Los míos se han difuminado hasta el punto de no saber siquiera si están ahí. Es lo que hacen las ganas de vivir.
No tener horizontes, no tener límites en todo lo que quiero hacer, me ayuda. Mucho además. Me hace ser ambiciosa y procurar superarme sin perder ni un ápice de buen humor.
Ya me han dejado caer alguna vez que otra que tanta felicidad es imposible, que lo mío es una fachada, que tengo seguro momentos regulares y momentos malos. Incluso me han insinuado que me estoy creando mi propio mundo donde todo es yupi y color de rosa, y que no vivo en el mundo real.
A toda esa gente: NO.
No es mi problema que vosotros estéis amargados, ni que queráis joder al resto del personal. Y no, tampoco vivo en mi microcosmos de felicidad. Vivo en el mismo sitio que vosotros, en un mundo de mierda. La diferencia entre mis lectores asiduos, los que me conocen bien y la gente amargada que se pasa por aquí de vez en cuando es sólo una: mis lectores asiduos y la gente que me conoce bien sabe que eso es un escudo que me ayuda muchísimo y con el que intento ayudarles a ellos. La gente amargada sólo cree que me miento a mí misma. No, señores míos, no; las apariencias engañan. Parece que no me doy cuenta, pero sí. Me doy cuenta. Si no de todo, de la gran mayoría de asuntos.
Lo que me ayuda a seguir son los otros dos grupos y la capacidad que he desarrollado últimamente para llegar incluso al fin del mundo si me lo propongo. Si sale de mí. He aprendido a no ver horizontes y a luchar por lo que me proponga.
Sin horizontes todo es mejor.
Buenas noches.


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