engrandece mis noches.

¿Cómo se puede tener tanta adicción a algo tan simple como una sonrisa? Algo tan efímero y puntual en el tiempo que tiene la capacidad de cambiarlo todo en un segundo. Siempre me lo he preguntado y nunca he obtenido respuesta. Creo que voy a dejar de buscarla porque perdería parte de su magia.

Mientras tanto, que siga habiendo una luz que me ilumine, sea de noche o de día, y que esa luz provenga de alguien que me hace feliz y que es mi mitad. Alguien que me alegra y me hace sentir especial sin importar que esté a miles de kilómetros o rozándome con los dedos.

Fearless

Le he perdido el miedo a muchas cosas.

Al mundo exterior, por ejemplo. A ciertas personas. A que la situación me supere. A no tomar la decisión correcta. A no tener la palabra adecuada en el momento adecuado.
Ya no tengo miedo de mis demonios y mis malos recuerdos. Ya no me tengo miedo a mí misma, y eso es muy importante.

No voy a negar que hay cosas a las que les sigo teniendo pavor y que me hacen rozar la parálisis, pero no dependen de mí en absoluto por suerte. Me da pánico lo que no puedo controlar.


Esta valentía repentina era algo que yo no sabía que podía llegar a tener y que había permanecido escondida todos estos años. Me he puesto a prueba innumerables veces y no lo había valorado en su justa medida jamás. Y hay gente que tampoco lo ha valorado, pero eso es lo de menos.
Es lo de menos porque es algo que me incumbe sólo a mí.

De repente un buen día me levanté de la cama y tomé la determinación de que no me iba a acobardar. No por alguien o algo que estuviera, como mínimo, al mismo nivel que yo.
Ahora he aprendido que nadie me levanta la voz. Nadie que no haya logrado el derecho a hacerlo. Pero la voz alta gratuitamente ni por asomo. Hace un tiempo sí porque no tenía toda la experiencia que tengo ahora -que tampoco es mucha-, pero ya no.

Me queda mucho camino por recorrer y no me avergüenza admitirlo. Pero ese camino ahora lo ando teniendo claro que no me voy a achantar y que no le tengo terror a cosas que antes me parecían escollos insalvables y con el tiempo se han convertido en gilipolleces.


No me considero más valiente que el resto de la gente, pero sí con respecto a mi yo anterior. Ahora las ocasiones en las que me siento perdida, pequeña y sola son muchísimas menos que hace un tiempo. De hecho, creo que no he vuelto a sentirme así desde hace casi seis meses.

Ya no me da reparo decir las cosas como son , y hacerlas como yo quiero y no como los demás esperan que las haga. Así me quedo tranquila conmigo misma, que es lo que cuenta al fin y al cabo.



"A nada en la vida se le debe temer. Sólo se le debe comprender." Marie Curie

Luces de ciudad

Esta ciudad ha cambiado muchísimo para mí.

Antes se me quedaba pequeña, más de lo que ya es; me ahogaba en su rutina, en sus cuatro calles interesantes, en los parques, nunca demasiado llenos para mí, y en la orilla del río.
Ahora, no obstante, siempre descubro algún rincón nuevo que tiene su encanto. Hasta la avenida más luminosa y que he recorrido infinitas veces de mil maneras distintas ha cobrado otro sentido. Incluso la callejuela tortuosa más estrecha y pequeña es diferente y está impregnada de emociones nuevas y agradables.

Ahora que las cosas han cambiado y que mi vida se encuentra en otra etapa, he vuelto a reencontrarme conmigo misma. Y una de las ideas que me rondan la mente es que esta urbe, con calles que he recorrido muchas veces, lloviera, tronara, hiciera sol, calor o frío, hubiera viento o una sequedad infernal, vuelve por fin a ser mía.

Vuelve a ser mía y eso me hace sentir a gusto con ella, conmigo y en general con su ambiente.

Mía y sólo mía. Sin nada ni nadie de por medio.

Vuelvo a caminar sin vacilar por todos y cada uno de sus recovecos, oyendo música como siempre, y absorta en mis pensamientos como de costumbre. Sin tristeza de ningún tipo; eso ha dado paso a una extraña y dulce serenidad que no conocía.
A pesar de que vivo en mi normalidad, la ciudad ha cambiado y yo con ella. Ambas hemos dado un giro para bien.

Es una sensación indescriptible pasear sola y sin que me asalte ningún recuerdo que me haga sufrir. Volver a rondar por lugares que en su momento fueron especiales por diferentes causas y personas, y ahora son sólo eso: lugares. Paso por delante y simplemente me adueño de ellos, cambio su percepción a mi antojo y los veo distintos, desvinculándome de todo lo que me supusieron en su momento. Me acerco, los miro, no siento nada y me voy alejando.
Creía que eso no iba a pasar jamás, pero sí, ha pasado y mucho antes de lo que imaginaba. Mejor.

Es entonces cuando me doy cuenta de que la ciudad ha adquirido otra nueva perspectiva, otra nueva luz que me gusta. Aún cuando hay tormenta y oscuridad, sigue brillando, y yo sonrío pensando en lo mucho que me gusta ese nuevo cariz que ha tomado. Da igual que sea de día o de noche, haya sol y luna o no.

Me gusta cómo la estoy adaptando a mí. Me gusta saber que tengo capacidad de reinvención.

Tengo en mi mano la opción de verlo todo distinto para bien en todos los aspectos, y eso incluye este lugar que ya no me asfixia, sino que me da libertad para explorarlo y sacar lo mejor de él, sola o acompañada de alguien especial.

Realmente no sé si éste es mi sitio o no, eso lo dirá el tiempo; lo que sí sé es que de nuevo estoy bien en esta ciudad, que me envuelve entre su gente y su sol, entre su alegría y sus luces, brillando de noche como un faro en mitad de la mar cuando hay tempestad.

Si no eres capaz de controlar tu vida, ¿quién lo hará? Nadie, nadie podrá hacerlo. Podrán intentarlo, pero un día te rebelarás contra eso. Estallarás, y dirás "no".
De eso mismo se trata, de ser tú y sólo tú la persona que rige tu destino.

Tú decides si quieres seguir anclado en el pasado o seguir adelante.
Tú decides si prefieres hundirte viviendo de recuerdos (bonitos, pero recuerdos al fin y al cabo), o ser capaz de seguir adelante con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva.
Tú decides si quieres ser libre o atarte, echarte cadenas invisibles e intangibles que pueden asfixiarte hasta lo impensable.
Tú decides si dejas que las personas te cambien y te moldeen a su antojo, o seguir siendo como siempre, con tus virtudes y tus defectos.
Tú eres la persona que debe ponerse metas y hacer lo imposible por alcanzarlas, por comerte el mundo y tocar el cielo.
Tú eliges si hacer tus sueños realidad o apartarlos de tu mente.

Tú decides si quieres ser feliz o no.