Estaba allí callada, temblorosa y asustada. Pero no acobardada. Eso nunca. No bajó la mirada, no dio un paso atrás.
Después de todo lo que había pasado, no se lo podía permitir.
Se juró a sí misma que aquel desgraciado no le iba a hacer daño a nadie más. No mientras ella estuviera allí para impedirlo. Por encima de su cadáver.
Llegó a sus oídos una risa desagradable, que no la amedrentó.
"Se acabó."
Estaba preparada para responder. De hecho llevaba esperando ese momento toda su vida. Y cuando atacó y dio en el blanco, sintió una alegría irracional que le dio miedo; que la hizo aullar de euforia como un animal salvaje. Lo único que lamentó fue no haber sido tan certera como hubiera deseado.
Ese ataque fue la señal para que se desatara el pandemónium, tanto en su gente como en la contraria. Pero enseguida acudieron en su ayuda. Entre ellos, quien menos esperaba.
Fue una agradable y reconfortante sorpresa que por un momento la paralizó. Con ese asombro se salvaron los mil abismos que se habían abierto entre los dos a lo largo de los años. No todo estaba perdido entonces. Aún había retazos de esperanza. Escondidos, pero los había. Lo supo sólo con mirarlo a los ojos: en tiempos habían proyectado delirios de grandeza, pero ahora destilaban humildad y súplica. Él tenía miedo porque lo había vivido en su propia piel. Igual que ella. Pero podía más la desesperación.
Así que al fin y al cabo a eso se reducía todo: a la desesperación. No tenían nada que perder porque ya lo habían perdido todo. Sólo les quedaba luchar para ganar.
Y qué mejor manera de hacerlo que juntos, rodeados de gente que los había visto y ayudado a crecer. Que habían compartido junto a ellos el sufrimiento y el dolor.
"Si no por ti, hazlo por él... y por ellos".
Se sobrepuso y volvió a mirarle con determinación. Estaba enfadada consigo misma por no haberlo siquiera sospechado. Él le devolvió la mirada y aquello le dio alas, redoblando sus esfuerzos. Ella iba a hacer justo lo que él esperaba, porque siempre había sido así.
Lo iban a conseguir, vaya que sí. Habían superado cosas casi peores que aquella, juntos durante un tiempo y luego por separado. Eran valientes, muy valientes, aunque cada uno lo mostraba de manera diferente: él prefería pensar más que actuar; ella era al contrario.
Pero sin atisbo de dudas, la mayor virtud de ambos consistía en que ninguno sabía ni sospechaba lo valientes que eran. Habían ido adquiriendo coraje con los años, al mismo tiempo que crecían. Se habían observado y visto sus respectivos progresos desde la distancia, mezclando triunfos y fracasos; pequeños pasitos con enormes retrocesos y viceversa. En los días más luminosos y en las noches más oscuras. Nunca habían dejado vigilarse... o de quererse. A veces se entremezclaban los dos términos, sin saberse cuándo acababa uno y empezaba otro.
Habían elegido caminos que creían opuestos, para encontrarse después al doblar un recodo.
Y allí, en medio de tanto dolor y tanta miseria, de tanto rencor, ira y odio acumulados, resurgió en los dos un sentimiento olvidado. Algo que los hizo sentir invencibles y eternos tiempo atrás y que de pronto una noche de invierno se marchó. Se fue sin avisar, sin despedirse siquiera, y dejándolos destrozados.
Pero ahí estaba de nuevo y era algo que no podían controlar. Había aparecido en el peor momento... o en el mejor, según se mirase. Llegó para culminar lo que habían empezado hacía muchos años; era el broche perfecto, el empujón que necesitaban en esos instantes, el ápice de fuerza oculta que no se dignaba a aparecer y que les era tan necesario para terminar de pelear.
Se sorprendieron a la par de no haber caído en la cuenta a la primera: luchaban sólo por poder ver en esos conocidos ojos una mirada nueva todos los días. Una mirada por la que mereciese la pena vivir.
Ni él ni ella sospecharon nunca que unos ojos engancharan hasta el punto de convertirse en una necesidad. En una adicción.
Quizás en la única adicción confesable y que los mantenía con vida.
Y allí, en medio de tanto dolor y tanta miseria, de tanto rencor, ira y odio acumulados, resurgió en los dos un sentimiento olvidado. Algo que los hizo sentir invencibles y eternos tiempo atrás y que de pronto una noche de invierno se marchó. Se fue sin avisar, sin despedirse siquiera, y dejándolos destrozados.
Pero ahí estaba de nuevo y era algo que no podían controlar. Había aparecido en el peor momento... o en el mejor, según se mirase. Llegó para culminar lo que habían empezado hacía muchos años; era el broche perfecto, el empujón que necesitaban en esos instantes, el ápice de fuerza oculta que no se dignaba a aparecer y que les era tan necesario para terminar de pelear.
Se sorprendieron a la par de no haber caído en la cuenta a la primera: luchaban sólo por poder ver en esos conocidos ojos una mirada nueva todos los días. Una mirada por la que mereciese la pena vivir.
Ni él ni ella sospecharon nunca que unos ojos engancharan hasta el punto de convertirse en una necesidad. En una adicción.
Quizás en la única adicción confesable y que los mantenía con vida.


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