Por fin estaban juntos tras mucho pelear y enfrentarse al resto de la gente.
Realmente no le iba mal a ninguno de los dos: ambos tenían su propia vida, sus propios sueños y no dependían económicamente uno del otro. Dependían emocionalmente, pero habían aprendido a no obsesionarse por eso.
Ante ellos se abría un universo de posibilidades, de planes de futuro juntos, de viajes, de noches enteras sin dormir, de besos inesperados y de desayunos en la cama. De conciertos a los que ir, de regalos que hacerse, de amigos a los que conocer y con los que estar a gusto. De vuelos que coger y hoteles en los que alojarse. De carreteras desiertas que recorrer de noche o de día, de maletas que hacer y deshacer. De puestas de sol en el muelle de cualquier puerto o en la arena de cualquier playa.
En fin, de disfrutarse mutuamente toda la vida y en todos los aspectos sin tapujos. En cualquier momento y en cualquier lugar: en la calle, con los amigos, un domingo de lluvia o en la cama una noche de verano a media luz.
Eso sólo significaba para Dalia que él nunca le iba a fallar. Jamás. Había visto su lado bueno y su lado malo. Y lo adoraba como él la adoraba a ella. Ahora que habían acabado la universidad y ambos habían logrado tras mucho tiempo y penurias conseguir un trabajo que les ayudaba mínimamente a sobrevivir, querían comerse el mundo y no les importaba que nadie les entendiera. Se tenían el uno al otro y con eso bastaba.
Les iba a ir bien, muy bien. Dalia lo sabía. Si habían podido superar el desprecio de la gente por considerarles "inmaduros", podrían superar el resto de su vida juntos.


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