No hay más.
Vacío, silencio, soledad. Los mismos que le rompen los huesos y le parten el alma. Viento y sangre. No le queda nada más. Pero da igual. Ha estado viviendo en el silencio y el vacío todos los días de su gris, homogénea y monótona existencia. Si alguna vez se hizo daño fue por ella misma. Si en algún momento lloró lágrimas reales no fue por causa de otros, sino por su propio martirio.
El silencio irá con ella hasta el fin de los días, intangible pero constante. Como un peso invisible del que no se podrá deshacer jamás. Porque por mucho que se acompañe de ruido, de música, de sonidos discordantes producidos por la gente que la rodea cuando van a verla, siempre ha estado sola. No podía engañarse a sí misma. Estuvo, está y estará sola siempre.
Ese silencio era la prueba.
Silencio sepulcral, propio del lugar en el que la habían enterrado hacía apenas una semana.


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