Fama

Otro sitio añadido recientemente a mi lista de "lugares con los que soñar". Aunque el motivo por el cual lo he descubierto y me veo impelida a ir porque me atrae como un imán a un trozo de metal no tiene nada de agradable o tranquilo.

Este sitio en cuestión se encuentra en Italia. Concretamente en la isla de Sicilia. 
Es un pueblo muy, muy, muy conocido. Pero su fama no se debe (exclusivamente) a que sea un emplazamiento geográfico; se conoce sobre todo porque es un apellido tremendamente famoso en la Historia del cine.
Hablo de Corleone.

(Claro, ahora resulta que todos los que me estáis leyendo sabíais desde el principio a qué sitio me refería, ¿no?)


Pues sí, este pueblo me ha enamorado gracias al cine.
Por lo que he descubierto, tiene historia, ya que es de origen musulmán. Hay muchas iglesias (101 según algunas fuentes), y restos de un valor considerable. Pero sin duda, Corleone le debe su fama a la Mafia, Cosa Nostra -o cualquier otro nombre que se le quiera dar-,  en su más amplio sentido; real o ideada por un escritor, es indiferente. 
Eso sí, yo investigué a fondo y me llevé una decepción al descubrir su gran paradoja: los escenarios en los que se desarrolla la archiconocidísima saga de "El Padrino" no se encuentran allí. Las escenas de la película que tienen lugar en Corleone se grabaron en Palermo, Forza D'Agro y Savoca, sobre todo.

En cualquier caso no tengo problemas en viajar a este lugar. Así que lo apunto en la lista y mientras llega el día de visitarlo sueño despierta.





A pesar de que está en Savoca, si has visto la saga esta iglesia debe sonarte.


El cartel por lo visto es legendario. Todos los turistas se hacen fotos con él.

Tears

Para mi sorpresa, ya no lloro por nada. Llevo sin hacerlo mucho tiempo.
Eso da pie a dos opciones: o he hecho callo y he madurado, o la causa de mis lágrimas desapareció. 
O quizás ambas cosas a la vez.
Nunca se sabe.

En cualquiera de los casos agradezco no llorar como antes. Ni por motivos ni por cantidad.
Se han acabado los torrentes de lágrimas en plena madrugada, y con ellos se han ido otras muchas cosas que no echo de menos. Por ejemplo, las sensaciones de impotencia, rabia y miedo que experimentaba y que me quemaban la garganta. Que no me dejaban ni hablar ni respirar. Sólo lograban que se rompiera mi dique de contención y saliera a la luz todo lo que me asustaba en forma de llanto monumental.
También se ha largado el sentimiento de ridículo que me embargaba al darme cuenta de que no podía ni controlarme ni parar de llorar. Pensaba que estando ya en la veintena, ya en la Universidad, era increíble que aún derramase lágrimas cual niña pequeña. Luego se me ocurría que quizás lloraba así porque me sentía de igual manera. Pero eso no me consolaba en absoluto.
Agradezco haber llorado tanto, tantísimo a lo largo del tiempo. Para mí llorar no soluciona nada, pero a pesar de que lo sé, lo hacía porque me desahogaba mucho. Una vez dejaban de rodarme las lágrimas por la cara de puro cansancio me quedaba mucho más tranquila. Las ideas no estaban muy claras, pero me ayudaba a despejarme y pensarlo todo con orden.
Y ahora que ya no he vuelto a derramar ni una sola lágrima por nada, y mucho menos por nadie, no noto la diferencia entre tener la cabeza fría y no tenerla. Puedo pensar y razonar los problemas tan bien como cuando por fin dejaba de llorar y me centraba.

Llorar ya no es mi medio para desahogarme, para liberar el estrés. Ahora es escribir. Tengo más tiempo libre para mí misma, para hacer lo que quiera, y lo invierto como mejor me parece. Considero que escribir sobre lo que me pasa o lo que me inquieta es mil veces mejor que llorar por la noche cuando todo el mundo está durmiendo.
Hace unos años cometí el error de elegir llorar sola y en silencio antes que sentarme frente al teclado o una hoja en blanco con un bolígrafo. No me arrepiento por ello, pero ahora veo que era una estupidez. De todo se aprende.
Lo veo todo con más claridad; las lágrimas ya no me nublan la vista y los problemas que tenía y por los cuales lloraba durante horas ya no me asolan. Estoy bien, mejor que antes. Y me alegra sentirme fuerte.

Ok

Aquí estamos, viviendo la vida bien y a nuestra manera.
Que sí, que he dicho ya mil veces que me va todo bien y me gusta mi vida. Pero lo repito otra más.
Así debe seguir, con sus cambios lógicos, pero en esa tónica se debe continuar.
Y a quien no le guste, que le den.

Continuum

"Todo pasa y todo llega".

¡Cuánta verdad hay en esa sentencia! Todo, sea bueno o malo, tiene su principio y su final. Los inicios siempre son duros sin importar la índole. Se pasa mal, claro; pero a la larga compensa. 
Al principio de la "pasada" te ves desubicado, te falta algo, sientes un vacío que no sabes si podrás llenar. Y cuando empieza la "llegada" te preguntas cómo pudiste siquiera por un momento vacilar sobre tu fortaleza. Dices, haces y sientes cosas que nunca creías que ibas a volver a decir, hacer y sentir, renovándote y dándote el cambio de aires que pedías a media voz. Continúas, sigues adelante, que es lo que cuenta.

Hay treguas, pero siempre breves. Periodos en los que te paras, te reorganizas y prosigues tu camino con más fuerza. Tampoco van a faltar momentos oscuros, de flaqueza, como todos tenemos a veces. Estos momentos oscuros aparecen en su mayoría tras la "pasada", y cada vez va disminuyendo su número. No desaparecen, pero menguan.
Aspecto a destacar: duración entre una "pasada" y una "llegada". Pueden ser minutos, años, días, meses, trienios, horas. Sin prisa. Lo que tenga que venir, vendrá, pero a su debido tiempo. No hay que forzar nada en ningún plano. 

"Cuando dejo de buscar, encuentro".

Esto se contradice con la idea de "la vida son dos días"... Si tan poco dura, ¿por qué tomarse las cosas con calma? Sí, cierto y verdad; pero como ocurre con todo, siempre hay un contrario, un equilibrio. La parte racional y la irracional.


¿Por qué me he dedicado a escribir una sarta de chorradas en relación a esto? Pues porque simplemente yo veo las cosas así, y la experiencia me da la razón. Ha habido momentos de debilidad e inseguridad, y momentos de orgullo y triunfo. Y como he hecho -o procurado hacer- siempre, he intentado en la medida de lo posible tomar el control sobre mis sentimientos, mi estado de ánimo, mis circunstancias y mi visión del mundo para usarlo a mi favor. 
Creo que lo he conseguido, porque mis momentos brillantes superan por mucho, muchísimo, a mis momentos oscuros. Los primeros le dan mil vueltas a los segundos. Suena altivo, pero estoy muy contenta de mí misma por haberlo conseguido.

Así que volviendo al tema que me ocupa, muchas cosas me han pasado, y otras tantas han llegado o están por llegar. Me lo tomo con filosofía, sentada, haciendo tiempo con otros menesteres y no muy pendiente de recibirlas. Continúo, que no es poco.