Aun en las noches más oscuras, si está cerca hay un atisbo de luz. Sólo con su sonrisa ilumina toda la estancia en penumbra. Y yo automáticamente me siento bien; sé que está ahí, y que siempre va a estar.
No importan ni el momento ni el lugar, me reconforta que se encuentre cerca. Suele ser sobre todo por las noches, y no se relaja hasta que no me ve dormir. Lo sé porque a la mañana siguiente, cuando abro los ojos, lo primero que veo son sus labios curvados en una sonrisa y sus ojos clavados en mí, vigilándome cual guardián.
Esa sonrisa permanente es algo que no cambio por nada del mundo. Me alegra el resto del día, y no tiene precio cuando hay un mal despertar.
"Ojalá no me abandone nunca" es un pensamiento que predomina sobre los demás con mucha frecuencia. Confío en que sea eterno, en que nunca se marche, en que me ayude a levantarme cuando caigo. Rezo por que tenga esa fragilidad y a la vez fuerza que tienen las promesas, ésas que se hacen entre susurros cuando no hay nadie más presente. Esa esperanza es la que alimenta mis días y la que junto a su sonrisa engrandece mis noches.
¿Cómo se puede tener tanta adicción a algo tan simple como una sonrisa? Algo tan efímero y puntual en el tiempo que tiene la capacidad de cambiarlo todo en un segundo. Siempre me lo he preguntado y nunca he obtenido respuesta. Creo que voy a dejar de buscarla porque perdería parte de su magia.
Mientras tanto, que siga habiendo una luz que me ilumine, sea de noche o de día, y que esa luz provenga de alguien que me hace feliz y que es mi mitad. Alguien que me alegra y me hace sentir especial sin importar que esté a miles de kilómetros o rozándome con los dedos.


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