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El rincón de la lluvia


Simulación (II)

23/1/16
Ella no quería casarse con él, pero su decisión poco importaba. La habían obligado y ahí estaba, de camino a su destino.
El vestido era una delicia. Blanco y vaporoso, como el de una princesa. Pero hubiera dado su vida por no llevarlo en esas circunstancias ni para esa persona a la que ya no reconocía como tal. Lo consideraba un monstruo, un animal. Algo inferior en todo caso.

Le habían dicho que la boda era la solución. "Es la única manera de que todo esté bien", "sabemos que no es tu culpa, pero así todos nos libramos del escándalo", "es por el bien de todos", "tú estarás bien, segura y protegida". Qué le importaba eso, si no era lo que deseaba y el peligro no estaba fuera de su cuarto, sino dentro. Si por ella fuera, hubiera huido al saberlo pese a no poder ingeniárselas para ello. Había mil ojos puestos en todos y cada uno de sus movimientos.
¿Pero qué sabía de cómo iba a acabar todo aquello?

Nunca se le ocurrió pensar que él podría fijarse en ella. Fijarse como si fuera posible algo más. Nunca, en la vida. Había fantaseado con la idea cuando era niña, claro que sí. Como muchas otras antes. Como todas quizá. Pero sabía de sobra que estaba vetado. No era suyo y nunca lo sería.
Los dos eran de mundos diferentes pese a vivir en el mismo lugar. Cada universo tenía sus reglas, sus costumbres y su forma de hacer las cosas. El de él mandaba, el de ella obedecía. Y no había más. Era una ecuación muy sencilla.
Eso no le gustaba porque no le permitía relacionarse con él de manera directa. No podía hablarle libremente, no podía sonreírle cuando le viniese en gana.

Luego su visión cambió. A posteriori y en vista de los acontecimientos, se arrepentía cada segundo de haber propiciado esa situación: de haber paseado ante él sin tener previsto que eso podía suceder. De haberle aguantado la mirada, retadora y altiva. De haberse dirigido la palabra más de la cuenta. De haberle dejado entrar en su mente.
Aunque eso tenía explicación: estaba enamorada, pertenecía a un mundo inferior del cual soñaba con escapar... y él le había seguido el juego. Le hablaba, le sonreía, le rozaba la mano en las cenas e incluso le había prometido bailar. Ella soñó incluso con que era posible romper la barrera que los separaba.
Aquello sí era la felicidad, y no había nada que se le pareciera ni de lejos. Todo estaba bien... hasta que él traspasó los límites escudándose en su autoridad. Cualquier cosa le estaba permitida, fuera la que fuera.

Entró en su habitación por la noche porque no había nada ni nadie que se lo impidiera. Cerró la puerta con llave para que no se pudiese entrar ni salir. Por el mismo motivo la despertó, hizo todo lo que quiso con ella el tiempo que le vino en gana y no la dejó rechistar bajo amenaza de un daño mucho mayor. Sin duda el toque final fue cuando, antes de salir y cerrar la puerta tras él, la advirtió de que la mataría si contaba algo que no debía... y le dijo que repetiría cuando le apeteciera a él.
Creyó morirse. Morirse de dolor, de miedo, de vergüenza o de rabia.
Se sintió traicionada. Se suponía que él la quería, ¿o no? ¿Por qué había hecho eso? Estaban muy bien, o eso creía. Ocultos, pero bien. Sufría más por el daño psicológico que por el físico. Al fin y al cabo ese tipo de dolor, los hematomas y los arañazos se curarían. Pero la tristeza, el terror y el desamparo no. Eso no sanaría jamás.
Allí se quedó el resto de la noche, encogida en la cama, cubierta con la sábana y llorando como una niña pequeña. Hubiera permanecido así toda la vida, pero se hizo de día y tuvo que levantarse para desenvolverse por su mundo como si no hubiera sucedido nada. Si alguien se enteraba...
Aquello se repitió unas cuantas noches más, y unas semanas después ella tuvo la certeza de que había pasado lo que cabía esperar.
Era un verdadero problema por ese cúmulo de circunstancias: la posición social, la vergüenza, el pánico a las represalias y el deber de callar para no complicar la situación de él, ya de por sí muy crítica.
En cuanto en el universo contrario se enteraron actuaron en consecuencia. La llamaron, ella acudió y acto seguido la informaron. "Os vais a casar. Y cuanto antes mejor, no debe notarse".
A ella no le quedaba más remedio entonces que agachar la cabeza, asentir y resignarse. No tenía ningún poder ni capacidad de oponerse. Le daba miedo casarse porque para ella era una sentencia de muerte. No podría escapar ni de su prisión ni de su verdugo hasta el día que muriera. Ojalá hubiera sido la noche anterior, para no despertar.

Todo eso era lo que daba vueltas en su cabeza mientras avanzaba por el largo pasillo. A ambos lados del mismo había muchísima gente, hileras de personas una tras otra. Intentó distinguir los rostros amigos de los enemigos, pero todos le parecían iguales: había conmiseración, pena, en algunos incluso extrañeza, perplejidad y soberbia.

Y al fondo de ese larguísimo pasillo estaba él. Esperándola con una sonrisa malévola.
Cualquier persona que no lo conociese y supiera cómo era en realidad lo tomaría por un chico joven, noble e ilusionado, pero nada más lejos de la realidad.
No sabía si la sensación de náusea que la invadió en ese momento fue por verle allí, por ser consciente de que en unos minutos iba a ser eternamente su prisionera o por su estado; pero no importaba ya.

Sólo le restaba rezar para que, por algún milagro o intercesión divina no se oficiase la boda o uno de los dos muriera.
Aunque allí todo era posible...
Publicado por Ulalume en 18:55
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Etiquetas: Little stories, Simulación

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Venturas y desventuras de una enfermera que tiene mucho de lectora y un poquito de escritora. Melómana y risueña ante todo.
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