Me visto con ropa bonita, me maquillo un poco y salgo a comerme el mundo como si fuera el último día de mi vida.
Realmente es un plan sencillo, pero lo disfruto como si fuera la primera vez que lo llevo a cabo.
Río y hablo sin parar, me va la vida en ello. Me escuchan, me corresponden, siguen la conversación, ríen conmigo. Eso me da alas para seguir estando bien, acorde con el mundo.
Pasan las horas en un suspiro, yo no me doy cuenta. Cuando todo termina, me despido y regreso a casa, lo hago con una sensación de bienestar increíble y una sonrisa en la cara. Como debe ser.
Al leer esto, quizás da la impresión de que vivo de una manera muy despreocupada, muy feliz, muy... pánfila, por decirlo así. En absoluto. Realmente me doy perfecta cuenta de las cosas, pero procuro que no me afecten las chorradas. No vivo en una felicidad continua porque el mundo sea un sitio lleno de mariposas, flores, piruletas y gente bondadosa -como piensan muchas personas nada más verme aparecer o conocerme un poco-, sino en una indiferencia perpetua para con los despojos.
¿Y por qué prefiero vivir en ese estado de desinterés y pasotismo que hace que parezca que no me entero de lo que sucede a mi alrededor?
Porque sigo opinando que el mundo es una mierda, una puta mierda y que no merece la pena prácticamente nada de él. No lo opino por experiencias personales -ésas me han hecho crecer y me han ayudado sobremanera-, lo opino porque se ve a diario en cualquier momento y lugar. (Casi) nadie lo percibe como un lugar idílico, sino como un sitio lleno de dolor, lágrimas, sufrimiento, gente mezquina que sólo mira por sí misma, palabras y hechos que hieren, duelen y sangran. Lo ve como lo que realmente es. No les culpo por ello porque es sumamente evidente que rebosa veneno, pus y podredumbre por todas partes. Rebosa tanto que es prácticamente imposible verlo de otra forma.
Lo que a mí personalmente sí me duele y no me deja vivir tranquila es ver a la gente a la que quiero pasándolo mal.
Es a ellos a los que intento aportarles un poco de luz, un poco de vida y sol, para que se olviden por un rato de la porquería y la gangrena existentes a nuestro alrededor. Por ellos procuro reír siempre y no darles motivos para preocuparse por mí; no debo. Ese grupito de personas es por el que me desvivo me cueste lo que me cueste. Y una cosa lleva a la otra de manera circular: yo soy feliz al verles a ellos bien, ellos son felices al verme bien a mí, y por eso mi felicidad no me supone un esfuerzo extra, un sacrificio o una fachada de puertas para afuera. No.
Mi felicidad es cien por cien real siempre; nunca la he fingido, no lo he necesitado. Y es por ellos.
Soy feliz porque son mi motor. Sé que no voy a cambiar el mundo y seguiré viéndolo igual de asqueroso y vomitivo año tras año; pero no será así por mi culpa. Por mí, que no quede.
En cuanto a la indiferencia, ya lo dice el refrán: "El mayor desprecio es no hacer aprecio". Ahora funciono así. Cuando algo no me interesa, veo que me hace daño o simplemente no es para mí, saco mi particular escudo: me da igual. Sencillamente no me importa, me doy media vuelta o me lo tomo a risa. Si no es importante, no me voy a amargar, no tiene sentido; y si lo es, me daré cuenta a tiempo de la gravedad del problema. De hecho, hubo una persona muy cercana a mí que en su momento me dijo: "Los problemas no existen. Si se pueden arreglar, no son problemas. Y si no se pueden arreglar, son condicionantes que te vienen dados y que muchas veces puedes manipular en beneficio propio". Me lo he tomado siempre al pie de la letra y me he dado cuenta de que es totalmente cierto.
Muchos saben que mi esquema de vida se basa en estos dos puntos: en la felicidad de gente importante para mí, y en mi indiferencia personal a todo lo negativo que hay cerca. Saben además que de momento la idea me funciona bien. No la pienso cambiar por tanto.
Que te jodan, mundo. A ti, a tu veneno, a tu maldad y a tu puta madre.
A mí no me vas a doblegar ni me vas a hacer caer. Ni a mí ni a los míos. Tú no.


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