Igual que hay personas que te marcan, se puede decir lo mismo de ciertos lugares. Todos tenemos un sitio especial o que simboliza algo.
En mi caso hay varios ejemplos. Pero el más especial es un banco.
Sí señor, algo tan simple como un banco de parque, normal y corriente, ya bastante estropeado por el tiempo.
¿Por qué?
Pues porque en él aprendí que me voy a caer muchas veces, pero que me puedo levantar.
También me di cuenta de que lo que yo consideraba una de mis peores pesadillas a la postre fue una de las mejores cosas que pudo pasarme.
Fui del todo consciente de lo importante que es tener la cabeza fría y lo esencial de meditar antes de hablar. Y de que las excusas raras veces valen.
Me percaté de que dejar pasar el tiempo sin intervenir no soluciona nada... y de que hacer destacar los aspectos negativos de algo a la larga es perjudicial.
Otra enseñanza que saqué en claro fue que yo soy la primera que ha de quererse tal cual; al que no le guste mi forma de ser, es su problema.
En ese preciso instante y lugar comencé a ser un poquito más fuerte y más feliz. Empecé a estar más a gusto conmigo misma. Aunque yo ni lo sabía ni lo sospechaba en ese momento.
Por eso cada vez que paso por delante de ese banco -lo cual ocurre bastante a menudo- no puedo evitar sonreír. También me viene a la cabeza el levantarme de allí pequeña, sola y sin rumbo. Esa noche creía que lo había perdido todo, y resultó ser al revés. Fue un gran triunfo personal darme cuenta de eso.
Ese sitio simboliza una de mis mayores victorias. Representa que a todo se sobrevive y que al fin y al cabo, muchas de las cosas cotidianas son problemas sin importancia.
Espero que mucha gente tenga su banco de parque particular.


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