Hay cosas que no me dejan vivir, que no me dejan estar tranquila porque no sé si hice lo correcto o no. Y a eso se le suma esa sensación tan horrible que tengo a veces de que hago las cosas con buena intención pero no sientan bien; en definitiva, la sensación de que me he equivocado pese a que actué de buena fe. ¿Debí callarme? ¿Debí decirlo?
Es entonces cuando me enfado conmigo misma y sale a relucir lo que voy a explicar ahora.
Es entonces cuando me enfado conmigo misma y sale a relucir lo que voy a explicar ahora.
Al hilo de esto va que tres de mis mayores defectos son mi impulsividad, mi mal genio y mi orgullo. Soy consciente de que ninguna de las tres cosas me beneficia, pese a que he intentado evitarlas por todos los medios.
Tampoco sé si es bueno del todo o no que tanto mis arrebatos como mi carácter son fugaces. Una vez que el daño está hecho me doy cuenta al instante. La alarma que tiene el resto del mundo y que les avisa de que van a meter la pata hasta el fondo yo no la tengo. O no me funciona, una de dos. Sí, está muy bien darse cuenta, pero no está bien tampoco cuando le haces daño a otra persona. Por mucho que le pidas perdón, el mal ya está hecho.
Y qué decir, de mi orgullo, que ya es legendario. Otra cosa que tampoco está bien, claramente. A veces hago daño y por ese mismo orgullo estúpido me niego a disculparme de primeras. Estoy en ello, intentando por todos los medios eliminarlo.
Estas tres cosas son como un dardo que apunta en la diana. El problema es que la diana no siempre es la correcta. Y cuando el dardo se clava en uno de esos blancos incorrectos el sentimiento de culpa es horrible. Tremendamente horrible. Puede estar rondándome durante días enteros, quitarme el sueño y hacerme sentir como una verdadera basura.
La gente siempre te dice que no saques a relucir tus defectos. Pues oye, digo yo que nadie es perfecto, que todo el mundo tiene alguna pega como mínimo. No es vergonzoso ni humillante que se vean tus fallos.
Forman parte de ti, son parte de tu naturaleza y de hecho está genial saber cuáles son, para poder hacer algo.
Trabajaremos en ello.
Estas tres cosas son como un dardo que apunta en la diana. El problema es que la diana no siempre es la correcta. Y cuando el dardo se clava en uno de esos blancos incorrectos el sentimiento de culpa es horrible. Tremendamente horrible. Puede estar rondándome durante días enteros, quitarme el sueño y hacerme sentir como una verdadera basura.
La gente siempre te dice que no saques a relucir tus defectos. Pues oye, digo yo que nadie es perfecto, que todo el mundo tiene alguna pega como mínimo. No es vergonzoso ni humillante que se vean tus fallos.
Forman parte de ti, son parte de tu naturaleza y de hecho está genial saber cuáles son, para poder hacer algo.
Trabajaremos en ello.


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