Esta noche os propongo un viaje a la infancia.
A nuestros miedos.
Quiero
hablar de fantasmas.
Sí,
de fantasmas. Pero no de los fantasmas que nos asolan en forma de ideas o
pensamientos; ésos que he citado aquí alguna vez, de los que me libré hace
mucho tiempo y que mucha gente tiene o tenía.
Los
fantasmas de los que trata este post son los tradicionales: los que nos
asustaban con sábanas y cadenas cuando éramos niños y al crecer se
sofisticaron, pasando a ser monjes o chicas jóvenes vestidas de blanco que
lloran un amor perdido o una deshonra.
Desde
siempre me han gustado las historias de terror en general y las de fantasmas en
particular; más que ningún otro género. Porque (no nos engañemos), me encanta
pasar miedo con los fantasmas, con todas las leyendas que flotan alrededor y
demás parafernalia. Mientras mis amigas soñaban con príncipes que iban a
buscarlas en un caballo precioso tras derrotar a un dragón, mi mente vagaba por
castillos oscuros en los que los espectros campaban a sus anchas, o cementerios
llenos de niebla. Y los sábados por la mañana era INEXCUSABLE ver la serie de "Pesadillas"
(basada en los libros de R.L. Stine), y luego ir a la Biblioteca Regional a
arramblar con todos los libros que pudiera de este autor. Sólo dejaban cinco
libros por persona y yo cargaba con ocho por lo menos: cinco con mi
carnet, uno o dos que le suplicaba a mi padre que sacara con el suyo y otro
tanto a mi hermana.
¿Que
si no me daba miedo todo eso? ¡Claro que sí, como a todos los niños! Pero había
algo que me impulsaba a no dejar de imaginar todas estas historias. Algo que
aún no sé explicar, ni siquiera nombrar. Casas encantadas, apariciones,
puertas que se abren y se cierran solas, luces que se encienden y apagan, sonidos
extraños, lamentos y aullidos, cosas que cambian de sitio y viejecitas muertas
de miedo mientras se santiguan y rezan el rosario la noche de las ánimas.
Suena
cuanto menos atrayente, ¿no?
Recuerdo que de pequeña me daban terror los crujidos de los
muebles en plena noche, los ruidos de los pisos vecinos -suspiros, pasos, o el
ascensor en marcha-, y el hecho de cruzar yo sola el pasillo a oscuras. Apenas
cinco o seis metros que se me hacían eternos, llenos de sombras y presencias
que se abalanzarían encima de mí en cuanto me despistase.
Por supuesto eso era lo que yo sabía ciertamente que me iba a
ocurrir. Aunque necesitase levantarme de la cama para ir al baño o beber agua,
aguantaba como una campeona. ¡Todo fuera por no toparme con ningún fantasma en
el pasillo! ¡A saber lo que me harían! Y ya no hablemos de despertar a mis
padres...
Visto en perspectiva, me dan más miedo mis padres que los
fantasmas, para qué voy a mentir.
Ahora veo todas esas cosas con un punto de nostalgia al
recordarme tapada hasta la coronilla, poco menos que asfixiada, temblando, con
las lágrimas medio asomando de puro terror y confiando en que mi sábana me
protegería de todos los entes fantasmales del mundo.
Ése es otro clásico de la infancia: ¡nuestra super sábana!
Era capaz de resistir no sólo los ataques de los espectros; también los de los
marcianos, el coco, el hombre del saco e incluso (aunque no tuviésemos ni idea
de lo que era), de la bomba atómica.
Lo cual me lleva a preguntarme cómo una sábana podía proteger contra otra sábana, por mucho que ésta última fuera un fantasma.
Lo cual me lleva a preguntarme cómo una sábana podía proteger contra otra sábana, por mucho que ésta última fuera un fantasma.
Una imagen recurrente en mi cabeza cuando era niña podría
considerarse ya un icono del pánico, o de los terrores nocturnos: ver una
sombra o figura al lado de la cama, o mucho peor... a los pies.
Podía pasarme noches entera bocarriba, totalmente quieta, en
tensión y con un sueño intranquilo, vigilando los pies y muy atenta a no sacar
ni los brazos ni las piernas fuera del perímetro del colchón, ¡no fuera a ser
que alguien los cogiera!
Pasó el tiempo y dejé atrás el mero gusto a los fantasmas.
¿Lo abandoné? ¡En absoluto, lo aumenté! Ese gusto dio paso a la fascinación.
Autores
como Henry James, J. Sheridan Le Fanu, Edith Wharton, Margaret Oliphant, H. P.
Lovecraft, Gustavo Adolfo Bécquer y cómo no, mi autor favorito por antonomasia,
sin discusión: Edgar Allan Poe. He crecido con todos ellos, y ninguno me
desagrada.
Y eso
por citar a unos cuantos solamente; son "mis autores de cabecera",
por catalogarlos de alguna manera. En el tintero me he dejado muchísimos más.
Han pasado los años,
he cambiado en bastantes cosas y vivido mil experiencias. Pero hay algo que
permanece ahí, intacto: mi pasión por lo oscuro, lo inexplicable.
Aunque con
matices.
Siguen gustándome los
fantasmas clásicos, de sábana y cadenas con su sempiterna cantinela
-"¡¡¡Uuuuuuuhhh!!"-, pero también han aparecido en escena las jóvenes
torturadas, los monjes impíos, los nobles asesinados, las onryō, los fallecidos en
hospitales, las apariciones en un edificio de pisos normal y corriente como el
mío... o el tuyo.
Y parecerá raro, o
quizás no, pero sigue recorriéndome la columna un agradable escalofrío cuando
leo algún cuento o novela de fantasmas, veo algún programa en la televisión,
voy al cine o me cuentan algo. Incluso cuando crujen los muebles o las tablas
del suelo a las tres de la madrugada. Sé que tiene explicación, que es algo
lógico, que alguna razón habrá... pero adoro morirme de miedo y fantasear con
la idea de un espectro.
En el fondo creo que a
todos nos gusta, en mayor o menor medida, pasar miedo con esta clase de cosas.
Y quien más quien menos, cree en los fantasmas. Yo no me corto un pelo y digo
que sí, que creo que existen. Hay muchas cosas que no pueden explicarse, o por
lo menos no de momento.
Me despediré no sin
antes desearos buenas noches a vosotros... y a la gente que se encuentra a
vuestro lado mientras leéis esto. Seguramente ahora no se nota nada, pero por
la noche, cuando crujan los muebles y paséis frío en la habitación, ya sabéis
cuál es el motivo.
Que no los veáis no
significa que no estén.




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