Hay canciones que tienen que ser lloradas. Ellas mismas lo piden. Y cuando aparece una canción así sabes de algún modo mágico, extraño y primordial que sí, que esa es visceral, que los primeros contactos con ella no serán agradables y que te dejará marca.
Es posible que no llores la primera vez que la escuchas, ni la segunda; a veces ni siquiera la tercera. Pero en algún momento la oirás de nuevo y se te caerán las lágrimas aunque no quieras, aunque te dé vergüenza incluso sentirlas rodar por la cara y te las limpies frenética.
En la fase que sigue a los primeros llantos procurarás no volver a toparte con la dichosa canción, harás lo imposible para sacártela de la cabeza... y no lo conseguirás. Te ha tocado tanto -y es probable que no te hayas dado ni cuenta- que ya es parte de ti. Así que al final, ¡qué remedio!, acabas volviendo a ella.
Te asaltará en cualquier sitio, a cualquier hora y en compañía de cualquier persona aunque a ti no te venga bien en ese lugar, en ese momento y con esa persona. Vuelve a bombardearte, a recordarte lo pequeña que te hacen sentir la melodía y los versos. Y al igual que las mil veces anteriores, acabas rompiéndote de nuevo (sin embargo y según el caso consigues reprimir las lágrimas, lo cual es una suerte).
Eso sucederá en unas cuantas ocasiones más hasta que un buen día descubres, para tu sorpresa, que ya no lloras sin consuelo alguno cuando la oyes. No te causa indiferencia, porque este tipo de canciones tienen esa misteriosa cualidad; pero tampoco te afecta tanto como esos momentos en los que con sólo oír las primeras notas empezabas a sentirte sobrecogida.
Es entonces cuando te das cuenta de que esa canción ahora pide ser disfrutada sin prisas, tranquilamente; se ha adaptado a ti y tú te has adaptado a ella. Ha ganado en matices, afectos y percepciones, adquiriendo una nueva luz. Y tú has conseguido fortaleza, introspección y la humildad que deriva de esa mirada a tu interior tan necesaria
Ya no sois extrañas. De hecho la canción se ha vuelto especial para ti por lo que representa e implica.
Cabe dentro de lo posible que vuelvas a llorarla alguna vez más, pero sin duda no será como las primeras escuchas. Cuando lo hagas será porque realmente lo necesitas, no por la propia canción.

*      *      *

Con algunas canciones lloradas tampoco sabes muy bien por qué te encuentras así. Puede ser por la melodía o por el texto; por lo que se cuenta o cómo se cuenta; puede ser por lo que te transmite la persona que la interpreta (cuando sucede por esto te preguntas si el cantante y/o músico en cuestión pudo grabarla de un tirón en el estudio y no te explicas cómo en directo la canta/toca sin llorar), o por tus circunstancias en ese preciso lugar y momento. Quizás sea por todo a la vez. Pero el caso es que llega a lo más profundo de tu ser y actúa igual que la abreacción; es la llama que prende la mecha. 

En algunas ocasiones esa canción que debe llorarse es la excusa perfecta para dar rienda suelta a lo que piensas o a lo que te pesa y no sabes cómo exteriorizar ni a quién contárselo. No era ése el objetivo principal; es más, ni siquiera era algo que contemplaras la primera vez que la oíste y te sentiste así. Simplemente percibiste que la canción te invitaba a que la escucharas con atención aunque te doliera un poco; nada más. La purga viene después sorpresivamente: estás sola, centrada en la canción y en lo que te hace sentir ella y sólo ella... cuando de pronto un pensamiento, una emoción o ciertas inseguridades que estaban agazapadas en la penumbra hacen acto de presencia, entremezclándose con la melodía de una forma muy singular, sin estridencias. Y la verdad es que te hace un gran favor; la canción pasa a ser una acompañante tranquila que se dedica únicamente a mantener abierta la puerta tras la que se esconde todo lo que te pasa, para que salga y te limpies. No se precisa nada más, estáis las tres en perfecta comunión: la soledad, la canción y tú. Y eso está bien.

*      *      *

En mi vida ha habido -y habrá siempre, de eso estoy cien por cien segura- muchas canciones lloradas. Muchas que, como dije en otro post hace unos meses, llegaron de casualidad a mi vida y me destrozaron sin piedad. Pero también me han hecho crecer, aprender y me han servido de guía muchas veces. Porque sí, las lágrimas no sólo desahogan, sino que a veces también limpian y clarifican.
Así que por mucho que me duelan algunas canciones al principio, siguen resultándome muy necesarias para seguir funcionando. Al tiempo, cuando estoy "inmunizada" y vuelvo a oírlas las encuentro preciosas, recuerdo lo bien que me vinieron y no puedo evitar acordarme de lo vital que es para mí la válvula de escape que supone una canción así.

La única duda que tengo es cuál será la siguiente canción...

Wake me up

So wake me up when i'ts all over.
When I'm wiser and I'm older.
All this time I was finding myself.
And I didn't know I was lost.

Perdida.



Esta noche toca utilizar las sábanas y las mantas para esconderte debajo y desaparecer. Hacerte una bolita diminuta y que nadie te vea, nadie te encuentre. Porque cuando te metes ahí dentro tras un día horrible sientes que es lo único que te mereces.
Te pones música y te aíslas, vas a otro mundo. Desconectas de este, que bastantes quebraderos de cabeza te ha dado hoy ya.
Las sábanas son tu refugio desde que te guardas para ti algunas inquietudes que has ido acumulando con el pasar de la mañana y la tarde.
Sólo quieres necesitas que se acabe la jornada y confías en que mañana será mejor. Pero la verdad es que no lo sabes. Nadie lo sabe. A lo mejor es un día genial, a lo mejor es igual que hoy, o es peor... o quizás no llegues a mañana porque te da un infarto mientras duermes.
Pero sea como sea, tu cuerpo te pide a gritos evadirte y olvidar que -aunque a veces te creas perfecta y en posesión de la verdad absoluta-, no eres infalible. Tienes tus errores y tus defectos, como todos. Sin embargo bajo las sábanas y con la seguridad que te dan esos acordes que nunca te cansas de escuchar, tienes derecho a sentirte bien. Y empieza a obrarse el cambio, a difuminarse tu percepción de la situación; ya no se parece tanto a ese sentimiento de infravaloración que tenías al meterte en la cama y arroparte.
Mañana será otro día, y dejarás el refugio una vez más aunque con la certeza de que cuando vuelvas por la noche funcionará como un oasis. Igual que hoy y que todas las noches precedentes.

November

Noviembre es un mes que no me gusta demasiado. Es todo más oscuro, más frío y más triste. Y en los últimos años ha habido una serie de eventos que me han calado hondo y ¡bingo!, han sucedido en noviembre.
Aunque esa serie de vivencias no hubieran ocurrido tampoco me gustaría más este mes, la verdad. Me pone triste noviembre. No hay un motivo ni una razón concreta, simple y llanamente me baja el ánimo o me enfado con más facilidad. Quizás sea por la disminución de horas de luz, o como respuesta a una suerte de condicionamiento, no lo sé. Tampoco tengo especial interés en saberlo.
En noviembre más que en ninguna otra época del año hago de tripas corazón con ciertas cosas que no me gustan, seguramente porque me afectan un poco más. Me aguanto y suelo desahogarme cuando estoy sola. Sólo hablo si me veo desbordada, sobrepasada. Si no, toca callar por no estorbar.

Así que pasaré este mes como mejor pueda e intentando molestar lo mínimo imprescindible.

Salvación.

Son incontables las veces que la música me ha salvado del abismo y me ha ayudado a purgarme sin necesidad de hablar con nadie. 


"I'll go it alone, that's how it must be, I can't be right for somebody else if I'm not right for me."




"And this old world is a new world and a bold world for me"






Defectos

Hay cosas que no me dejan vivir, que no me dejan estar tranquila porque no sé si hice lo correcto o no. Y a eso se le suma esa sensación tan horrible que tengo a veces de que hago las cosas con buena intención pero no sientan bien; en definitiva, la sensación de que me he equivocado pese a que actué de buena fe. ¿Debí callarme? ¿Debí decirlo?
Es entonces cuando me enfado conmigo misma y sale a relucir lo que voy a explicar ahora.

Al hilo de esto va que tres de mis mayores defectos son mi impulsividad, mi mal genio y mi orgullo. Soy consciente de que ninguna de las tres cosas me beneficia, pese a que he intentado evitarlas por todos los medios.
Tampoco sé si es bueno del todo o no que tanto mis arrebatos como mi carácter son fugaces. Una vez que el daño está hecho me doy cuenta al instante. La alarma que tiene el resto del mundo y que les avisa de que van a meter la pata hasta el fondo yo no la tengo. O no me funciona, una de dos. Sí, está muy bien darse cuenta, pero no está bien tampoco cuando le haces daño a otra persona. Por mucho que le pidas perdón, el mal ya está hecho.
Y qué decir, de mi orgullo, que ya es legendario. Otra cosa que tampoco está bien, claramente. A veces hago daño y por ese mismo orgullo estúpido me niego a disculparme de primeras. Estoy en ello, intentando por todos los medios eliminarlo.
Estas tres cosas son como un dardo que apunta en la diana. El problema es que la diana no siempre es la correcta. Y cuando el dardo se clava en uno de esos blancos incorrectos el sentimiento de culpa es horrible. Tremendamente horrible. Puede estar rondándome durante días enteros, quitarme el sueño y hacerme sentir como una verdadera basura.

La gente siempre te dice que no saques a relucir tus defectos. Pues oye, digo yo que nadie es perfecto, que todo el mundo tiene alguna pega como mínimo. No es vergonzoso ni humillante que se vean tus fallos.
Forman parte de ti, son parte de tu naturaleza y de hecho está genial saber cuáles son, para poder hacer algo.

Trabajaremos en ello.
"Otra vez el crujido.
Siempre a la misma hora, como si hubiese un mecanismo automático y perfecto. Cada vez que se oye consigue despertarme, sin importar lo extremadamente cansada que puedo llegar a estar algunas noches.
Antes no se oía... quizás es que simplemente el mueble del recibidor es viejo, se está asentando o tiene carcoma. Porque eso sí, tengo muy claro que es ese mueble y no otro. Llevo mucho tiempo viviendo aquí, y conozco el sonido de cada madera que hay en la casa, sea de un armario, del suelo o de la pata de una mesa.
Quiero pensar que no se debe a nada extraño. Alguna explicación lógica tendrá, digo yo. Pero realmente podría haber algo más. Algo ancestral, místico. ¿Por qué se oye siempre a la misma hora, si no? ¿Por qué sólo de noche?

Mi amigo Samuel me diría muy serio que el espíritu de alguien fallecido había poseído el mueble. Me preguntaría si es de algún familiar mío y si tiene una historia muy larga de desgracias y ese tipo de cosas. Acto seguido yo le preguntaría si se estaba quedando conmigo; él me replicaría: "¿Acaso tengo cara de estar bromeando?". Y ahí quedaría la cosa.
No me considero escéptica, la verdad. No obstante también me parece que no soy la persona idónea para atraer a entes que antes estuvieron vivos. Lo más probable es que se le aparecieran a Samuel, que ya contó que tuvo "una experiencia" en casa de su abuela cuando era un crío. Por supuesto, ninguno del grupo de amigos le creemos, pero él insiste vehementemente en que vio al hermano de su bisabuelo a los pies de la cama y que al encender la luz ya no estaba allí.
 Otra parte de mí rescata la creencia popular de que "los fantasmas se aparecen a gente que no cree en ellos". Yo creo, aunque no mucho, así que tengo alguna que otra papeleta para ver alguno. Pero sinceramente, no creo que me hiciera ninguna gracia. Eso mejor para Samuel, o para Melinda Gordon. No tengo especial interés en ver una forma blanca y poco definida salida de Dios sabe dónde. No es para mí.

El problema era que el crujido me ponía histérica porque vivía sola en aquella casa tan grande. Y no estaba dispuesta a que un fantasma viviera conmigo de gorra. No señor.
Así que me incliné por la solución más drástica: tirar el mueble. Además de viejo, era feo, y vaya... era mi casa, podía hacer con ella y con lo que había dentro lo que yo quisiera. Nada más tomar esa decisión lo partí y lo fui llevando al contenedor en veces.
Al acabar me sacudí las manos muy satisfecha, me duché, cené y me puse a ver la televisión hasta que empecé a tener sueño.
Por primera vez en mucho tiempo me fui a la cama muy segura de mí misma.

Por fin podría dormir del tirón sin que me despertara el dichoso crujido... o eso pensaba yo hasta que al despertarme de madrugada sin motivo vi a la señora sentada a los pies de mi cama, mirándome fijamente sin un solo parpadeo y con una siniestra sonrisa."


Ahogo.

"Y dame un poco de sed, ¡ay!
que me estoy muriendo de agua."
Hoy es de esos días en los que me siento pequeñita e inferior. Y no me gusta (¿a quién puede gustarle estar así voluntariamente?), pero no lo puedo evitar. Además tengo derecho a estar triste por el simple y mero hecho de que es IMPOSIBLE encontrarme perfectamente bien y feliz las 24 horas del día, los 365 días del año. Materialmente imposible. De hecho es hasta perjudicial. Quien crea que Mr. Wonderful tiene razón está completamente equivocado.
Hoy es de esos días en los que el cuerpo te pide hacer lo mínimo posible, oír canciones tristes y tener las relaciones sociales justas. No por estar enfadada o molesta con alguien. Simplemente es que te has levantado así.
Hoy es de esos días en los que siento que le he fallado a la gente aunque no haya un motivo concreto que lo demuestre u objetive. Tengo esa sensación de que, haga lo que haga o diga lo que diga, no va a estar bien y prefiero callarme. Aislarme para no cagarla, siendo totalmente francos.
Hoy es de esos días en los que si digo que me encuentro mal es porque he llegado a mi límite y no aguanto más. Normalmente no admito que estoy triste, o si lo estoy con cosas nimias sí que lo cuento; y si es algo que creo que es grave prefiero no decirlo o disimular porque no me gusta preocupar o molestar a la gente con cosas mías que seguro que para ellos son tonterías absurdas.

Pero hoy es también uno de esos días en los que, aun creyendo que este estado es inmotivado me paro a pensar en las posibles causas y las soluciones que le puedo dar a esto. Por qué estoy así, qué me pasa. Qué puedo hacer para arreglarlo.
Y aunque no esté muy boyante ahora mismo, me conozco y sé de sobra que en unas horas o en unos días me encontraré mejor. Que esto se me pasa solo porque realmente no hay nada grave. Que me vendría bien hablar con alguien, desahogarme y que me escucharan e incluso llorar si me hiciera falta. Lo de hablar de esto es importante porque es algo que no soporto pero a veces es necesario. Pero hoy no va a ser una excepción y no lo haré.
Hoy es de esos días en los que aunque no tenga ganas de nada voy a demostrarme a mí misma que hasta ahora nada ni nadie ha conseguido tumbarme. Si en mi vida han pasado cosas relevantes que podían haberme hundido o estancado y no lo han hecho, estar triste unos días no va a ser mi talón de Aquiles. Desde luego que no.
Hoy es de esos días en los que pese a haberme encontrado peor ayer y arrastrar eso hasta este mismo momento me digo a mí misma que basta. Que ya está bien. Que es sano y natural estar triste a veces pero que no más allá de lo estrictamente necesario. Así que se acabó.

Hoy es de esos días en los que vamos a cambiar la mentalidad y listo.

Así

"If I lay here,
if I just lay here
would you lie with me
and just forget the world?

[...]

All that I am,
all that I ever was,
is here in your perfect eyes,
they're all I can see."



Desvaríos

Si me siento fuerte, soy capaz de espantar a los demonios e invocar a las tormentas.
Si no, puedo atraer a esos mismos demonios y hacer que surja de repente la noche, oscura e incierta.

Dame aire, dame agua, dame fuego. Yo pongo la tierra. Sé que puedo ser poderosa, que puedo brillar y superarme. Sólo me hace falta un pequeño empujón que me ayude a decidirme.
Vaya si se hace esperar. A veces hasta años.
Pero al final llega, desde luego que llega. Compensa con creces todo lo que se ha pensado, hecho, dicho e incluso callado. Lo mismo ocurre con las noches que se pasaron cavilando, teorizando y -por qué no decirlo-, alternando los ratos de soñar despierta y estar en las nubes con el pensamiento de que lo que querías en ese momento no iba a ser para ti... ni entonces ni nunca.
En ocasiones cuando aparece no te lo crees. Te preguntas: "¿Está pasando de verdad? Esto, con lo que llevaba tanto tiempo soñando, ¿ya está aquí?". Pues sí. Está pasando de verdad, y está aquí: real, presente, tangible. Todo cobra sentido y las piezas encajan, como en un puzzle perfecto.

Así que ahora que ha llegado sólo queda cuidar lo que tanto se ha hecho de rogar y procurar que dure. Ahora toca dar más que nunca lo mejor de mí.



"And some nights, I'm scared you'll forget me again.
Some nights I always win."


Banda sonora de ese verano que tan bonito fue... aunque no lo será tanto como éste, seguro :)

Es  la que siempre está, la que nunca falla.

La que me rescata cuando creo que no voy a poder aguantar más.
La que aligera las noches de insomnio.
La que hace que mis lágrimas se adapten a su compás.

La que me hace grande cuando estoy feliz.
La que convierte las noches con amigos en algo eterno, porque el recuerdo perdura.
La que es el complemento perfecto a mis carcajadas.

La música me ha acompañado en momentos muy especiales a lo largo de la vida. Y no, no me refiero sólo a lo que a todo el mundo le viene a la cabeza: celebraciones, fiestas que suponen un fin de ciclo... No. Donde mejor me ha venido, me ha ayudado a crecer y a ver las cosas más claras (ha sido)  es en los momentos a solas, o al menos con poca compañía. Sí, todo instante tiene su canción. Cuando simplemente necesitaba estar sola para poder pensar tranquila ahí estaba la melodía perfecta, la que entre las notas me susurraba la solución que buscaba y no veía. Y los momentos en los que he sentido que la situación me sobrepasaba o que alguien me había hecho mucho daño también han sido aderezados con música. Las tardes de verano hablando por WhatsApp con mis amigas tenían canciones afines de fondo. Igual que mis ratos de escritura, siempre necesarios e indispensables. O las noches que me he pasado en vela antes de dar un paso importante... hay canciones ligadas a esas madrugadas interminables y que me transportan a ellas en cuanto las oigo.

Pero no me voy a engañar. No toda la música me ha hecho sentir bien. Ni por asomo. Hay canciones que han aparecido en mi vida por casualidad y me han destrozado por dentro. Me han dejado totalmente rota y planteándome muchas cosas durante días. Y aún sigue siendo así. No me gusta escucharlas, pero a veces mi propio cuerpo me lo pide. Me sirve para recordar que llegué a cavar mi propia tumba, me deslicé por sombras infranqueables y caminé por senderos que llevaban a los infiernos. Sin embargo pude salir victoriosa de todo eso, y volví a ser libre.

Parece que no, pero la música siempre me ha salvado. Ha sido mi soporte y mi bastión muchas veces a lo largo de estos veintiséis años, para bien o para mal.
Y así va a ser siempre.



Fogonazos

"Era capaz de bailar con la luna y de retar a las estrellas."

Eso es exactamente lo que me pasa: quiero escribir y no puedo.
Hace mucho tiempo que ya no me visitan las musas, que no me brindan un fogonazo de inspiración. Tengo ideas, claro que sí. Pero cuando dejo pasar unos días para verlas con otra perspectiva no me dicen nada. Absolutamente nada.

Eso sí, estoy leyendo mucho. Me he administrado bien el tiempo de lectura, y me cunde mucho. Alguna vez que otra, mientras leo, me han venido una oración, una palabra o una imagen a la que darle forma luego. Así que seguiré leyendo y procurando dejar la mente abierta a nuevas ideas, nuevos escritos y nuevas vivencias.
A ver lo que sale.

Ejercicio

Sí, a veces me rompo.
Suele pasarme cuando tengo la guardia baja. Sale todo lo que guardo para mí y que está acumulado durante meses, a veces incluso años. El dique de contención revienta aflorando así mis inseguridades y mi desesperación con toda la fuerza y la rabia que son capaces de acumular.
Pero cuando esa salida -que parece exactamente la de un volcán en erupción-, cesa, ya no vuelve a suceder hasta mucho tiempo después. Es como un oso hibernando o un león dormido. Están latiendo, al acecho bajo la superficie, pero no saldrán a la luz inminentemente.

Ese ejercicio es una purga, me limpia por fuera y por dentro y me hace sentir mejor.

Way down we go

A veces la vida te lleva cuesta abajo y sin frenos. Pero cuando llegas al final y te estampas contra la pared sólo te quedan dos opciones: o quedarte ahí o reponerte.
Cada uno elige, es dueño de su vida.

Ella decidió reponerse pese a que, tras hacerse daño contra el muro muchas veces, volvió a bajar la cuesta. Hubo ocasiones en que llegó incluso al mimísimo infierno. Y desde entonces es otra, le ha cambiado la vida a mejor. Da las gracias por haber tenido esa experiencia, porque la ha ayudado a distinguir lo importante de lo que no lo es, a discernir a la gente interesada genuinamente en ella de la que estaba sólo de paso en su vida. Ha expiado sus culpas, ha espantado a sus demonios y ha visto el fuego arder frente a su cara.
Y aquí está, viva, entera y recuperada de sus heridas, de sus recuerdos.
Hasta de sí misma.