No creo que me canse de repetir lo bien que estoy sola por ahora. Y tampoco me cansaré de decir hasta la saciedad que el estar acompañada me ha enseñado a valorar e incluso apreciar la soledad (bien entendida, por supuesto).
El pasar de un estado a otro y darte cuenta de la enorme diferencia que hay entre ambos es una liberación. Y si bien antes no lo hacía, ahora doy gracias por descubrirlo. Considero incluso que es una experiencia altamente recomendable. Te muestra el verdadero valor de las cosas... y de la gente. Te cambia la perspectiva.
No echo para nada de menos esa dependencia que a veces se crea, esa angustia en determinadas ocasiones. Esa inseguridad. Resulta impagable el tener tiempo sólo para mí y emplearlo en lo que yo decida. Me encanta poder hacer cosas sin darle explicaciones a nadie ni comerme la cabeza por estupideces. También me parece un lujo no estar preocupada por cosas que creía poder controlar... aunque no era posible.
Antes no me ocurría nada de eso.
Antes no me ocurría nada de eso.
Llegó un punto de mi vida en el que acabé un poco saturada de esta clase de situaciones... y de lo culpable que me encontraba a veces por creer que no repartía bien mi tiempo. Pero cuando llegó el momento, fui consciente de que no debía sentirme mal ni por nada ni por nadie. No soy perfecta, tengo mis errores. Y desde luego, he aprendido de ellos, con lo cual no me arrepiento de haberlos cometido.
Una de las cosas que he interiorizado es, para bien o para mal, mantenerme firme en mis convicciones, en lo que creo que es correcto. En no dar mi brazo a torcer cuando soy yo la que lleva la razón. Porque eso es, para mi gusto, incluso más importante que estar acompañada o no.
Así que aquí estoy, dedicándome plenamente a todo lo que me llena: mi trabajo, mis amigos y mis aficiones. Mis entradas y mis salidas. Mis risas y mis confesiones.
Todo eso es una chispa que se apagó y que ahora he vuelto a prender. De hecho, la estoy avivando todo lo que puedo, y no pienso permitir nunca jamás que se extinga.


0 comentarios: