Esto, tan fácil de leer, de entender y de vocalizar, es algo que cuesta mucho decir. Aunque te estés muriendo de ganas de decirlo, aunque para ti sea una necesidad negar algo a alguien y te vaya la vida en ello, cuesta muchísimo. ¿Por qué?
Supongo que porque tenemos miedo a lo que pueda pensar o decir la otra persona. Nos da miedo, mucho miedo, hacerle daño o a que piense mal de nosotros si nos negamos. Y es probable que eso ocurra, porque no podemos caerle bien a todo el mundo. Es imposible. Pero ¿qué le vamos a hacer? ¿Cómo no vamos a negarnos a hacer algo que no nos gusta sólo para que el otro nos tenga en alta estima?
Pues muchas veces pasa. Decimos "sí" cuando queremos decir "no". "Sí, quiero que sigas haciéndome daño", "sí, quiero seguir engañándote y engañándome porque me das pena", "sí, traiciono mis ideales sólo para que tú no tengas un mal concepto de mí", "sí, estoy de acuerdo contigo en todo de momento porque me conviene". Es un error, pero errar es humano.
A decir "no" se aprende a lo largo de la vida. Yo de momento me he dado cuenta de que para poder negarme me tiene que importar un carajo lo que piense la gente de mí si pongo el pie en la pared. Tengo que defender mis decisiones. Y no ha sido fácil, nada fácil, percatarme de eso. Siempre te saltan con la misma maldita pregunta, y con tono desafiante: "¿Y por qué?".
Éste es otro de los motivos por los que asentimos siempre, acongojados. Porque no queremos responder a esa pregunta. Bien porque no nos apetece dar explicaciones, bien porque sospechamos que para la otra persona el argumento es ridículo. El caso es que nunca decimos "no".
Bien... es totalmente respetable, pero también hay que ser a veces un poco egoísta; sólo un poquito. Lo justo para estar a gusto con uno mismo y que lo tomen en serio.
El segundo paso para poder decir "no" es tener valor, no sólo las cosas claras. Hace falta valor para abrir la boca y vocalizar alto y claro, por muy decidido que estés. Hace falta valor porque en ese momento te das cuenta de dos cosas: la primera, de que no vas a poder volver atrás; y la segunda, de que esa negativa puede afectar tu vida e incluso puede redefinirte a partir de ese instante.
El tercer y último peldaño es sin duda el más complicado de los tres; más incluso que el primero, con el que comienzas a subir la escalera. Hablo del "¿y cómo se siente el otro después de haberle dicho que no?". Pues mal, ¿cómo se va a sentir? Tú lo sabes, el otro lo sabe; los dos lo sabéis, pero actuáis como si no tuvierais ni idea. Como si fuera un mecanismo de defensa que habéis tejido los dos.
Ya nada será igual, pero ambos os esforzáis para que parezca que no ha pasado nada. "No importa; me ha dicho que no, me ha hecho polvo, pero no pasa nada". Sí pasa, vaya que si pasa.
Pero me remito a lo que siempre digo, y es que "todo pasa y todo llega". Que la herida se cierra, que no te duele pasado el tiempo, pero que las cicatrices te lo recuerdan a cada momento. Las miras sólo con los ojos de la experiencia porque vuelves a estar bien; ya no hay dolor ni tristeza. Sólo veteranía.
Y como todo, la veteranía es un grado que se adquiere con el tiempo: teniendo las ideas claras, siendo un punto egoísta, sabiendo cuándo y cómo decir "NO".
Para eso no hay que tener prisa. Se aprende despacio y mediante el método "ensayo-error". Aunque hay errores que pueden salirte caros, sí. Sólo es cuestión de fijarse, meditar, decidir bien y tener valor.
Aunque vengan días grises, se volverán claros porque has actuado según tu criterio.
Lo demás da igual.
Pues muchas veces pasa. Decimos "sí" cuando queremos decir "no". "Sí, quiero que sigas haciéndome daño", "sí, quiero seguir engañándote y engañándome porque me das pena", "sí, traiciono mis ideales sólo para que tú no tengas un mal concepto de mí", "sí, estoy de acuerdo contigo en todo de momento porque me conviene". Es un error, pero errar es humano.
A decir "no" se aprende a lo largo de la vida. Yo de momento me he dado cuenta de que para poder negarme me tiene que importar un carajo lo que piense la gente de mí si pongo el pie en la pared. Tengo que defender mis decisiones. Y no ha sido fácil, nada fácil, percatarme de eso. Siempre te saltan con la misma maldita pregunta, y con tono desafiante: "¿Y por qué?".
Éste es otro de los motivos por los que asentimos siempre, acongojados. Porque no queremos responder a esa pregunta. Bien porque no nos apetece dar explicaciones, bien porque sospechamos que para la otra persona el argumento es ridículo. El caso es que nunca decimos "no".
Bien... es totalmente respetable, pero también hay que ser a veces un poco egoísta; sólo un poquito. Lo justo para estar a gusto con uno mismo y que lo tomen en serio.
El segundo paso para poder decir "no" es tener valor, no sólo las cosas claras. Hace falta valor para abrir la boca y vocalizar alto y claro, por muy decidido que estés. Hace falta valor porque en ese momento te das cuenta de dos cosas: la primera, de que no vas a poder volver atrás; y la segunda, de que esa negativa puede afectar tu vida e incluso puede redefinirte a partir de ese instante.
El tercer y último peldaño es sin duda el más complicado de los tres; más incluso que el primero, con el que comienzas a subir la escalera. Hablo del "¿y cómo se siente el otro después de haberle dicho que no?". Pues mal, ¿cómo se va a sentir? Tú lo sabes, el otro lo sabe; los dos lo sabéis, pero actuáis como si no tuvierais ni idea. Como si fuera un mecanismo de defensa que habéis tejido los dos.
Ya nada será igual, pero ambos os esforzáis para que parezca que no ha pasado nada. "No importa; me ha dicho que no, me ha hecho polvo, pero no pasa nada". Sí pasa, vaya que si pasa.
Pero me remito a lo que siempre digo, y es que "todo pasa y todo llega". Que la herida se cierra, que no te duele pasado el tiempo, pero que las cicatrices te lo recuerdan a cada momento. Las miras sólo con los ojos de la experiencia porque vuelves a estar bien; ya no hay dolor ni tristeza. Sólo veteranía.
Y como todo, la veteranía es un grado que se adquiere con el tiempo: teniendo las ideas claras, siendo un punto egoísta, sabiendo cuándo y cómo decir "NO".
Para eso no hay que tener prisa. Se aprende despacio y mediante el método "ensayo-error". Aunque hay errores que pueden salirte caros, sí. Sólo es cuestión de fijarse, meditar, decidir bien y tener valor.
Aunque vengan días grises, se volverán claros porque has actuado según tu criterio.
Lo demás da igual.


0 comentarios: