Esta ciudad ha cambiado muchísimo para mí.
Antes se me quedaba pequeña, más de lo que ya es; me ahogaba en su rutina, en sus cuatro calles interesantes, en los parques, nunca demasiado llenos para mí, y en la orilla del río.
Ahora, no obstante, siempre descubro algún rincón nuevo que tiene su encanto. Hasta la avenida más luminosa y que he recorrido infinitas veces de mil maneras distintas ha cobrado otro sentido. Incluso la callejuela tortuosa más estrecha y pequeña es diferente y está impregnada de emociones nuevas y agradables.
Ahora que las cosas han cambiado y que mi vida se encuentra en otra etapa, he vuelto a reencontrarme conmigo misma. Y una de las ideas que me rondan la mente es que esta urbe, con calles que he recorrido muchas veces, lloviera, tronara, hiciera sol, calor o frío, hubiera viento o una sequedad infernal, vuelve por fin a ser mía.
Vuelve a ser mía y eso me hace sentir a gusto con ella, conmigo y en general con su ambiente.
Mía y sólo mía. Sin nada ni nadie de por medio.
Vuelvo a caminar sin vacilar por todos y cada uno de sus recovecos, oyendo música como siempre, y absorta en mis pensamientos como de costumbre. Sin tristeza de ningún tipo; eso ha dado paso a una extraña y dulce serenidad que no conocía.
A pesar de que vivo en mi normalidad, la ciudad ha cambiado y yo con ella. Ambas hemos dado un giro para bien.
Es una sensación indescriptible pasear sola y sin que me asalte ningún recuerdo que me haga sufrir. Volver a rondar por lugares que en su momento fueron especiales por diferentes causas y personas, y ahora son sólo eso: lugares. Paso por delante y simplemente me adueño de ellos, cambio su percepción a mi antojo y los veo distintos, desvinculándome de todo lo que me supusieron en su momento. Me acerco, los miro, no siento nada y me voy alejando.
Creía que eso no iba a pasar jamás, pero sí, ha pasado y mucho antes de lo que imaginaba. Mejor.
Es entonces cuando me doy cuenta de que la ciudad ha adquirido otra nueva perspectiva, otra nueva luz que me gusta. Aún cuando hay tormenta y oscuridad, sigue brillando, y yo sonrío pensando en lo mucho que me gusta ese nuevo cariz que ha tomado. Da igual que sea de día o de noche, haya sol y luna o no.
Me gusta cómo la estoy adaptando a mí. Me gusta saber que tengo capacidad de reinvención.
Tengo en mi mano la opción de verlo todo distinto para bien en todos los aspectos, y eso incluye este lugar que ya no me asfixia, sino que me da libertad para explorarlo y sacar lo mejor de él, sola o acompañada de alguien especial.
Realmente no sé si éste es mi sitio o no, eso lo dirá el tiempo; lo que sí sé es que de nuevo estoy bien en esta ciudad, que me envuelve entre su gente y su sol, entre su alegría y sus luces, brillando de noche como un faro en mitad de la mar cuando hay tempestad.
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