Para mi sorpresa, ya no lloro por nada. Llevo sin hacerlo mucho tiempo.
Eso da pie a dos opciones: o he hecho callo y he madurado, o la causa de mis lágrimas desapareció.
O quizás ambas cosas a la vez.
Nunca se sabe.
En cualquiera de los casos agradezco no llorar como antes. Ni por motivos ni por cantidad.
Se han acabado los torrentes de lágrimas en plena madrugada, y con ellos se han ido otras muchas cosas que no echo de menos. Por ejemplo, las sensaciones de impotencia, rabia y miedo que experimentaba y que me quemaban la garganta. Que no me dejaban ni hablar ni respirar. Sólo lograban que se rompiera mi dique de contención y saliera a la luz todo lo que me asustaba en forma de llanto monumental.
También se ha largado el sentimiento de ridículo que me embargaba al darme cuenta de que no podía ni controlarme ni parar de llorar. Pensaba que estando ya en la veintena, ya en la Universidad, era increíble que aún derramase lágrimas cual niña pequeña. Luego se me ocurría que quizás lloraba así porque me sentía de igual manera. Pero eso no me consolaba en absoluto.
Agradezco haber llorado tanto, tantísimo a lo largo del tiempo. Para mí llorar no soluciona nada, pero a pesar de que lo sé, lo hacía porque me desahogaba mucho. Una vez dejaban de rodarme las lágrimas por la cara de puro cansancio me quedaba mucho más tranquila. Las ideas no estaban muy claras, pero me ayudaba a despejarme y pensarlo todo con orden.
Y ahora que ya no he vuelto a derramar ni una sola lágrima por nada, y mucho menos por nadie, no noto la diferencia entre tener la cabeza fría y no tenerla. Puedo pensar y razonar los problemas tan bien como cuando por fin dejaba de llorar y me centraba.
Llorar ya no es mi medio para desahogarme, para liberar el estrés. Ahora es escribir. Tengo más tiempo libre para mí misma, para hacer lo que quiera, y lo invierto como mejor me parece. Considero que escribir sobre lo que me pasa o lo que me inquieta es mil veces mejor que llorar por la noche cuando todo el mundo está durmiendo.
Hace unos años cometí el error de elegir llorar sola y en silencio antes que sentarme frente al teclado o una hoja en blanco con un bolígrafo. No me arrepiento por ello, pero ahora veo que era una estupidez. De todo se aprende.
Lo veo todo con más claridad; las lágrimas ya no me nublan la vista y los problemas que tenía y por los cuales lloraba durante horas ya no me asolan. Estoy bien, mejor que antes. Y me alegra sentirme fuerte.


Lys dijo...
18 de febrero de 2013 a las 20:12
Aquí llega la aguafiestas de tu prima a darte la barrila como siempre... Ya lo siento, la experiencia siempre será un grado.
Las llanteras desmedidas volverán. A mí también se me han pasado por rachas y han vuelto. Yo además lloro haciendo un ruido que ya, ya... Vergonzoso, con profusión de mocos y escandalera. Debe ser cosa de familia, pero en eso también te soy pionera, je. Volverán. Y da igual que tengas 20. A mí me pasa con 30. E intuyo que me seguirá pasando. No es más fuerte quien no llora, sino quien después se seca las lágrimas y hace lo que tiene que hacer. A veces, lo único que se puede hacer es aceptar el motivo de tu llanto y aprender a vivir con él. Y eso también es fuerza.
Volverán las lágrimas, prima, porque no te has muerto todavía. Te quedan aún unos buenos puñaos de décadas para eso... Volverán las lágrimas pero sabrás salir adelante y encontrar la fuerza, porque la tienes dentro :*
Ulalume dijo...
20 de febrero de 2013 a las 23:39
Volverán, si lo sé. Pero mientras no vuelven escribo, disfruto, entro y salgo y paso la gripe, jajaja.
De momento me han dado tregua, y servidora la va a aprovechar :D