Comprobadísimo que lo que no me mata me hace más fuerte. Ninguna de las cosas que me han pasado a lo largo de la vida ha logrado doblegarme. Siempre he salido reforzada, con mayor o menor esfuerzo.
Más reforzada y segura de mí misma.
Quizás obré correctamente, quizás no. El caso es que no me arrepiento de nada, ni de lo que hice ni de lo que no hice, durante todos los años que he vivido. Y ahora estoy muy bien. He alcanzado una estabilidad aceptable y me encanta.
Atrás han quedado las inseguridades, los miedos y entonar los mea culpa sin necesidad. Las lágrimas por la gente que me hizo daño hace muchísimos años en una etapa convulsa de mi vida y la furia que sentía cuando necesitaba que alguien me escuchara y no había nadie. Ya no recuerdo los nombres de los demonios que me asolaban muchísimas noches oscuras cuando pensaba que no valía nada y que mucha gente estaría mejor sin mí.
Siempre he sido una persona de autoestima baja. Pero un buen día me dije que aquello no era ni justo ni bueno para mí, que no podía seguir menospreciándome porque si yo no me quería, ¿quién iba a hacerlo? Así que me obligué a quererme y a apreciar sin ningún tipo de falsa modestia todo lo bueno que tengo en cualquier aspecto.
Por eso estoy convencida de que no ha habido nada, hasta el momento, que no haya superado. Si no lo hubiera hecho no habría tenido valor para volver a reencontrarme con ciertas cosas y me habría perdido muchísimas más.
Creo que he llegado a un punto en el que me encuentro en sintonía con el mundo. Él suena, y yo también al unísono. Si me quiere poner pruebas, que lo haga; estoy convencida de que las superaré todas y me llevaré algo bueno.
Hay gente que lo ha pasado mucho peor y ha salido a flote. Si ellos pudieron, yo también.
Y si la gente de mi alrededor falla (que lo dudo muchísimo), tengo que tenerme a mí misma para animarme y afrontar nuevos retos.
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