"Tienes algo.
Un nosémuybienqué, que hace que cada vez que me vienes a la cabeza me brillen los ojos y me encoja de miedo.
Cuando me miras me siento única y diminuta a la vez. Y cuando me hablas me tiemblan las piernas mientras la parte más insegura de mí me susurra: "Ten cuidado".
¿Cómo lo haces? ¿Cómo consigues hacerme sentir tan rara para bien y para mal?
A pesar de todo, es imposible odiarte. No puedo aunque quiera. Tampoco puedo quererte, por lo menos ahora; no me has dado opción a ello jamás. Lo que sí puedo hacer es que desaparezcas. Que salgas de mi vida, porque una cosa no quita la otra. Me tienes enganchada aunque me lo niegue a mí misma, pero ha llegado a un punto en que no podía más. Espero que me entiendas y lo aceptes. Y más ahora que no me puedes detener."
Cuando acabé de decirle todo aquello lo miré fijamente. Sabía que no iba a contestarme, por eso no me molesté en esperar respuesta. Simplemente necesitaba confesarle todo lo que se me había pasado por la cabeza a lo largo de esos ocho años que habíamos compartido. Podría haberle dicho cientos de cosas más, pero juzgué que con eso era suficiente. No iba a hacerle sufrir más de la cuenta; además, mi monólogo resumía muy bien todo lo acontecido durante tanto tiempo.
Me devolvió la mirada sin verme. Estaba absorto, estaba callado.Sólo me atravesaba con la vista sin parpadear. Como si no se lo creyese. Por una vez no me replicaba, bien fuera con un beso o con un comentario hiriente.
Precisamente eran esos cambios, esos giros, lo que me había llevado a tomar la decisión. No sabía si podría soportar otro día más dando palos de ciego con respecto a su carácter. No acertaba a vislumbrar al despertarme por las mañanas si iba a ser un día perfecto o un infierno terrible. Y me negaba a no tener estabilidad en ese aspecto.
Tampoco quería arriesgarme a marcharme y que él saliera en mi busca, me encontrara de nuevo y las represalias fueran considerablemente graves.
Sólo me quedaba una opción, por tanto. O por lo menos, la única que veía factible.
Así que tras quedarme unos minutos observándolo sentado en el sofá me eché a reír. Me eché a reír a carcajadas porque supe que desde ese día era libre.
No me temblaron ni el pulso ni la voz cuando llegó el momento, ni tampoco vacilé mientras lo llevaba a cabo. Simplemente pensé en lo mejor para mí. Me daba igual lo que pasara luego; ya no estaba bajo su influjo. Que hicieran conmigo lo que quisieran, que nada era peor que todo ese calvario que había sufrido desde que le conocí.
Me iba a marchar a otro lugar a empezar de cero. A otro país, con otras personas. Nadie jamás sabría dónde iba a estar, porque ni siquiera yo en ese momento tenía claro dónde comenzar mi nueva libertad. Y no me iba por miedo a las consecuencias. Me iba porque quería olvidar todo lo que había pasado en esa ciudad triste, fría y gris, llena de gente lóbrega e inescrutable que desconocía mi sufrimiento.
Aunque claro, ellos no tenían por qué saberlo.
La verdad que verlo así era un espectáculo grotesco: tenía la cabeza torcida, con mechones de pelo cayéndole por la cara, los ojos vidriosos fijos en mí y la boca entreabierta con un hilillo de sangre resbalando por la comisura y goteando en su camiseta. Pero me sentía perversamente satisfecha. Tanto que no pude evitar gritarle que por fin había conseguido callarle y que la última palabra la tenía yo. Ni me preocupé luego en recolocarlo y limpiar la sangre. Sólo le di la espalda, abrí la puerta del que había sido nuestro piso en otros tiempos y me fui. Serena, relajada y con un peso quitado de encima.
¿Cómo no lo hice antes? ¿Cómo no se me ocurrió? Me hubiera ahorrado mucho tiempo y mucho dolor.
Lo importante sin embargo era que ya estaba hecho y no había, por suerte, vuelta atrás. Aunque quisiera. Tenía por seguro que no me iba arrepentir de nada. Nunca lo había hecho, por lo que ésta no iba a ser la primera vez.
Sobre todo eso reflexionaba al caminar y lo único que sabía certeramente era que no me iba a volver dejar avasallar nunca más. Me iba la vida en ello.
Suspiré y continué andando. Seguiría hasta donde me llevasen los pies o mi alma.
No me temblaron ni el pulso ni la voz cuando llegó el momento, ni tampoco vacilé mientras lo llevaba a cabo. Simplemente pensé en lo mejor para mí. Me daba igual lo que pasara luego; ya no estaba bajo su influjo. Que hicieran conmigo lo que quisieran, que nada era peor que todo ese calvario que había sufrido desde que le conocí.
Me iba a marchar a otro lugar a empezar de cero. A otro país, con otras personas. Nadie jamás sabría dónde iba a estar, porque ni siquiera yo en ese momento tenía claro dónde comenzar mi nueva libertad. Y no me iba por miedo a las consecuencias. Me iba porque quería olvidar todo lo que había pasado en esa ciudad triste, fría y gris, llena de gente lóbrega e inescrutable que desconocía mi sufrimiento.
Aunque claro, ellos no tenían por qué saberlo.
La verdad que verlo así era un espectáculo grotesco: tenía la cabeza torcida, con mechones de pelo cayéndole por la cara, los ojos vidriosos fijos en mí y la boca entreabierta con un hilillo de sangre resbalando por la comisura y goteando en su camiseta. Pero me sentía perversamente satisfecha. Tanto que no pude evitar gritarle que por fin había conseguido callarle y que la última palabra la tenía yo. Ni me preocupé luego en recolocarlo y limpiar la sangre. Sólo le di la espalda, abrí la puerta del que había sido nuestro piso en otros tiempos y me fui. Serena, relajada y con un peso quitado de encima.
¿Cómo no lo hice antes? ¿Cómo no se me ocurrió? Me hubiera ahorrado mucho tiempo y mucho dolor.
Lo importante sin embargo era que ya estaba hecho y no había, por suerte, vuelta atrás. Aunque quisiera. Tenía por seguro que no me iba arrepentir de nada. Nunca lo había hecho, por lo que ésta no iba a ser la primera vez.
Sobre todo eso reflexionaba al caminar y lo único que sabía certeramente era que no me iba a volver dejar avasallar nunca más. Me iba la vida en ello.
Suspiré y continué andando. Seguiría hasta donde me llevasen los pies o mi alma.


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