Es la que siempre está, la que nunca falla.
La que me rescata cuando creo que no voy a poder aguantar más.
La que aligera las noches de insomnio.
La que hace que mis lágrimas se adapten a su compás.
La que me hace grande cuando estoy feliz.
La que convierte las noches con amigos en algo eterno, porque el recuerdo perdura.
La que es el complemento perfecto a mis carcajadas.
La música me ha acompañado en momentos muy especiales a lo largo de la vida. Y no, no me refiero sólo a lo que a todo el mundo le viene a la cabeza: celebraciones, fiestas que suponen un fin de ciclo... No. Donde mejor me ha venido, me ha ayudado a crecer y a ver las cosas más claras (ha sido) es en los momentos a solas, o al menos con poca compañía. Sí, todo instante tiene su canción. Cuando simplemente necesitaba estar sola para poder pensar tranquila ahí estaba la melodía perfecta, la que entre las notas me susurraba la solución que buscaba y no veía. Y los momentos en los que he sentido que la situación me sobrepasaba o que alguien me había hecho mucho daño también han sido aderezados con música. Las tardes de verano hablando por WhatsApp con mis amigas tenían canciones afines de fondo. Igual que mis ratos de escritura, siempre necesarios e indispensables. O las noches que me he pasado en vela antes de dar un paso importante... hay canciones ligadas a esas madrugadas interminables y que me transportan a ellas en cuanto las oigo.
Pero no me voy a engañar. No toda la música me ha hecho sentir bien. Ni por asomo. Hay canciones que han aparecido en mi vida por casualidad y me han destrozado por dentro. Me han dejado totalmente rota y planteándome muchas cosas durante días. Y aún sigue siendo así. No me gusta escucharlas, pero a veces mi propio cuerpo me lo pide. Me sirve para recordar que llegué a cavar mi propia tumba, me deslicé por sombras infranqueables y caminé por senderos que llevaban a los infiernos. Sin embargo pude salir victoriosa de todo eso, y volví a ser libre.
Parece que no, pero la música siempre me ha salvado. Ha sido mi soporte y mi bastión muchas veces a lo largo de estos veintiséis años, para bien o para mal.
Y así va a ser siempre.
Pero no me voy a engañar. No toda la música me ha hecho sentir bien. Ni por asomo. Hay canciones que han aparecido en mi vida por casualidad y me han destrozado por dentro. Me han dejado totalmente rota y planteándome muchas cosas durante días. Y aún sigue siendo así. No me gusta escucharlas, pero a veces mi propio cuerpo me lo pide. Me sirve para recordar que llegué a cavar mi propia tumba, me deslicé por sombras infranqueables y caminé por senderos que llevaban a los infiernos. Sin embargo pude salir victoriosa de todo eso, y volví a ser libre.
Parece que no, pero la música siempre me ha salvado. Ha sido mi soporte y mi bastión muchas veces a lo largo de estos veintiséis años, para bien o para mal.
Y así va a ser siempre.


0 comentarios: